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Afganistán

Elecciones para una guerra

GEES

&quote&quoteKarzai ha decepcionado dentro y fuera. Buen muñidor, es hábil en la política de compromisos que buscan la conciliación y evitan el conflicto a costa de dejar las cosas más o menos como están y como han sido durante siglos.

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Se suele decir de la democracia en los países subdesarrollados, y Afganistán lo es mucho, que es "un hombre, un voto, una vez". Pero en Afganistán, con las elecciones de hoy, ya van dos. Las primeras, en el 2004, fueron una primicia que gran parte del país abordó con ilusión y entusiasmo. La verdad es que no existían opciones realistas frente a Karzai, que ya llevaba tres años largos al frente del país, como fruto de un compromiso entre las fuerzas internas que habían luchado contra los talibán y la comunidad internacional que apoyaba a esas fuerzas. Pero la gente se sentía orgullosa de ser consultada, de que la decisión se pusiera en sus manos.

Aquella excitación se ha evaporado. Karzai ha decepcionado dentro y fuera. Buen muñidor, es hábil en la política de compromisos que buscan la conciliación y evitan el conflicto a costa de dejar las cosas más o menos como están y como han sido durante siglos. Pero ni de lejos ha sido el modernizador enérgico que es capaz de cortar por lo sano los mil vicios, corruptelas y disfuncionalidades que mantienen al país en una situación de guerra civil perpetua desde hace treinta años y en una situación histórica que se asemeja más a la Edad Media que a cualquier otro período posterior. Por si las acusaciones de contemporizar con la corrupción y los corruptos fueran pocas, en vísperas de las elecciones el presidente permite el regreso de uno de los más brutales y expoliadores señores de la guerra, el uzbeco Dostum, antiguo sindicalista y autoproclamado general.

Pero a pesar de tanta desesperanza y frustración, el neófito aprecio por el voto de estos supertradicionales afganos no parece haber flaqueado mucho y dieciséis millones se han tomado la molestia de inscribirse en el censo electoral. No sabemos qué porcentaje representan respecto al total de los que podrían ejercer el derecho de hacerlo, pero es sin duda elevado en un país jovencísimo, donde hay mucho millones, respecto a una población de 30, por debajo de la edad electoral. Mención aparte se merecen las esforzadas electoras, que sin duda bajan el número total, pero que representan un espectacular 38% de todos los inscritos, cuando hace ocho años no podían ni aprender a leer ni salir a la calle solas –no digamos trabajar– así fueran viudas y no tuvieran a nadie para sacar adelante su familia.

En el activo de los balbuceos democráticos hay que poner también que la campaña ha sido viva y la disputa considerablemente real. Hasta 41 candidatos, la mayoría de los cuales sólo quiere exhibir las fuerzas que tiene detrás a la hora de mercadear algún puestecillo en el aparato del cochambroso Estado. Pero dos ex ministros de Karzai se han lanzado con ahínco e imaginación a disputarle seriamente la poltrona y la corrupción ha sido el tema estrella de la campaña.

Pero la corrupción no habita sólo en las altas esferas del poder. Sencillamente las normas sociales milenarias tienen bien poco que ver con las virtuosas abstracciones del Estado de Derecho. En un país profundamente tribal y fragmentado por abruptas divisorias étnicas, las lealtades inmediatas pesan mucho más que las que puedan suscitar exóticas ideologías o una tenue conciencia nacional, que sólo es robusta frente a lo extranjero, pero que escasamente suscita solidaridades internas que unan a tribus y grupos étnicos. Cómo en tiempos prenacionales, el principal aglutinante es la religión, pero en un país mayoritariamente sunita hay también importantes minorías chiítas.

Si todo ello puede crear serias dudas sobre el significado y la fiabilidad de la consulta, contamos con los talibán como firmes creyentes en la realidad del peligro democrático. A bombazo limpio, con suicida incluido, están tratando de impedir la consulta y desvirtuar sus resultados. Han amenazado reiteradamente con cortar narices y orejas y no dejar en su sitio un solo dedo teñido de tinta indeleble. Si a pesar de todo las elecciones salen medianamente bien, todo lo que se haga por ellos vale la pena.
GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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