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La mediática ministra de Defensa nos ha vuelto a deleitar con otro extensísimo discurso, esta vez para anunciar la supresión de la limitación del número de efectivos en misiones en el exterior, establecido en la actualidad en 3.000 militares. Una medida que tomó Zapatero nada más llegar al poder y que ahora se deroga porque, según Chacón, ha quedado obsoleta. Lo que significa que en su momento, y tal y como dice la ministra, se "consideró apropiada y suficiente para atender a las operaciones en las que participaba España". Se equivoca de nuevo.
La medida nunca tuvo sentido. El límite autoimpuesto por el PSOE fue una decisión partidista. Primero para hacer ver que Zapatero no era más militarista que otros Gobiernos anteriores; y segundo, para eludir compromisos internacionales adquiridos, alegando una restricción que él mismo se había impuesto y que además estaba en sus propias manos cambiarla. El tope nunca respondió a las verdaderas limitaciones de nuestra capacidad, redundó en perjuicio de la seguridad de nuestros soldados en el exterior, perjudicó la imagen de España como actor internacional, llevó a tomar decisiones equivocadas y, en ocasiones, contraproducentes, y se convirtió en un verdadero quebradero de cabeza para cuadrar los números de los despliegues.
Ahora todos están encantados con la supresión del máximo de 3.000 efectivos, una restricción que nos dejaba en un discretísimo puesto en comparación con las aportaciones de otros países a misiones en el exterior. Pero Chacón no se ha conformado sólo con esto. Dice que seremos capaces de desplegar hasta 7.700 militares, "situando a España en el distinguido grupo de países aliados que alcanzan un 10 por ciento de capacidad de empleo de su fuerza operativa".
Ahora quiere presumir delante del resto de socios de la Alianza Atlántica, justo unas semanas después del rapapolvo que le dio el portavoz de la OTAN. Sin embargo, no ha explicado qué recursos y medios van a acompañar a esos 7.700 efectivos, sobre todo teniendo en cuenta que el Gobierno pretende tirar por los suelos el presupuesto de Defensa de 2009. Un monto que caerá radicalmente y que perjudicará sobre todo a la operatividad de las Fuerzas Armadas, al apoyo logístico, a la formación de los efectivos, y a la I+D. Unos precarios presupuestos que por lo tanto no contribuirán a mejorar los escasos medios y apoyos con los que cuentan en la actualidad nuestras Fuerzas Armadas, y que desde luego no están a la altura ni de las misiones, ni de las exigencias de nuestros compromisos.
Pero la mediática y presumida ministra ha conseguido lo que quería: que los titulares de prensa anuncien que el Gobierno multiplicará por tres el despliegue de fuerzas en el exterior. Habrá que ver si es capaz de hacer algo más que engatusar a los medios, por ejemplo, desplegar más de 7.000 efectivos, incluyendo el significativo aumento en Afganistán. Las dudas proceden no sólo por el cómo hacerlo y con qué dinero, sino por su típica falta de voluntad política. ¿Seguirá el Ejecutivo socialista respondiendo a cada operación militar en la que intervenimos de forma improvisada y chapuzera o tendrá más respeto a partir de ahora hacia las Fuerzas Armadas?

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