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Según el último informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada, 350 millones de cristianos sufren persecución religiosa en el mundo. Muchos de ellos en conflictos y guerras de enorme monstruosidad, donde son víctimas preferidas de ejércitos y guerrillas. Pero otros son perseguidos por regímenes que no toleran la existencia de ninguna creencia situada más allá de los límites del Estado, según claros criterios ideológicos perfectamente llevados a cabo con una administración pública engrasada y preparada.
Esta ideología ni es novedosa ni está limitada a lejanos y extraños países tercermundistas. De hecho, donde la ideología de la persecución religiosa ha sido perfilada con más refinamiento ha sido en Europa. Aún hoy, una de las creencias más peligrosas en nuestras sociedades es la afirmación de que las creencias religiosas deben reducirse al ámbito de lo privado, llamada a la censura típicamente izquierdista, pero a la que parte de la derecha sirve de coartada en base a la moderación o la convivencia.
Pero no sólo no es así, sino que es al contrario: una sociedad abierta y sana es aquella en la que se pueden hacer públicas las creencias religiosas sin miedo alguno a las represalias. Hoy, en la cristiana España, aquellos que hablan obsesivamente de la separación política-religión están haciendo, en realidad, algo muy distinto, proponiendo un viaje que nada tiene de democrático. En Europa hoy no existe ningún problema creado por el cristianismo. Allí donde se busca construir una sociedad laica, se entra en un camino que nunca termina, que es cada vez más profundo y rápido.
En primer lugar, se busca eliminar al cristianismo del discurso político y social, de manera que cualquier referencia o semejanza entre lo que se dice y el cristianismo, quede deslegitimada. En este estadio, no son ya los religiosos y los creyentes los colocados bajo sospecha intelectual, sino también todos aquellos que en determinados temas (aborto, eutanasia) convengan con ellos. Tras la Iglesia, la censura alcanza irremediablemente a la derecha conservadora, y tras ella a la liberal. Y es que el laicismo es un tipo de censura intelectual y pública, que en Europa ya se está dando.
Después –o a la vez– se le expulsa del ámbito estatal-administrativo, de manera que el Estado puede acoger ideologías y creencias de todo tipo, pero no cristianas, que se consideran dañinas. Puede admitirse para determinados cargos a personas de creencias ideológicas, científicas o de cualquier otro tipo, pero no cristianas. Además de censura, el laicismo es un tipo de discriminación por razones de conciencia.
En este camino, el cristianismo se equipara a otro tipo de creencias religiosas, cuanto más degradantes mejor, metiendo en el mismo saco la ayuda a la pobreza de Cáritas y la ablación de clítoris, por ejemplo, ambos productos de "la religión". Poco a poco, conforme el cristianismo va quedando arrinconado y por tanto con menos posibilidades de defenderse, la agresividad contra él se va volviendo más profunda.
Por fin, la religión acaba confinada en el ámbito estrictamente privado. Claro que quien es capaz de eliminar creencias del ámbito político y social es también capaz de decir qué es privado y qué no: la obsesión por controlar qué se dice o hace en público va unida a la obsesión por decirnos qué es y qué no privado. Así que primero se arrincona la religión en las iglesias; después –al fin y al cabo éstas son lugares públicos–, se les ponen impedimentos –como si fuesen bares o discotecas, por ejemplo–; y por fin se da el paso definitivo impidiendo su apertura y provocando su cierre.
Es así como el laicismo desemboca en totalitarismo. Queda para el lector europeo y español concluir si algo de esto le suena en la Navidad de 2008.
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