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Neoconservadurismo

¿Por qué da miedo Richard Perle?

La Fundación que preside José María Aznar, la FAES, trae invitado este jueves 17 a Madrid, como parte del ciclo “la Revolución de la Libertad” que se celebra en la sede del CEU, a Richard Perle. El anuncio del acto ha provocado la indignación de las cabezas pensantes de la izquierda, sobre todo en El País, periódico donde tanto Joaquín Estafanía como Soledad Gallego Díaz, han escrito sendas columnas queriendo criticar a los neoconservadores pero, sobre todo, intentado meter cizalla entre los tradicionalistas del PP y el nuevo pensamiento conservador que inspira FAES. Es obvio que estos autores no se han dado todavía cuenta de que de tanto denunciar la rigidez del pensamiento único se han convertido en los dictadores de su pensamiento, el único que consideran legítimo de expresarse en España.
 
Perle, del que todos recuerdan su apodo de “Príncipe de las Tinieblas” de cuando era un alto cargo en el pentágono en la primera administración Reagan, es, efectivamente considerado un neoconservador. Nosotros, que le conocemos en persona desde hace mucho tiempo, dudamos que él mismo admita esa etiqueta. Pero se dice eso de él, en un intento de insulto y descalificación, porque es judío. Y la izquierda cree que los neocons no son sino una cábala al servicio de Israel. Conservador, militarista y judío, no puede fallar, neoconservador.
 
Y en algo tienen razón. Richard Perle tiene un ideario muy claro y que no oculta: cree en un estado fuerte, capaz de defenderse y de vencer sobre sus enemigos; cree que los Estados Unidos son una democracia liberal que puede y debe tener un impacto muy positivo sobre la agenda del mundo; cree que el Estado de Israel tiene todo el derecho del mundo a vivir en paz, con sus fronteras reconocidas por sus vecinos y libre de la amenaza del terrorismo palestino y árabe y que tiene el perfecto derecho a defenderse de sus enemigos; cree que el terrorismo islámico es la mayor amenaza a nuestro sistema de vida actualmente pero que puede ser derrotado aplicando las medidas de firmeza necesarias; cree que el derrotismo y el apaciguamiento nunca han dado buenos resultados en la Historia y que un país debe enfrentarse a sus demonios con entereza, confianza en sí mismo y decisión, con moral de combate y de victoria; cree en una relación atlántica donde los europeos no sean ni una rémora ni un contrapeso de América, sino un poder de cooperación constructiva; cree en la fuerza de la democracia, en suma, y en la posibilidad de expandirla en el mundo árabe.
 
Su creencia en la fuerza le valió el apodo de Darth Vader, pero quienes ahora le critican, olvidando el papel que jugó para no caer en la trampa negociadora de los soviéticos en los 80, deberían poder demostrar que sus tesis, esto es, su creencia en la debilidad, antagónico de lo que piensa Perle, es lo correcto. Como eso no es ni razonable ni posible, hay que deducir que sus preocupaciones van por otro lado.
 
De la visita de Perle se critica que forme parte de un ciclo cuyo inevitable punto de arranque no es sino la obra política de Reagan y, en menor medida, Thatcher. Pero lo que más parece doler a la izquierda española no es que ellos no condujeran a la caída del muro, con el que podían convivir sin problemas, sino que con Perle también vengan otros pensadores americanos vinculados al neoconservadurismo. Ya vino Fukuyama; acaba de estar el presidente del American Enterprise Institute; y vendrá, entre otros, Robert Kagan. ¿Pero por qué ese miedo atroz a los neoconservadores? La única explicación que se nos ocurre es que preferirían un PP y una derecha española anclada en el paleoconservadurismo, retrógrada y carca, facha, sin atractivo para el votante medio español. Los neoconservadores sólo intentan una cosa, modernizar el pensamiento conservador incorporando elementos que tradicionalmente han estado en manos de la izquierda, como la defensa de los derechos humanos, la ampliación de la libertad, la extensión de la democracia, el respeto a los principios éticos en política, la defensa de la ética en materia internacional, etc. Y ahí es donde radica, esencialmente, el problema de los intelectuales de izquierda. El cambio que propugnan los neocons les roba su bandera de progreso y de visión de futuro. Les roba sus ideales. Aún peor, logra que se materialicen en este mundo terrenal de la mano de la fuerza armada, como en Irak y el Oriente Medio. En suma, les deja en ridículo como amantes no de la paz, lo que dicen ser, sino del status quo y la convivencia con todos los dictadorzuelos que ejercen en el mundo, que es lo que en realidad son. ¿Cómo explicar, si no, el acercamiento acelerado del gobierno socialista a Castro y Chávez?
 
Por primera vez en la historia del pensamiento político español, en el campo del pensamiento conservador hay espacio intelectual para diversas corrientes que, por diferentes que sean, tienen mucho más de común entre sí que con el resto que las rodea. Y decimos rodean en sentido literal. El caso de El País que comentamos es un caso evidente: se trata de un asalto a la libertad de pensamiento y expresión bajo la fórmula de descalificación de lo que no coincide con uno. Si Estefanía y Gallego emplearan un poco su memoria se darían cuenta de que eso mismo ya lo hizo alguien antes con catastróficos resultados para todos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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