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Hay imágenes que valen más que mil palabras. La de Rodríguez Zapatero, de pie tras George W. Bush, en la foto de familia de la cumbre del G-20, es una de ellas. Los socialistas españoles han querido presentarla como un logro histórico de la diplomacia española. ¿Pero lo es en verdad?
Para empezar, nuestro sonriente presidente ha tenido que olvidar –una vez más– cuanto ha dicho y defendido desde su encumbramiento al poder. A saber, que Bush estaba equivocado en todo; que era un militarista sediento de sangre inocente; un intervencionista que hacía tropelías con la ley internacional y el orden; un ideólogo neoconservador que sólo buscaba la dominación del mundo por América; y, cómo no, por último, el causante de todos los problemas económicos del mundo, incluida España.
Ése era el presidente americano para el Gobierno español y para el que se ha hecho todo lo imaginable y lo no imaginable, hasta perder el decoro personal y poner en ridículo la imagen de España, con tal de poder estrecharle la mano en la Casa Blanca. Los socialista españoles deberían estar altamente preocupados por que su indiscutible líder se haya manchado las manos con la sangre del asesino Bush.
Y además ZP sale de prestadillo en la foto. No ha consolidado nada, más que transmitir una falsa impresión de lo que ha logrado. España no estuvo en la agenda preparatoria de la cumbre y no lo estará tampoco para la próxima en abril de 2009. ZP tuvo sus ocho minutos de gloria –la mitad de lo que defendía Andy Warhol, dicho sea de paso– que despilfarró en una intervención marginal y que no tuvo eco alguno entre los presentes. Claro que para él las ideas y las soluciones no eran lo importante. Lo importante era poder sentarse con el presidente americano que invadió Irak, ilegal, ilegítima y caprichosamente.
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