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Zapatero y los democratófagos

El terrorismo es siempre la expresión de un proyecto político totalitario; da igual que sea el terrorismo de ETA o el de Al Qaeda, todos traen consigo un modo bárbaro de entender la vida. Incluso los piratas somalíes, tan mitificados, dominan por el terror pueblos y aldeas enteras, donde asesinan, violan y matan impunemente a inocentes. Todo el terrorismo al que se enfrentan nuestras sociedades es igual: intenta lograr, y a veces lo consigue, el poder para acabar con la democracia y la civilización, e imponer un modo de vida bárbaro y salvaje: algunos ya lo han conseguido, y mediante el terror destruyen las libertades a pasos agigantados; es el caso de Chávez en Venezuela, émulo grotesco pero no menos peligroso del Hitler de los años treinta. Un peligro para los venezolanos, pero también para la sociedad democrática occidental. Ante él no cabe sino posicionarse. Desgraciadamente, España ya lo ha hecho.

El problema de origen de la política exterior española está en que Zapatero no cree en la civilización occidental, a la que considera causa de los problemas del mundo. Desde las guerras al hambre pasando por las dictaduras, todo tiene en la mente de la izquierda postsoviética –de la que ZP procede– su origen en el cristianismo, el capitalismo, el colonialismo, el imperialismo. Respuestas simples a preguntas complejas, pero que en su mente cuadran perfectamente. Su Alianza de Civilizaciones podrá ser una estupidez diplomática, pero muestra a las claras las intenciones y convicciones del Gobierno: rechazo a la democracia liberal, rechazo al sistema de libre mercado y rechazo a los valores intelectuales y morales de nuestra civilización. De ingenuo no tiene nada, y si mucho de odio enfermizo.

En consecuencia, nada más lejos de sus intenciones que defender o impulsar la democracia y las libertades por el mundo: de hecho, considera que ese es precisamente un crimen, el que cometió Aznar. Por el contrario, Zapatero busca el acuerdo con quienes, violentos o no, combaten tanto la democracia burguesa como su sistema económico; que se haga violentamente o no importa menos que el hecho de que tienen razón. Así que en el interior pacta con enemigos del régimen democrático como ERC o incluso con ETA; al fin y al cabo piensan como él, que una monarquía constitucional y liberal debe ser sustituida por un régimen republicano, popular y confederal. Que unos sean violentos y otros no sólo marca el tipo de relación, no los fines ni la ideológica atracción, que ha existido, existe y existirá por encima de necesidades electorales puntuales.

Por la misma razón, en el exterior se encuentra más comodo apoyando a los democratófagos del mundo –Chávez en Venezuela, Hamás en Palestina, AQMI en Mauritania, los Castro en Cuba–, que a las grandes democracias aliadas, Estados Unidos, Israel, Gran Bretaña. De Cuba, Zapatero y Moratinos creen que la dictadura quizá no sea el mejor camino, pero sí preferible a una sociedad democrática y de libre mercado; de Venezuela, quizá les disgusten las formas de Chávez, pero odian más a Uribe en Colombia o a Lobo en Honduras, que sí que representan el tipo de régimen que creen causa guerra y pobreza; de Hamás, igual les repugnan los crímenes y la represión sobre los gaceños, pero consideran que son respuesta legítima a Israel, que encarna tanto la civilización occidental como la democracia y la alianza con Estados Unidos; de los talibanes, no les gustan algunas cosas, pero consideran que encarnan la tradición islámica, que hay que respetar porque si no se produce un choque de civilizaciones.

Esto es lo que hay. Nos podrá parecer suicida tener a un presidente que trabaja contra el Estado, sus intereses y sus valores, porque lo es; nos podrá parecer reaccionario su alianza con grupos y regimenes antidemocraticos, porque lo es; nos podrá parecer inmoral que Espana defienda en Europa a regimenes que matan y torturan abiertamente, porque lo es; y nos podrá parecer esquizofrénico que la diplomacia española ayude y colabore con quienes nos odian, a nosotros y a nuestro modo de vida, porque lo es. Pero que sea suicida, reaccionario, esquizofrenico e inmoral no significa que no sea real. Porque lo es.

No es un problema de torpeza, de ingenuidad o de inconsciencia. Tampoco de electoralismo, oportunismo o utilitarismo. Zapatero tiene una tendencia natural y premeditada a buscar el acuerdo con terroristas y dictadores, con los democratófagos que en el mundo son. Sabe que los intereses españoles se destruyen, y que España se debilita por momentos; sabe que así se condena a la dictadura a millones de personas que aspiran a vivir en libertad; sabe también que así debilita al campo democrático occidental frente a sus enemigos. Lo sabe, porque lo hace conscientemente.

¿Qué se puede hacer cuando el gobernante conduce al gobernado por el camino del suicidio?

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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