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Consecuencias de la ruptura de España

No sabemos si se ha reflexionado en el efecto que puede producir en los flujos del exterior la posibilidad de que salten por los aires instituciones tan arraigadas desde hace siglos como las garantías notariales, jurídicas y de toda índole.

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Grupo de Economistas Independientes (GEI)
 
 
Las cifras del sector exterior de la economía española continúan experimentando, en lo que se lleva de año, un intenso deterioro, iniciado ya en 2004. Este deterioro se refleja en el fuerte aumento de nuestro desequilibrio por cuenta corriente, vinculado con los crecientes problemas de competitividad de nuestro sector exterior, tanto comercial como turístico, a los que se ha sumado la escalada del precio del petróleo. La incertidumbre política generada por el actual Gobierno del PSOE y sus aliados separatistas sólo puede agravar esta situación, dificultando en el futuro la financiación de nuestro déficit exterior, como exponemos a continuación. De cara a nuestro futuro próximo, esta situación ensombrece de forma dramática la situación económica española. Hay, ciertamente, una apariencia de bienestar, de alto consumo, de OPAS empresariales, etc., que dan la sensación engañosa de que vivimos en la opulencia. Pero gastamos muy por encima de nuestras posibilidades, como muestra el creciente déficit exterior. Dicho déficit ha ido creciendo en los últimos años hasta niveles nunca vistos. En 1996, dicha magnitud era nula; en el primer semestre de 2005, llega al 8% del PIB como puede verse en el Cuadro (primera columna).
 
Años Déficit exterior Posición neta Inversión directa extranjera
% / PIB % / PIB % anual % / PIB
1995 -0.2 -21.1 ... 1.4
1996 0.1 -23.8 21 1.5
1997 -0.1 -24.2 7 1.6
1998 1.3 -29.5 62 2.4
1999 2.9 -29.6 38 3.0
2000 3.8 -26.1 -16 2.4
2001 4.5 -27.1 113 4.7
2002 3.9 -30.0 32 5.7
2003 4.2 -36.0 -44 3.0
2004 5.9 -42.1 -42 1.6
2005-I (E-J) 8.0 -43.0 -26 1.3
 
Cuidado: la cifra oficial es algo menor, pero se debe a que añade al saldo exterior – y ello es legítimo contablemente– las ayudas de la UE; nosotros las quitamos ¿Por qué? Pues, como todo el mundo sabe, más pronto que tarde se acabarán. Es más claro restar esas ayudas con las que no podremos contar en el futuro.
 
En todo caso, con o sin ayudas, es una cifra record, y con una trayectoria de ascenso meteórico. Otra cara de la misma moneda es el resultado acumulado de ese déficit. En la segunda columna se ve ese resultado: un saldo de débito exterior también creciente, que es la deuda viva que mantiene España con los prestamistas exteriores. Como se ve, en 1996 esa deuda significaba un 23,8% de PIB; ahora llega a nada menos que un 43%. Por comparar con un país muy criticado por los organismos internacionales, EEUU tiene un déficit del 6% de PIB, pero su deuda es del 25%. Esta comparación es, además, un poco forzada, pues la capacidad de España para generar recursos no es precisamente la de EEUU.
 
Por lo tanto, hay un problema financiero. Hasta cierto punto, deberíamos considerarlo normal para un país que, como España, tiene un déficit secular de capital; un país que necesita capital, debe endeudarse para adquirir ese capital productivo que, tarde o temprano, generará la rentabilidad suficiente para amortizar la deuda exterior. Si, además, el país ofrece suficientes garantías jurídicas y de estabilidad institucional, gran parte de la financiación será cubierta por la inversión directa extranjera, que por definición aporta capital sin generar deuda exigible. Además, la inversión directa es una aportación de capital productivo y nuevas tecnologías. Indica una gran confianza a largo plazo en el país en que entra. Obsérvese, en el cuadro, que eso es lo que pasó entre 1996 y 2002: la inversión directa del exterior en España creció mucho, sobre todo en el año 2001. Por el contrario, desde 2003, la financiación de nuestro desequilibrio exterior cada vez depende más de fuentes más volátiles y que no mejoran nuestra capacidad productiva de forma directa, como son la inversión de cartera –títulos de renta fija o variable–, o los préstamos y depósitos. Como se aprecia en la tabla, la inversión directa empieza a retroceder en dicho año, y en 2004 cae a una tasa del 42%. En el primer semestre de 2005, sobre el mismo periodo del 2004, la caída es del 26%. La participación de la inversión directa extranjera en el PIB se ha reducido drásticamente, como se ve en la última columna. A esto se añadiría el capital que de manera creciente está saliendo de España hacia climas más seguros.
 
Cierto es que España comparte este rasgo con buena parte de la zona del euro, como se ve en los datos de la UNCTAD; mientras que los flujos mundiales de inversión directa aumentaron un 2% en 2004, cayeron en el conjunto de las economías desarrolladas, con las notables excepciones de EEUU y Reino Unido, donde las entradas de inversión directa aumentaron un 68% y alrededor de un 400%, respectivamente. Este contraste entre la UE y los países mencionados de “nuestro entorno” (al menos hasta hace poco), es bien elocuente. En el caso de España, el ritmo de caída es mayor: 42% en 2004, frente al nada despreciable 36% de la UE. A ese ritmo, cuando los tipos de interés suban o las expectativas de los inversores sobre la estabilidad económica o institucional de España se modifiquen, la corrección que se produzca será de todo menos suave. Mientras tanto, el Ejecutivo que se tropezó con la victoria del 14-M, destroza la base de la sociedad y de la prosperidad abriendo el portón a un sistema de regiones confederadas soberanas por encima del estado (como es la pretensión del Estatuto), si es que queda Estado.
 
No sabemos si se ha reflexionado, por un momento, en el efecto que puede producir en los flujos del exterior la posibilidad de que salten por los aires instituciones tan arraigadas desde hace siglos como las garantías notariales, jurídicas y de toda índole que acompañan el normal funcionamiento económico en sus actos más triviales. Piénsese en la propiedad –costumbre tan arraigada que es ejecutada cada día en miles de actos transaccionales–, cuando se plantee un inevitable conflicto de jurisdicciones entre autoridades tan incompetentes y politizadas como las que gozamos. La prosperidad depende de la automatización de miles de invisibles lazos que no se ven, que se dan por naturales, hasta el punto de que no se piensa en ellos. Quien va al notario a firmar una escritura sabe qué garantías le ofrece el sistema, tanto más sólidas cuanto más tiempo lleven entre nosotros, pero por eso mismo ni piensa en ellas.
 
Las inversiones extranjeras son especialmente temerosas ante el riesgo de desaparición de un estado de cosas conocidas y controladas. Así que el presidente del Gobierno de España, al tomar la defensa del Estatuto, ha colocado una bomba de incalculables consecuencias. Pero una de las consecuencias empieza a ser visible. Se llama pánico de asomarse al interior.
Grupo de Economistas Independientes (GEI)

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