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En tiempos de crisis económica como los que estamos sufriendo, gastar dinero es de mal gusto. Así lo han dictaminado los fashionistas en Estados Unidos desde sus blogs y columnas que marcan tendencias.
El último grito es llevar una vida que, al menos en apariencia, resulte sencilla y lejos del glamour con brillos. Se trata de dar ejemplo y aleccionar a botarates como los directivos de la industria del automóvil, que tuvieron la desfachatez de presentarse ante el Congreso a bordo de sus aviones privados para mendigar tras la mala gestión de sus empresas. Definitivamente, los altos ejecutivos de la GM, la Ford y Chrysler están out, como también lo están los cachorros de Wall Street y sus estancias en resorts de cinco estrellas para celebrar sus crímenes de cuello, corbata y gemelos. Aparecerse en una fiesta con una botella de la Veuve de Cliquot podría provocar una revolución en las calles. La modestia ha destronado el despilfarro.
William Safire, cuya columna sobre el uso de la lengua inglesa es una institución del New York Times, ha elegido el término frugalista como la mejor palabra del año porque, según él, se ajusta al modo en que los americanos se están adaptando a la recesión en una nación que es vanguardia de las novedades que acaban por imperar en el resto del mundo. El sabio Safire nos recuerda que el sufijo "ista" se empleó por vez primera en los Estados Unidos a finales de los años veinte para referirse a los sandinistas, o sea, a los seguidores del líder nicaragüense Augusto Cesar Sandino. No fue hasta la década de los noventa cuando el mundo de la moda americana se apropió de la terminación "ista". Por ejemplo, fashionista se convirtió en una expresión in después de que la usara Stephen Fried en una biografía sobre la top model Gia.
Safire señala que, en lo concerniente al lamentable estado financiero, ya en 2005 el economista Larry Kudlow patentó la corriente recesionista para definir a los que se ciñen a un presupuesto pero sin sacrificar el estilo. Sin embargo, el frugalista va más allá: se trata de alguien que, aunque vive con mesura, sigue las tendencias de la moda por medio de intercambios de ropa, comprando en tiendas de segunda mano y cosechando sus propios productos orgánicos. De este movimiento se habló por primera vez en el 2007.
En plena temporada de compras navideñas, cualquier señal de ostentación está mal vista y no sumarse al entusiasmo por los artículos ecológicos y "verdes" puede convertir a uno en un apestado social. Ahora lo que queda bien es dejar a los invitados con hambre, ir al supermercado con bolsas reciclables de tela o adquirir un bolso manufacturado con desechos. En suma, apuntarnos al frugalismo. O por lo menos fingir que lo somos hasta que salgamos del bache.
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