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Barcelona 8-O: nosotros, los que estuvimos

Todavía queda partido. Todavía queda España para rato.

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EFE

Pocas cosas resultan tan patéticas como la de trazar alegremente paralelismos entre sucesos políticos de la actualidad y episodios históricos de los calificados como heroicos, léase, en el caso español, la Reconquista, los tercios de Flandes o el tambor del Bruch. Y, sin embargo, la anterior regla tiene, como todas, sus excepciones. Por ejemplo, la manifestación que ayer recorrió Barcelona por la Vía Layetana, desde la plaza Urquinaona hasta la Estación de Francia.

¡Viva el Rey!

La comparación con el 2 de Mayo se sostendría por lo que tuvo la marcha del domingo de levantamiento popular y porque los vítores al Rey, nuestro rey, sonaron sin ese tono nasal y caduco con que suenan cuando la que los prorrumpe es la Diputación de la Grandeza. Ahora bien, al contrario que hace dos siglos, no medió ayer invasión alguna ni corrió la sangre a borbotones. Así que lo mejor quizás sea devolver por un momento al estante nuestras viejas y venerables gestas y tratar de explicar lo acontecido el 7-O sin más aditamentos que su propia magnitud.

Barcelona fue una fiesta

Enorme, por cierto, la magnitud, a juicio, al menos, de los cientos de miles –afortunados nosotros– que estuvimos allí. De no ser un insulto a la inteligencia del lector recurrir a novelas o películas para titular crónicas, hubiéramos titulado esta "Barcelona era una fiesta". Así, lo que habitualmente se resuelve mentándole la madre a alguien en el metro en hora punta –un pisotón, por ejemplo, o que te metan un palo, el de la bandera, por el ojo–, ayer se sobreseía con unas palmaditas en la espalda, como en los manuales de urbanidad de antaño y en los anuncios de Coca-Cola hoy. Al buen ambiente, qué duda cabe, contribuyeron los denodados esfuerzos de los sabuesos de la TV3, buscando como locos un manifestante, uno solo, disfrazado de botella o paletilla de jamón de Casa Pepe, allá en Despeñaperros; otra vez será, chavales.

Españoles de Cataluña, ya estamos aquí

Lo que sí había, y en número de miles, de cientos de miles, eran españoles del común, cada uno con sus cadaunadas, eso seguro, pero del común, al fin y al cabo. Españoles de Cataluña, por supuesto, pero también de otras partes de España, en lo que ha significado uno de los más hermosos –por espontáneo– ejercicios de solidaridad entre compatriotas de los últimos años. Y es aquí donde se impone una reivindicación del español medio, sin importar su nacimiento, su raza, su sexo, su religión o su opinión.

El cuarto mandamiento y también el segundo

Porque no es verdad que la gente haya estado sesteando todos estos años, sin preocuparse de lo que pasara en su país. Lo que sucede es que en la mayor parte de España se ha interiorizado que de todas las formas posibles de hacer el memo el nacionalismo es la más molesta para el vecino, que los afectos hay que tenerlos saludablemente ordenados y repartidos, y, por meternos en honduras teológicas, parece haberse asumido también que el patriotismo hunde sus raíces, además de en el cuarto mandamiento, en el segundo, con lo que no se trata de andar todo el día envueltos en una bandera, salvo cuando la situación lo requiera, como lo requiere ahora.

De cánticos y manifiestos

Otra cosa que sucede, y no de orden menor, es que los españoles, en actitud que raya en el heroísmo, trabajan medio año para el Estado, en el bien entendido de que, llegado el caso, el Estado les defenderá de la amenaza que sea. Y cuando se ha visto que no es así, en lugar de arrojar al mar un cargamento de té, se han echado a la calle, los españoles, en defensa del débil, exigiendo el cumplimento de la ley, sin resignarse a permanecer cruzados de brazos frente al expolio de tantísimos siglos de historia compartida. Por eso ayer, en Barcelona, a los políticos, digamos, se les toleró. Por eso Rajoy, por no estar, no estuvo ni en los cánticos, pero porque no se le esperaba; ya no. Por eso el auténtico manifiesto de la marcha -de cualquier marcha- no fue el que leyeron los oradores en la tribuna, sino el que corearon los asistentes durante el recorrido.

Juega España

Dicen los viejos y no tan viejos del lugar que nunca antes se habían visto tantas banderas de España por las calles de Barcelona, ni siquiera cuando la Selección ganó el Mundial. Y aunque es verdad que ayer no jugaba España (a pesar de la cantidad de chavales de extrarradio con camisetas de la Roja y pantalones de chándal como los de la mili), es solo una verdad a medias, pues lo que el 8-O escenificó es que, con DUI o sin DUI, el prusés no ha de pasar sobre sus disidentes como un tanque sobre una columna de orugas. Conque todavía queda partido. Todavía queda España para rato.

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