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César Velasco, un español de bandera

La violencia llegó a ser tan formidable que se precisó de helicópteros para reponer las banderas en los ayuntamientos. Hasta que llegó Velasco y mandó parar.

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LD

Los hay. Claro que los hay. Hombres afortunados (y, por tanto, audaces) que se comportan como héroes en todo momento y lugar, ya sea en la elección de una profesión, ya en la militancia política, ya en la vida misma. Tal fue el caso del recién fallecido César Velasco, subdelegado del Gobierno en Álava durante los años de Aznar. Profesionalmente, no solo no renunció a la vita pericolosa, sino que toda ración debió de saberle a poco, pues fue primero bombero y luego policía… o al revés. Lo que es seguro es que no se limitó a rescatar gatitos de los árboles y que cuando patrullaba las calles lo hacía con el lema del escudo de Álava como lema propio: "En aumento de la Justicia contra malhechores".

La guerra de las banderas

Cómo llegó este hombre de acción –cabe decir que fue también militar– a la Subdelegación del Gobierno en Álava lo explica la circunstancia, quizás difícil de entender por un joven de hoy, de que en aquel entonces había cargos políticos, algunos de bastante relumbrón, que nadie quería ocupar porque podían costarte la vida, al menos en el País Vasco. Y ya que estamos en la dotación de contexto, en la composición del tiempo y del lugar, vaya por delante la crónica, necesariamente breve, de la guerra en la que César Velasco brilló como un héroe solitario de las epopeyas clásicas: la guerra de las banderas.

Mozos, antidisturbios y helicópteros

Guerra que data de los tiempos de la Transición, cuando el nacionalismo vasco, tanto el que agitaba el árbol como el que recogía las nueces, se la declaró, unilateralmente, al Estado, y este aceptó la derrota, sin siquiera plantar batalla o casi. La dejación de funciones lo fue por mor del mantenimiento de una supuesta "normalidad institucional". Al final, como era de prever, la única normalización fue la de la quema de banderas rojigualdas durante las fiestas populares en el País Vasco, con los mozos corriendo delante de los antidisturbios como parte del programa de festejos; en ocasiones, la violencia llegó a ser tan formidable que se precisó de helicópteros para reponer las banderas en lo alto de los ayuntamientos. Hasta que llegó César Velasco y mandó parar.

Fotocopias y Compulsas

Lo primero fue encargarle a su jefe de gabinete, un jovencísimo Santiago Abascal Conde, que recorriera el País Vasco en su coche y fotografiara la fachada de aquellos ayuntamientos donde no se cumplía la Ley de Banderas; o sea, la práctica totalidad. No fue la única tarea que le encargó a Abascal. También el análisis minucioso de los libros de texto para documentar que a los niños vascos el odio a España se les inculcaba desde el pupitre, si no antes. Suplía así César Velasco en sus funciones a una Alta Inspección del Estado tan alta, tan alta, solía decir, que no se la veía. Llegó incluso a bromear con la posibilidad de cambiarle el nombre al órgano por otro que se ajustara mejor a su función: Fotocopias y Compulsas. Pero no era esto de lo que despachaba con los ministros. Porque César despachaba con los ministros. Vaya que si despachaba con los ministros.

Los jueves en Madrid

Cada vez que alguno, por razón de su cargo o de su ramo, aterrizaba en el País Vasco, allí estaba César Velasco a pie de escalinata para recibirle. No lo hacía por el servilismo de poder labrarse un retiro dorado en alguna caja de ahorros, sino por política. Sabía César que muy maleducados tendrían que ser aquellos señores tan importantes de Madrid para, una vez en el coche oficial, no preguntar, siquiera como simple fórmula de cortesía, qué tal andaban las cosas por ahí, por el País Vasco, a lo que nuestro hombre, rápido, respondía con un invariable "pues ya que me lo preguntas, ministro…", al tiempo que le alargaba uno de sus dosieres. El ministro –o la ministra–, sorprendido con la guardia baja, balbucía un pretexto, algo así como que, tan pronto regresara a Madrid, estudiaría el asunto con detenimiento; y era entonces que el simpar subdelegado aprovechaba para golpear directo a la mandíbula: "Pues casualmente el jueves estoy en Madrid". Muerto César, nadie sabrá ya –salvo quizás su jefe de gabinete de entonces– si era cierto que tenía previsto en su agenda un viaje ese jueves a Madrid. De lo que no cabía duda alguna era de que el jueves se plantaba en Madrid.

Entre pasillos y despachos

Fue en la capital donde el subdelegado Velasco debió de vislumbrar que el suyo sería un empeño en solitario o casi. De entrada, y contra lo que pueda creerse –¡eran los años de Aznar!-–, no contaba con la apoyatura del aparataje del Estado. En aquellos pasillos y despachos todo eran pretextos para no colaborar: que si qué quiere usted que le diga, que si las cosas estaban así cuando yo llegué, que no me cuente usted su caso. Pero César no se arredró. No iban con él ni los escurrimientos de bulto, ni los miramientos para otro lado ni los vuelva usted mañana. Así que, en lugar de instalarse en la queja reblandeciente, actuó como actúan los hombres inteligentes y con empuje en las situaciones difíciles: empezando donde estaba, haciendo lo que podía y usando lo que tenía.

El artículo 4

De esta manera, y aprovechando las ausencias cómplices del también belicoso y corajudo Enrique Villar, delegado del Gobierno en el País Vasco, César ocupaba interinamente su despacho y ponía a trabajar a destajo a la Abogacía del Estado. Y que no le vinieran con milongas. Hombre lego en leyes como era, para él, sin embargo, el artículo 4 de la Constitución no admitía interpretación posible, sino que decía a las claras lo que decía, esto es, que la bandera rojigualda debía ondear en los edificios públicos de España, País Vasco incluido.

Gudaris con cargo al presupuesto

Pronto las cartas recordando el cumplimiento de la ley que los ayuntamientos sediciosos archivaban directamente en la papelera se convirtieron en recursos, los recursos en sentencias y las sentencias en amenazas de inhabilitación. Y, claro, una cosa era jugar a gudaris de la patria vasca y otra muy distinta decirle adiós a la vida muelle y regalada con cargo a los Presupuestos Generales del Estado. Con que la bandera de España comenzó a ondear en los edificios públicos y en los actos oficiales del País Vasco. Y no pasó nada. O sí que pasó. Y mucho.

Después de tanta hazaña

Pasó que la medida tuvo muy positivas consecuencias de orden público. Porque la bandera no es un trapo, como un billete de cien euros no es un papelito de colores. Sino que allí donde ondea, uno se sabe más seguro. Y todo esto que sabían los etarras –de ahí la guerra de banderas– lo sabía también César Velasco. No fue el suyo, por tanto, un empeño legalista, sino patriótico. Por eso tantas horas de despacho, sepultado entre papeles, colgado al teléfono, adquieren entonces y ahora tintes heroicos, y no solo por lo que pudieron tener de desgaste personal. Lamentaba un viejo patricio de la derecha vasca, Julen Guimón, que la bandera española no ondeara en Ajuria Enea. Quién le hubiera dicho que terminaría haciéndolo, por más que la medida no fuese directamente atribuible a un subdelegado Velasco retirado ya de la política. Directamente, insisto. Porque tanta hazaña no hubiera sido posible sin él. A César lo que es de César.

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