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La solidez de la decadencia española

Que la socialdemocracia, condescendiente con los nacionalismos, rija en España a través del PP nos garantiza una larga, silenciosa y sólida decadencia.

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Mariano Rajoy y José María Aznar | Archivo

No creo que las críticas de Aznar –siempre comprensiblemente tardías, parciales y moderadas– a lo que hace cuatro años denominé la "corrupción ideológica" del PP vayan a desembocar a corto plazo en la creación de un nuevo partido, tal y como algunos aventuran a raíz de una interesante encuesta que publica El Español centrada en el considerable apoyo ciudadano que obtendría un hipotético partido liderado por el expresidente del Gobierno.

En cualquier caso, la actividad de Aznar y de FAES en el terreno de las ideas va a ser fundamental para que la derecha liberal-conservadora de este país vuelva a tener algún día representación parlamentaria, bien a través de la reconversión del propio Partido Popular, bien a través de la irrupción de un nuevo partido. Desgraciadamente, sigo pensando que sólo la derrota puede traer la cura a este partido irreconocible y envilecido, pues desde el poder nadie va a proponer en su seno un cambio que sigue siendo posible sin Aznar pero imposible con Rajoy o gente de su nihilista y acomodaticia cuerda.

Lo malo es que, a día de hoy, a la derecha liberal le podrá ir peor que nunca, pero al PP de Rajoy le va muy bien, por muy minoritaria que sea su mayoría parlamentaria. Por el contrario, la socialdemocracia domina la escena política española, por mucho que al PSOE le vaya rematadamente mal. Que la socialdemocracia, condescendiente con los nacionalismos, rija en España a través del PP y con el apoyo de Ciudadanos y el PSOE nos garantiza una larga, silenciosa y diría que sólida decadencia.

Rajoy y Arriola han conseguido que, por temor a la revolución, muchos renuncien a la regeneración. Y ahora el envilecido e irreconocible PP está a salvo de una cosa y de la otra. Por mucho que España necesite urgentemente profundas reformas estructurales, destinadas a liberalizar su economía y reducir el peso del sector público, nadie las reclamará en el Parlamento. Por mucha necesidad que haya de someter la Administración autonómica catalana al imperio de la ley, nadie lo reclamará en el Parlamento. Por mucha necesidad que haya de trasvases entre la España húmeda y la seca, o de división de poderes, nadie los echará en falta. Por muy disfuncional y gravoso que sea nuestro Estado autonómico, nadie va a señalar siquiera la existencia del problema.

En este sentido, quien neutraliza el discurso de la derecha en España no es otro partido que el de Rajoy. Sólo la pérdida del poder y la subsiguiente catarsis en los bancos de la oposición hubiera llevado a este partido a retomar sus traicionadas señas de identidad liberal-conservadoras, fuertemente comprometidas con la unidad de la nación española entendida como Estado de Derecho. Entonces el discurso de FAES y la auctoritas de Aznar sí hubieran desempeñado un papel determinante. Pero mientras el PP siga en el poder, mucho me temo que la auctoritas de Aznar poco tendrá que hacer frente a la potestas de Rajoy.

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