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Togas manchadas por la "paz sucia" de ZP

Guillermo Dupuy

&quote&quoteQue un jurista de la cuerda de Garzón se aviniese a ensuciar su toga para negociar con criminales prófugos, no nos debe sorprender si recordamos que el propio Garzón avaló la "paz sucia" de ZP bajo la premisa de que "hay que dialogar hasta con el diablo".

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Unas de las frases más lamentablemente célebres del fiscal general del Estado, Cándido Conde Pumpido, destinadas a respaldar la "paz sucia" de ZP en su no tan encubierto pulso contra el Estado de Derecho, fueron aquellos llamamientos suyos a jueces y fiscales para que "el vuelo de sus togas no eludan el contacto con el polvo del camino" o el de que "la Justicia no debe ser un obstáculo para la paz".

Si el primer llamamiento no era más que una cursilada destinada a encubrir una infame relajación en la observancia de la ley, el segundo, aun con el mismo objetivo, no era tan original, si tenemos en cuenta el requerimiento tan parecido que la propia ETA había hecho poco antes en uno de sus muchos comunicados durante la tregua. Recuerdo que desde el entorno del Gobierno eran tan frecuentes y desvergonzados esos llamamientos a jueces y fiscales para tener en cuenta "las nuevas circunstancias", que el entonces presidente de la Audiencia Nacional, Carlos Dívar, llevó incluso a relacionarlos valientemente con una "incitación a la prevaricación".

Con estos antecedentes no nos debe, pues, sorprender, tal y como desvelaba El Mundo este domingo, que uno de los enviados del Gobierno para negociar con los etarras fuera un catedrático de derecho penal, José Manuel Gómez Benitez, abogado entonces del PSOE y hombre de la máxima confianza de Rubalcaba, además de íntimo amigo del juez Garzón.

Ya que el apoyo del PP a la aparente rectificación del Gobierno en materia antiterrorista parece haberse sellado con un "pase de pagina" de aquellos tiempos, aprovecho la noticia para recordar algunos de sus olvidados y más negros detalles.

Que un jurista de la cuerda de Garzón se aviniese a ensuciar su toga para negociar con criminales prófugos de la justicia, no nos debe sorprender si recordamos que el propio Garzón avaló la "paz sucia" de ZP bajo la premisa de que "hay que dialogar hasta con el diablo". Es más. Garante de ese "diálogo", Garzón no ha dudado en enterrar en el cajón del olvido el caso del chivatazo policial, "diálogo con el diablo" destinado, en este caso, a informar a los responsables del aparato de extorsión de ETA de que estaban siendo vigilados por orden del juez Grande Marlaska; una extorsión, dicho sea de paso, que el Gobierno de Zapatero había encubierto por boca de Rubalcaba al decir que "Interior no tenía constancia" de ella, aun cuando ETA ya la había justificado en Gara "por razones de financiación" y hacía meses que los empresarios navarros la venían denunciando.

Conde Pumpido no dudó durante aquella "paz sucia" de ZP en depurar a fiscales de prestigio que no estaban dispuestos a machar sus togas, como Torres Dulce o Fungairiño, ni en alinearse con las tesis de los abogados de los etarras –tal y como ocurrió en el caso de la solicitud de excarcelación del sanguinario Henri Parot– . Tampoco dudó Garzón, quien, al igual que el juez Pedraz, permitió a los imputados por colaboración con banda armada, Díaz Usabiaga y Gorka Aguirre, utilizar su libertad condicional para ir a Estrasburgo a festejar ese infame espaldarazo que la Eurocámara –gracias al Gobierno español– había brindado a lo que ETA siempre llamó "la internacionalización de la resolución del conflicto". Eso, por no hablar de las repetidas ocasiones en las que, tanto Conde Pumpido como Garzón, hicieron la vista gorda ante las numerosas veces en que ANV, PCTV, o la propia Batasuna, con Otegui a la cabeza, se saltaban a la torera la Ley de Partidos o la propia sentencia de ilegalización.

Ignoro las maniobras de distracción en el seno de la policía –tanto española como extranjera– que debieron ser necesarias para evitar que etarras tan perseguidos por la justicia como Josu Ternera o López Peña, alias Thierry, fueran capturados en compañía del presidente del PSE Jesus Eguiguren, el otrora fiscal general del Estado, Javier Moscoso, o el que, gracias a los socialistas es ahora vocal del CGPJ, José Manuel Gómez Benítez. Sólo constato, con vergüenza ajena, que el haberse ensuciado con el polvo del camino en esa sucia paz de Zapatero no ha sido, ni para ellos ni para Garzón ni para Conde Pumpido, obstáculo alguno en sus respectivas carreras profesionales.

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