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Tratado de Lisboa

Un eclipsado acontecimiento planetario

Tratar de presentar la presidencia de la UE que cada seis meses le corresponde ostentar a cada Estado miembro de la Unión como muestra de "liderazgo europeo" es un patético esfuerzo propagandístico que –como recordarán– Leire Pajin elevó al extremo del ridículo al calificar de "acontecimiento histórico y planetario" la coincidencia del turno español en el primer semestre del 2010 con la presidencia de Barack Obama.

Evidentemente, por esa mera rotación nuestro país no va a recuperar la relativa mayor influencia que tenía en tiempos de Aznar, ni Francia y Alemania –ambos con gobiernos de derecha– van a dejar por ella de llevar la voz cantante en la UE.

Con todo, los delirios de grandeza del Gobierno de Zapatero van a resultar todavía más patéticos con la prevista entrada en vigor del Tratado de Lisboa para el próximo 1 de diciembre, una vez que se han desvanecido las resistencias de la República Checa. Una de las grandes reformas que han aguantado las tres versiones de este texto es precisamente la referida a esa presidencia rotatoria, que se quiere suprimir para evitar la falta de continuidad en el Consejo y la llegada al poder de países pequeños o impredecibles, con poco o dudosa capacidad diplomática, tal y como, desgraciadamente, ahora es el nuestro. Para ello, se crea un presidente permanente y se concentra la Política Exterior en una sola persona, un Alto Representante reforzado con un servicio diplomático. Los turnos semestrales se mantendrán, pero sólo para que los Estados coordinen el trabajo menos vistoso de otras áreas que no sean Política Exterior.

Así, según el Tratado de Lisboa, no existe ningún papel particular para el presidente Zapatero ni para su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Ninguno de los dos presidirá las reuniones con sus colegas y, al menos en el papel, deberían ser uno más de los Veintisiete. Según el Tratado, tampoco el embajador español dirigirá el Comité Político y de Seguridad, donde se toman, en realidad, las decisiones.

Es cierto que gracias al periodo de transición, la prevista cita de la Unión Europea con Barack Obama todavía será en Madrid, y no en Bruselas, ciudad a la que le corresponderá a partir de entonces la celebración de las cumbres según el nuevo Tratado. Sin embargo, en esa deseada foto con el presidente norteamericano, Zapatero, en teoría, ocupará un segundo plano. Y eso porque, aunque la reunión sea en España, y por mucho que el nuevo presidente se sienta obligado a reconocer alguna función institucional al anfitrión, ésta protocolariamente le corresponde al Rey y no el presidente del Gobierno español.

Naturalmente Zapatero es muy capaz de presionar a Zarzuela para que el Rey le ceda o comparta el lugar en la foto. Sin embargo, por poco que sea el peso y el prestigio del nuevo presidente permanente del Consejo Europeo –que será elegido antes de finalizar el año– el "acontecimiento planetario" va a quedar totalmente eclipsado. Un eclipse al que, por si ya fuera poco, también contribuye, aun en menor medida, la caída incesante de Obama en las encuestas de popularidad de su país y la derrota de su partido en las primeras elecciones celebradas después de las presidenciales. Esperemos que Pajín no nos salga con que todo esto es una conjura de los elementos.