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Columna publicada el 21-03-2005
Jamás leeremos este titular: "Detienen a tres jóvenes en Zamora que habían pactado por teléfono un suicidio colectivo". O este: "Detienen a tres jóvenes en Zamora que pactaron en un bar un suicidio colectivo". Básicamente porque resulta intrascendente que la decisión la hayan tomado comiendo unos berberechos, a la puerta de una discoteca o en la Casa de Campo. Lo noticioso es que hayan acordado acabar con su vida, qué les ha llevado a ello, dónde tenían previsto cometer el acto, etcétera. Qué medio hayan empleado para concertar el acto fatal es, o debería ser, superfluo.
La cosa cambia cuando se puede colar por medio la palabra Internet. "Detienen a tres jóvenes en Zamora que habían pactado por Internet un suicidio colectivo". Ahí lo tenemos por enésima vez: la Red como causa de todos nuestros males. Es lógico que, con este recurrente bombardeo denigratorio, aquellos que jamás hayan navegado decidan seguir tal y como están (virgencita que me quede como estoy). ¿A quién se le ocurre pisar ese terreno oscuro donde predominan la pederastia, el robo, los "hackers", los "crackers" y el sexo 24 horas? Sí. En la Red hay "hackers" y "crackers", miles de estafadores y páginas de pederastas. Y en la calle ladrones, violadores, conductores que no respetan los pasos de cebra y cornisas que se desprenden inopinadamente. No por ello nos convertimos en anacoretas. No porque en Internet exista escoria deberíamos dejar de navegar.
El problema, lo criticable y lo lamentablemente habitual es cuando se toma la parte por el todo. Que es, precisamente, lo que ha hecho Juan Salom, responsable del Departamento de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil. En una pirueta deductiva digna de toda alabanza, considera que el "consumo abusivo" de contenidos en Internet lleva al "hastío" y éste a buscar "nuevas experiencias en nuevas vías, como la pedofilia o la pederastia". Resumido: quien navega mucho se aburre. Y quien se aburre acaba consultado contenido pornográfico de menores. Claro que, utilizando el mismo método hipotético deductivo, cuanto más se va al fútbol, más posibilidades de pegar a tu pareja; cuanta más televisión ves, más opciones para convertirse en Coto Matamoros; cuantos más periódicos leas, más posibilidades de acabar talando árboles en la amazonía; y cuantos más libros leas, más opciones de sucumbir a la locura. Sobre todo si te aficionas a las novelas de caballería.
Igual de inquietante resulta otra de las impagables deducciones con la que Salom apoya su filosofía: el sexo ocupa mucho, demasiado espacio en la Red. Tanto como para convertirse en uno de sus motores. Por ello no resulta extraño que "poco a poco" acabemos cayendo en la trampa de la pornografía infantil, a la que se accede con una mezcla de placer, curiosidad e inocencia. Las imágenes de inocentes niños siendo sometidos a todo tipo de actos repugnantes ejercen el mismo efecto que un hipnotizador: nos embaucan, nos sentimos irremediablemente atraídos y caemos en sus redes. Porque somos tontos... y aburridos.
Total: que los que navegamos mucho terminamos viendo material pedófilo. ¿Solución? Que las compañías de acceso restrinjan las horas que pasamos delante de la pantalla, por si las moscas. A Juan Salom sólo le ha faltado proponer esto para coronar sus argumentos con la guinda del dislate. Al menos en este caso, y por motivos diferentes, contaría con el respaldo de Luis Cobos.
El mundo se está volviendo loco e Internet se ha convertido en el saco de los golpes. ¿Hasta cuándo?

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