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Columna publicada el 07-10-2003
Hace no tantos años –dos o tres, a lo sumo– se aseguraba que los e-books, o libros electrónicos, acabarían desterrando a los de pasta y papel. La verdad es que nunca he encontrado demasiadas ventajas a eso de leer una novela en la pantalla del ordenador. Y juro que lo he intentado. A los diez folios tuve que parar para buscar colirio. Ojos enrojecidos y dolor de cabeza fueron el resultado de mi intento por aficionarme a los e-books.
Supongo que mi rechazo es compartido por muchos usuarios de Internet y las Nuevas Tecnologías. Y es que donde esté un libro, ya sea de tapa dura o blanda, de bolsillo o caja alta, con letra minúscula o especial para los que sufren de vista cansada, que se quite cualquier intento de progreso en el ámbito editorial.
Por más que trato de descubrir ventajas a los e-books sólo encuentro dos: son muy útiles para buscar un párrafo, la frase de un determinado personaje o una sentencia que se quiera memorizar. Esa y su escaso precio, derivado de la ausencia de costes de distribución e imprenta. Poco más.
Los e-books no acaban de despegar, y las tiendas se dan cuenta de ello. La principal librería de Estados Unidos, Barnes & Noble, anunció recientemente que cancelaba su servicio de venta de libros electrónicos. Retomaba su estatus de librería pura y dura.
La decisión de la Barnes & Noble afecta sobre todo a Microsoft y Adobe, que dotaban de la tecnología necesaria para leer los e-books. Pero sus lamentos sirven de poco cuando se echa mano de las cifras: el año pasado apenas se vendieron medio millón de ejemplares electrónicos en Estados Unidos, según la firma de investigación Ipsos-Insight. A este ritmo parece improbable alcanzar los 250 millones de dólares de facturación que se vaticinó en 2005 para el mercado de los e-books.
Los defensores de estas tecnologías sostienen que son ideales para matar los tiempos muertos en el autobús, en el gimnasio e, incluso, mientras se pasea. ¿Es que acaso no sirven también para eso los libros de bolsillo? Cierto que pesa más que una PDA, pero la grata sensación de pasar las páginas no la proporciona el puntero de la agenda electrónica.
Los libros digitales vivieron su momento de explosión en 2000. Entonces Stephen King lanzó su nueva novela sólo por Internet. Se vendió como churros, pero los datos actuales hacen pensar que la demanda estuvo motivada más por la novedad que porque surgiera una nueva tendencia de lectura.
No todos los adelantos funcionan. Internet es un medio perfecto para comprar canciones sueltas, leer el periódico o hacerse con una camiseta. Pero al César lo que es del César: los libros electrónicos no ganarán la batalla a los de papel. Al menos a corto y medio plazo. Porque, digan lo que digan, El Quijote no es El Quijote leído en la pantalla de un ordenador. Si además se hace el intento en una PDA, el resultado puede ser devastador. Probablemente nos quedemos como el hidalgo caballero: locos de remate.

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