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PACIFISMO

¡Abajo las armas!

Aunque los anhelos de paz son universales desde que el hombre es hombre, el pacifismo como ideología que defiende la paz a cualquier precio es un invento del siglo XX.

Los griegos veneraban la paz, cuya deidad, Eirene, era representada como una bella mujer con una cornucopia en la mano. Por cierto, Eirene era también la diosa de la riqueza...

Los atenienses le tenían gran devoción. Atenas era una ciudad de comerciantes y librepensadores. Tanto el comercio como el librepensamiento sólo florecen si la delicadísima planta de la paz echa buenas raíces. Ahora bien, los paisanos de Platón no dudaban en recurrir a la guerra si veían la libertad o la soberanía de la república amenazada. Así, tanto hicieron por Atenas los filósofos o los mercaderes como los generales. Por eso los persas no consiguieron rendirla. Pudieron los atenienses haber aceptado la paz del esclavo arrodillándose ante Jerjes, pero prefirieron pelear para conquistar la paz del hombre libre.

La lección pronto la olvidaron, y sólo un siglo después los herederos de Pericles y Temístocles se rindieron ante el rey de Macedonia, un tirano de segunda para quien la guerra era el único modo de vida posible. Los romanos tomaron, como tantas otras cosas, el ideal de paz de los griegos y sobre él erigieron su Pax universal, impuesta por las legiones, sí, pero también por la civilización y el comercio. Aunque importaron a Eirene, el verdadero dios romano de la paz era el mismo que el de la guerra: Marte. Cuando tocaba, empuñaba la espada; cuando no, se transmutaba en Marte Pacificador, portador de las bondades de la paz... por la vía de la guerra.

En el Ara Pacis (altar de la paz), mandado construir por Augusto en el Campo Marcio, Marte aparece como un soldado maduro que, tras una vida de lucha, por fin consigue la ansiada paz, y se la entrega al pueblo de Roma para que prospere sobre ella. El Ara Pacis es la representación en piedra de lo que nuestros abuelos romanos entendían por la paz. Era algo deseable, pero sólo podía conseguirse y conservarse mediante las artes de la guerra.

Tres siglos más tarde, esa visión dual entre la guerra y la paz la sintetizó de un modo magistral el escritor Flavio Vegecio en su Re Militari: "Si vis pacem, para bellum", es decir, si quieres la paz, prepara la guerra. Toda nación que aspire a vivir en paz tendrá que observar este breve mandamiento, que consiste en mantenerse armado y en disposición de defenderse. La paz, por lo tanto, no es fruto de las buenas intenciones, sino de un frágil equilibrio entre hipotéticos contendientes.

Las elaboraciones teóricas y las alegorías mitológicas de griegos y romanos quedaron arrumbadas cuando Europa se sumió en los siglos oscuros de la Alta Edad Media. Cuando la irrupción del Islam detuvo el comercio mediterráneo, condenando el occidente cristiano al aislamiento, la guerra pasó a ser, de nuevo, un fin en sí mismo. Hay dos vías para conseguir lo que se desea: intercambiando lo que, subjetivamente, se valora menos por lo que se valora más... o apropiándose de esto último por la fuerza. La historia de la humanidad es un tira y afloja entre ambas maneras de entender las relaciones sociales.

Las sociedades guerreras de la Edad Media encumbraron el oficio del bellator, honorable rapiñador de los bienes ajenos que edificaba su fortuna sobre el campo de batalla y no, como los patricios romanos, en el Foro de las Corporaciones, importando garum de Hispania o exportando vino de Marsala. Cuando el comercio desaparece de escena también lo hace el incentivo principal para producir mucho o de un modo especializado. Es un círculo vicioso difícil de romper, tal y como se ha visto a lo largo de la historia... y se ve ahora en los castigados países africanos, que no salen de una guerra y ya están metidos en otra, con las desastrosas consecuencias que todos conocemos.

Para que prevalezca la paz hace falta, por lo tanto, voluntad de defenderla y un marco jurídico que ampare a los que la defienden y garantice el cumplimiento de los contratos. Tras la hecatombe altomedieval, Europa fue poco a poco dotándose de los instrumentos necesarios, si no para conseguir la paz, sí para regular el empleo de la guerra. Se fue, en definitiva, volviendo al modelo romano, que en mala hora se había abandonado siglos antes.

Fue a mediados del siglo XIX, en el momento en que las guerras empezaron a escasear, básicamente porque los países civilizados vieron en el comercio un medio mucho más eficaz para conseguir sus fines, cuando hizo acto de presencia el pacifismo. Era un movimiento que perseguía la paz por la paz partiendo de un buenismo de corte roussoniano, atractivo en lo teórico pero por desgracia, siendo la naturaleza humana la que es, inaplicable.

Sus primeros apóstoles, por lo general señoritos de ciudad con la vida resuelta, llamaban a la paz universal, que vendría precedida de un desarme multilateral. Una idea romántica a la que no se prestó demasiada atención. Todo cambió hace un siglo, con motivo del estallido de la I Guerra Mundial. El desorbitado número de muertos y la devastación que trajo la contienda puso de moda el pacifismo entre las élites intelectuales. Pero sólo entre las de Occidente. Las de Oriente seguían siendo tan belicosas como de costumbre y, por un misterio nunca aclarado por los propios pacifistas, el comunismo se libró de comulgar con las ruedas de molino del pacifismo internacional.

Lenin.Como era una buena causa, se entiende que los combativos pacifistas de entreguerras, que llegaron a conseguir que se prohibiera la guerra en la Sociedad de Naciones, hicieran una excepción con Lenin y sus herederos, una yunta de genocidas nada pacíficos. Con prohibición o sin ella, la guerra volvió, y de qué manera. De 1939 a 1945 la humanidad asistió impávida a la mayor carnicería de la historia. Una desconcertante matanza a escala global para la que aún no se ha encontrado una explicación definitiva.

El pacifismo de posguerra redobló sus esfuerzos para conseguir el ansiado desarme; pero, como unos años antes, de sólo uno de los beligerantes: Occidente. A partir de los años 50 los pacifistas –ya convertidos en el poderoso lobby actual, que, desde la propicia plataforma de la ONU, se ha lanzado sobre todos los organismos internacionales­– tomaron la lucha antinuclear como bandera. La Unión Soviética, que fabricaba armas atómicas a granel, se apuntó entusiasta financiando y promoviendo el pacifismo, pero siempre dentro de las fronteras de su enemigo.

Los pacifistas eran, por definición, occidentales. Al otro lado del Telón de Acero sus proclamas constituían un delito de alta traición e implicaban una desagradable visita a altas horas de la madrugada de los servicios de seguridad del Estado. La temida guerra termonuclear no estalló jamás. Tal vez porque ambos contendientes aplicaron el viejo lema de Vegecio. Las principales potencias se hicieron con un arsenal nuclear, pero no para hacer la guerra, sino para evitar que se la hiciesen los vecinos. Israel, un país de exiliados del horror de la guerra, es quizá el mejor ejemplo.

El pacifismo del siglo XX, superados –por burgueses– los románticos ideales de Tolstoi o Bertha von Suttner, fue selectivo y vino preñado de sentimientos de culpabilidad. De ellos se aprovecharon las tiranías comunistas, maestras consumadas en el doble lenguaje. La Cuba castrista, por ejemplo, se pasó décadas sermoneando al mundo con su presunto amor por la paz mundial mientras desataba guerras por todo el continente africano en nombre de la emancipación de los pueblos oprimidos. La ONU, ese panal de pacifistas bienintencionados aunque rematadamente tuertos, nunca dijo nada al respecto.

Para el comunismo, la paz ha demostrado no tener más valor que el instrumental de un arma auxiliar: se trata de derrotar al enemigo con un método un tanto sibilino. Para el mundo civilizado, sin embargo, la paz sigue siendo tan venerada como en tiempos de la antigua Grecia. Sin ella la libertad y la riqueza se marchitan, aunque a veces no queda más remedio que recurrir a la guerra: si ambas bendiciones ven su existencia amenazada.

 

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