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ESTADOS UNIDOS

Abraham Lincoln reconsiderado (y 2)

Pedro López Arriba

Vaya por delante que no parece adecuada una comparación entre hombres de la talla personal y política de Lincoln, Roosevelt o Reagan, nos gusten más o menos, con otro todavía por descubrir como personaje, como Obama. Los primeros fueron grandes presidentes que tuvieron que afrontar problemas colosales, y establecer las vías para su solución. No es aún el caso del actual inquilino del 1600 de la Avenida Pennsylvania.

Hablemos de nuevo de Lincoln, de su tiempo y de sus circunstancias. Sobre todo, del gran conflicto teórico-político que devino conflicto bélico. Un conflicto que no provocó Lincoln, sino que le vino impuesto por más de treinta años de tensiones disgregadoras. Y también de las dos grandes posiciones políticas que se enfrentaron: la de los secesionistas, que sostenían que primero era la libertad y después la unión, y la de Lincoln y la mayoría nacional norteamericana, que veían el binomio unión-libertad como un todo indisociable.

La formulación explícita de ambas posiciones se hizo en 1830, durante los brindis de la cena de cumpleaños del presidente Jackson, quien, sumido entonces en una de las varias crisis con amenaza de secesión protagonizadas por Carolina del Sur, levantó su copa y dijo: "¡Por nuestra Unión Federal, por que quede salvada!"; a lo que su vicepresidente, Calhoun, respondió: "¡Por la Unión, pero después de nuestra libertad, el bien más preciado!". Ahora bien, esta frase de Calhoun (1782-1850), uno de los grandes ideólogos del esclavismo secesionista, jamás significó para él, ni para sus seguidores, un planteamiento para la defensa de la libertad. En primer lugar, porque no se refería a la libertad y los derechos individuales de personas, sino a la libertad y los derechos de los estados y los territorios, especialmente los del Sur; libertad para eludir las leyes y reglamentaciones federales, especialmente en materia de esclavitud. El objetivo era asegurar el mantenimiento de la esclavitud de los negros, en respuesta al crecimiento del sentimiento abolicionista en el Norte.

En realidad, el conflicto de la secesión se fue estructurando alrededor de la cuestión esclavista por muchas razones, bastante obvias en general; pero obedecía también a otras causas, que quizá no eran menos importantes pero que las élites esclavistas supieron capitalizar a su favor. Se trataba de tensiones típicas entre lo local y lo general, de problemas de supremacía en el conjunto del país y del declive a que se vio abocado el Sur a medida que el país se expandía geográficamente. La economía agrícola de los nacientes Estados Unidos, entre 1783 y 1820, y la democracia agraria con que soñó Jefferson había situado el centro político y económico de la nación en las ricas plantaciones del Sur, en las que creció el esclavismo, hasta alcanzar una cifra próxima a los cinco millones de esclavos hacia 1860. Pero la realidad impuso la Conquista del Oeste y la Marcha hacia el Pacífico como las grandes empresas nacionales del siglo XIX.

Al comienzo de la historia de los Estados Unidos no parecía haber muchas diferencias entre el Norte y el Sur. En ambas zonas la mayoría de la gente era granjera, y la utilización de esclavos negros, aunque se daba en casi todos los estados, no estaba muy extendida en ninguno de ellos. Ahora bien, después de la independencia se produjeron grandes cambios. En el Norte, el comercio y la industria crecieron y se desarrollaron rápidamente. En cuanto al poblamiento de los nuevos territorios, no era un gran problema, pues cada año miles y miles de inmigrantes afluían a los prósperos estados del Norte, donde surgían grandes ciudades de la noche a la mañana, al tiempo que se canalizaba una importante parte de aquella ingente corriente humana hacia el Oeste. La esclavitud fue desapareciendo de modo paulatino, hasta su total prohibición, en los estados del Norte, en los primeros años del siglo XIX. La esclavitud no tenía sentido ni utilidad en una sociedad dinámica y emprendedora que tenía como horizonte el desarrollo general sobre la base del bienestar individual, y que lo confiaba todo al espíritu de libertad y a la iniciativa de cada uno. El gran impulso para la conquista y colonización del Oeste se hizo sobre esos presupuestos.

Por el contrario, el Sur, tras la independencia, continuó concentrando su actividad económica en la agricultura. A las granjas de la primera época les fueron sucediendo las grandes plantaciones. La invención de las desmotadoras mecánicas de algodón –por el norteño Whitney, de Connecticut– y el telar de vapor, en Inglaterra, supuso una gran revolución económica. Con la recolección masiva de algodón y la producción masiva de tejidos, se produjo el nacimiento de la gran industria textil moderna. Las industrias del Norte demandaban cada vez más algodón del Sur, y en éste se generalizó el sistema de plantaciones y el uso de mano de obra esclava.

Entre 1820 y 1860, las líneas de expansión económica y demográfica se desplazaron hacia el eje Norte-Oeste en detrimento del Norte-Sur. Los granjeros de las praderas del Oeste comenzaron a ser la principal fuente de abastecimiento de alimentos del populoso y rico Nordeste, y los principales consumidores de los productos de este último territorio. En 1860, más de dos tercios del total del tendido ferroviario se encontraba en el Norte: unía los mercados de ganado del Oeste con los de maquinaria agrícola y manufacturas del Este.

No es que el Sur estuviese al margen de todo ese movimiento: el comercio por el río Misisipí seguía siendo próspero, y el algodón seguía siendo importante en la economía nacional, pero ya había pasado su época de esplendor. Las primeras máquinas sembradoras y cosechadoras resolvían, con grandes ventajas sobre el trabajo esclavo, las carencias de mano de obra en las granjas del Medio y el Lejano Oeste, y el desarrollo de la economía y de las comunicaciones reforzaron los lazos entre el Norte y el Oeste.

La agitación antiesclavista fue en aumento entre 1820 y 1860. La novela La cabaña del tío Tom, de la abolicionista Harriet Elizabeth Beecher Stowe, publicada en 1852 y que describía los horrores de la esclavitud en las plantaciones del Sur, cosechó un enorme éxito: vendió más de 300.000 ejemplares en el primer año y elevó el sentimiento abolicionista a sus más altas cotas en el Norte. Por el contrario, en el Sur, las élites políticas, dominadas por poderosos plantadores esclavistas, reaccionaron exacerbando el sentimiento de agravio y el afán se secesión. A diferencia de lo que ocurrió en el Norte, donde a los extremistas anti-esclavistas se les reprimió (v. el caso de John Brown), los extremistas pro-esclavistas, partidarios de la secesión y deseosos de provocar la guerra, se convirtieron en los dirigentes máximos del Sur. De hacho, la Constitución Confederada de 1861 recogía (sección 9, apartado 4) la prohibición de dictar leyes que impidiesen o limitasen la propiedad de esclavos.

De modo que la esclavitud, si bien pudo no ser la causa principal de la Guerra Civil, desde luego fue una cuestión central en la tensión y en el conflicto, tanto en su preparación como en su estallido.

Es muy significativo que en la respuesta de J. C. Rodríguez a la primera entrega de este artículo no se haya impugnado un punto esencial, aunque no sea el más importante, para comprender la crisis de 1860 y la actuación de Lincoln en ella. Me refiero a que la crisis de 1860 y la Guerra Civil subsiguiente fueron provocadas, tras larga y concienzuda preparación, por el Sur. No es éste el punto más importante, pero sí es esencial, pues la unilateralidad en la secesión de los sureños queda ahí perfectamente expresada con total claridad.

La opción por la separación pudo estar más o menos motivada, pero la Unión Perpetua fundada en 1777 y "perfeccionada" en 1787 no admitía revocaciones unilaterales sin el desencadenamiento de una grave confrontación: el derecho de los dirigentes sureños a imponer la secesión no estaba amparado ni por la Declaración de Independencia (1776), ni por los Artículos de la Confederación y Unión Perpetua (1777) ni por la Constitución de los USA (1787). Imponer la secesión estaba absolutamente fuera de la legalidad. Y no fue Lincoln, ni el Norte, quien impuso la guerra para resolver la crisis, sino el Sur. Los dirigentes sureños no reclamaron en 1860 un gran debate nacional, una convención constitucional, un congreso extraordinario o una gran reforma legal. Lo que hicieron fue llamar a las armas e iniciar la guerra.

El debate sobre la existencia de un hipotético derecho a la secesión sólo podía a afectar a los estados fundadores de la Unión, que eran cuatro del total de los secesionistas (Virginia, las dos Carolinas y Georgia), y eventualmente a Texas. Los demás estados secesionistas, constituidos al amparo de las leyes federales de organización de los territorios, no podían alegar el poseer derecho a la separación alguno. Además, el resultado electoral de 1860, muy ajustado para Lincoln, no dejó dudas sobre las preferencias populares: el voto a favor de los candidatos partidarios de mantener de un modo u otro la unión: Lincoln, Douglas y Bell, fue de más 3.200.000, frente a los menos de 850.000 obtenidos por el sudista Breckenridge. Unos datos que, además, demuestran la gran insensatez de la secesión.

La centralidad de cuestión de la esclavitud en todo ello es innegable. Fue importante ya en 1787, y se acrecentó en las sucesivas crisis que se fueron planteando entre el Norte y el Sur entre 1787 y 1860. Con independencia de las preferencias de Lincoln, que hubiera deseado mantener la Unión aun a costa de limitar y posponer la supresión de la esclavitud, ésta era la más fundamental. Con independencia de la escasa simpatía racial –valga la expresión– que Lincoln y los norteños pudieran tener por los negros, es innegable que lucharon y murieron en gran número, durante más de cuatro años, para lograr la abolición definitiva de la esclavitud. La más célebre canción unionista de la época, "The Battle Cry of Freedom" (el grito de batalla de la libertad), reflejaba el sentimiento popular: The Union forever (la Unión para siempre) invocaba la defensa de la Unión como la única forma de afianzar y garantizar la libertad, de los blancos y de los negros. Y, mucho más aún, la idea de que la unión era necesaria para la defensa de la libertad.

Entre la población norteamericana de la época, que en su mayor parte estaba formada por inmigrantes europeos que habían ido a USA para escapar a la miseria y la opresión de sus países de origen, la invocación a la unión y la libertad despertaba, inevitablemente, ecos muy profundos: en América, bajo el Gobierno de la Unión, eran ciudadanos prósperos, o con esperanzas de serlo, en una democracia que garantizaba su libertad. La Unión fue fundamental para ganar la libertad en 1776, para afianzarla en 1787 y para asentarla definitivamente en 1860-1865. Era inadmisible oponer libertad y Unión, como pretendieron hacer los dirigentes sureños, pues ambas estaban indisolublemente unidas en la teoría y en la práctica política norteamericana.

Lincoln, en medio de las tensiones y la exasperación general, se vio abocado a afrontar la solución de una crisis que él no había creado, que le fue impuesta por la intransigencia de los sureños, y ante la que reaccionó con gran moderación, intentando siempre que la grave fractura nacional creada por el Sur no fuese muy profunda y que las heridas de la guerra civil no dejasen marcas indelebles. Para ello ejerció los poderes presidenciales con amplitud, pero sus medidas excepcionales fueron siempre convalidadas por el Congreso y por el Tribunal Supremo. Más aún: en la elección presidencial de 1864 contendió acompañado de un candidato a la Vicepresidencia del Partido Demócrata, Johnson, con lo que dio un mensaje de voluntad integradora que explicitó más cabalmente en el discurso de su segunda toma de posesión, donde tendió la mano fraternalmente a los vencidos.

No puede considerarse a Lincoln un dictador, sin más. Las medidas excepcionales que tomó, sin que sean merecedoras de encomio, fueron sensiblemente más suaves que las adoptadas en otros tiempos de guerra por otros presidentes, como las de Wilson contra los pacifistas (1916-1918) o como las de Roosevelt contra la minoría japonesa (1941-1945), y difirieron muy poco de las adoptadas en el Sur, que se vio sometido a gobiernos militares bajo la ley marcial durante casi todo el tiempo que duró la contienda.

Por último, quiero dejar constancia de mi coincidencia plena con las palabras finales de J. C. Rodríguez en su contestación: la historiografía crítica con Lincoln tiene razones de su lado, razones cuya base encontramos en el mismo origen de los Estados Unidos. La Unión, que fue el gran objetivo de Abraham Lincoln, es encomiable, pero, como sucede siempre, no se puede defender a cualquier precio.

Espero que este debate haya servido para clarificar hechos y posiciones, ayudar a la indagación de la verdad y, más allá de los mitos establecidos y de los estereotipos al uso, facilitar el conocimiento y la comprensión.


PEDRO LÓPEZ ARRIBA, abogado.

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