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SOCIALISMO ÁRABE

De aquellos polvos... estos lodos

No es del todo casual que el partido que sustentaba al tunecino Ben Alí y el que todavía lo hace con el egipcio Mubarak hayan sido hasta, precisamente, estos días miembros de pleno derecho de la Internacional Socialista (IS), a la que siguen perteneciendo la Unión Socialista de Fuerzas Populares, que gobierna en el Marruecos de Mohamed VI junto con los nacionalistas de Istiqlal, y el también gobernante Partido del Pueblo Paquistaní.

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Los poderosos socialistas de Marruecos, Túnez, Egipto y Pakistán son el último suspiro de una corriente ideológica muy vigorosa en el pasado: el socialismo árabe. Hace medio siglo, cuando las naciones africanas accedían a la independencia, el socialismo europeo de posguerra hibridó en el norte de África con el nacionalismo, de origen también europeo, de preguerra. Era un cóctel mortal de necesidad, pero a los contemporáneos se les antojó que era lo que necesitaban todos aquellos países, que tenían un pie puesto en la modernidad y otro en la Edad Media.

Buena parte de las naciones árabes sucumbió al hechizo del panarabismo socialista, que decía tener remedio para todo. No anduvo falto de buenos comerciales. El egipcio Gamal Abdel Naser fue el mejor de todos ellos. Supo poner en el empeño apostura de galán de cine, sonrisa impecable y cantidades ingentes de propaganda. Esa, claro, era la cara amable del invento. La otra eran las palizas de la policía, las mil y una corruptelas, las nacionalizaciones, las regulaciones interminables, las tasas por todo, los controles aduaneros y de precios; todo el cortejo, en fin, de incordios que acompaña al socialismo en cualquiera de sus variantes.

Naser era un alumno aventajado de la socialdemocracia europea. Aplicaba punto por punto su programa constructivista sobre un campo de experimentación completamente nuevo. Los líderes árabes, envalentonados con la independencia y la charlatanería tercermundista que había inaugurado la Conferencia de Bandung, creyeron haber encontrado la piedra filosofal de la riqueza. Si se encontraban a la cola de Occidente era porque no les habían dejado explotar sus propios y valiosísimos recursos. Todo era cuestión, por lo tanto, de crear empresas públicas que los administrasen, para luego repartir las ganancias entre el pueblo.

Países que habían sido auténticos emporios agrícolas y comerciales, como Argelia, Siria o el mismo Egipto, sucumbieron tras ser sometidos a tan indigesta dieta. La economía se contrajo entre los años 60 y 80, y el grueso del mundo árabe padeció graves crisis de deuda externa. Luego vino una tímida reforma, cuyo objetivo era más la supervivencia de los regímenes establecidos que cambiar el caduco e ineficiente paradigma ideológico.

Los que habían encontrado petróleo en sus territorios trocaron la maldición socialista por la islamista. Las excepciones a esta norma fueron Irán e Irak. Los iraníes padecieron primero a Reza Pahlevi, un enloquecido ingeniero social que puso el país patas arriba para, según planeaba, igualarlo a Occidente en una sola generación. Los excesos del Sha condujeron a una revolución islámica que aún perdura, treinta años después. Irán no ha salido de la miseria, e invierte toda su fortuna petrolera en malvivir y en tratar de exportar su distorsionada visión del islam.

Sadam Husein.En Irak el socialismo árabe arraigó con fuerza gracias al partido Baaz, quizá la mejor plasmación de esta funesta ideología, a caballo entre el marxismo y el satrapismo otomano. El baazismo también prendió con fuerza en Siria.

Tanto Sadam Husein como Hafez el Asad fueron baazistas. Uno se afilió al partido en 1946, el otro en 1957; ambos eran por aquel entonces estudiantes universitarios y soñaban con cambiar el mundo. Cincuenta años más tarde, tanto Irak como Siria están en la ruina económica y moral. No veo necesario entrar en más detalles.

En Egipto, Naser, que jugaba a líder mundial de la mano del indio Nehru, el indonesio Sukarno y los delicuescentes reyezuelos del África negra, se acercó a los soviéticos para hacer ver a Occidente que tenía su propio programa de desarrollo, que no pasaba por la democracia, los mercados abiertos y el imperio de la ley. Durante su presidencia, Egipto vivió en estado de emergencia permanente; la economía era ineficiente e improductiva, y la seguridad jurídica, poca tirando a ninguna. Desde su muerte, las cosas no han cambiado demasiado.

El naserismo cundió por todo el norte de África. En Libia se hizo con el poder Muamar el Gadafi un año antes de que Naser muriese. Bajo su gobierno, muy socialista, muy panarabista y, en tiempos, muy prosoviético, Libia ha sido testigo de todo lo malo del mundo de posguerra. Siguiendo el ejemplo de los Oficiales Libres de Naser, Gadafi destronó al rey Idris y se erigió como gobernante único, absoluto, incontestable. Pretendía demostrar que su vía al desarrollo y la libertad era mejor que la que habían seguido las naciones europeas. Libia terminó experimentando el terror, el aislamiento internacional y –hasta que se descubrió petróleo en el desierto– la pobreza a gran escala.

En los países del Magreb de la órbita francesa, el socialismo autóctono hizo de las suyas sobre todo en Argelia, país atormentado por las dos pesadillas que han machacado sin piedad el mundo árabe en el último medio siglo: el tercermundismo y el islamismo. En los años 60, Ben Bella se sacó de la chistera el llamado socialismo autogestionario, muy parecido, por lo demás, al socialismo normal y corriente. Consistía en nacionalizarlo todo y trazar grandes y delirantes planes de desarrollo. Para conseguir tal meta, la Argelia socialista necesitaba dotarse de un régimen dictatorial, declarar la guerra al vecino –Marruecos– y hacer de la Cuba castrista un aliado preferente.

Argelia, antaño una colonia rica donde se hacían grandes fortunas, se hundió en diez años. A Ben Bella le concedieron la distinción de Héroe de la Unión Soviética. Un galardón muy acorde con su proeza. Su herencia envenenada aún no ha sido amortizada. Al igual que sucedió en Irán, el pueblo aperreado y hambriento se refugió en el islam como antídoto ante tanto occidentalismo mal entendido. El resto es una sórdida historia de violencia, frustraciones y tiranía.

 

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