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ISRAEL CLÁSICO

Debarim: la aventura pese a tanto

Jaime Naifleisch

La aventura del Israel clásico, uno de los cientos de reinos paridos por la Historia, tiene lugar centralmente en lo que hoy dataríamos como primer milenio antes de la Era Común (o antes de Cristo).

Los protagonistas de esta historia son los reyes y la élite –Saúl, David, Salomón...–, el pueblo, de una presencia extraordinaria, y los profetas, tan diversos entre sí como podrían serlo, diríamos, los coetáneos filósofos helenos, luego helenísticos, los humanistas de Córdoba, Mainz, Safed, Bologna..., los pensadores de la ilustración, los intelectuales del siglo XX.

El profeta es aquel que conoce las leyes, conoce la historia, conoce la sociedad, conoce su quehacer, e imagina cuál será la tendencia del colectivo. Señala conductas erróneas. Advierte de los peligros que ellas conllevan, cuestiona el poder regio y de las élites. No cabe confundirlo con otros personajes de la Historia, los prefetas, los que adivinan el porvenir, también llamados por otros nombres.

Entre los cientos de reinos habidos, este protagonista señala la diferencia judeoisraelita. A cada rey le ha tocado su piedra en el zapato, su profeta, a veces más de uno. David, el rey que ha sido recurso de casi todas las casas eurocristianas como legitimador de sus coronas (la borbónica entre ellas), en piruetas increíbles, padeció el acoso de un par de profetas que, sentados frente a la puerta de su palacio, le enrostraban sus crímenes, razón por la que no pudo ser él quien erigiera el templo que finalmente construyó su hijo Salomón.

Intelectuales sin pesebre

Ningún rey contó con un profeta orgánico, esto es, un lameculos a sueldo del poder –reinante u opositor–, a la manera de los que pueden ser oídos hoy en el acotado espacio de la plantación de prensa donde las diversas factorías rivales-asociadas confeccionan sus productos sobre soporte papel o electrónico. ¿No es natural que sean odiados o, más frecuentemente, prostituidos en usos y abusos, repudiados en los escritos de aquéllos, y que cualquiera puede leer? Pongamos por caso, ¿no echó Jesús a los mercaderes del templo? ¿No invocan a Jesús los mercaderes del templo?

Mucha fue su fuerza, y los orgullosos judíos eran esa fuerza –el caso de los que acosaban al guerrero David es ejemplar–, pero ni uno de ellos vivió vidas confortables, o llegó a anciano para morir plácidamente en su cama. Los más se vieron obligados a exiliarse o fueron asesinados. Unos eran de cuna humilde, como el formidable Amos; otros, de familia cortesana, como el gran Isaías. No era la prosperidad bien ganada lo que motivaba su rechazo, a la manera del burdo populismo que se reclama de izquierdas (cuyos capitostes no hacen sino enriquecerse), ni el rechazo de la autoridad constituida como garantía de la ley, la cohesión del colectivo, la defensa ante un enemigo común, a la manera de un cierto basto populismo de derechas (que pugna por ser ese poder), sino la conducta pecaminosa, que hoy llamamos ilegal, corrupta.

Karl Marx.Anarquistas de verdad

Una de las enseñanzas más sólidas de los profetas confirmó una tendencia que existía ya en las tribus que poblaron la tierra de Israel y se esforzaron por lograr un reparto equitativo de ella: no llamarás "señor" sino al Señor. Algo que se mantiene en la conciencia y la emoción de muchos desde entonces, y explica en buena parte el odio de los amos –fructificado en judeofobia y antisemitismo entre sus siervos voluntarios–, y también la osadía, el sacrificio incluso, de los que reformularon, o se sumaron a la reformulación disidente de aquellas enseñanzas, a lo largo de los siglos, o se dedicaron al pensamiento científico, al rescate de la memoria y la crítica de la vida cotidiana en centenares de ensayos y novelas. Enrique Dickman, uno de los fundadores del partido socialista argentino, dirá: un barbudo, el rabino, me enseñó a amar la justicia; otro, Marx, me enseñó cómo llegar a ella. Y no por casualidad los socialistas llamaron Casa del Pueblo a sus centros de reunión: en Israel se llamaban Bet Am, y los griegos lo describieron como sinagoga, que significa exactamente eso.

Emergentes

Entre esos emergentes que nos dio la Historia en Israel ha habido los más y los menos lúcidos, y como sucede con los que en Grecia llamamos filósofos, y con otros herederos de ideas aún más antiguas, y con los que después de ellos vienen jalonando como estrellas el manto de humanidad que cubre la Tierra, no ha habido inteligente que no haya mostrado, a su vez, limitaciones de las que hoy podemos reírnos. Porque hoy tenemos iPod y ya estamos de vuelta de todo, ¿y quién necesita conocerlos? Un tontuelo plantaba ayer un monigote en un diario al que hacía decir que, con la cita del Deuteronomio que Zapatero hizo en (la extraña) ceremonia de Washington, "invoca lo sobrenatural". Y no es que el bobo no haya leído el Deuteronomio, es que no leyó la cita. Otro analfabeto denuncia a Zp por no haber leído la frase final de la cita en la que se insta a no explotar al prójimo, la frase que dice:
No explotes al jornalero, pobre y necesitado, sea uno de tus compatriotas o un extranjero que vive en alguna de las ciudades de tu país. Págale su jornal el mismo día, antes de que se ponga el sol, porque está necesitado y su vida depende de él.
Es la semántica, bobos

¿Qué no dijo el premier español? Así no clamará contra ti el Señor, y no serás culpable de un pecado. ¡Criaturitas de Dios! Pecado es lo que hoy llamamos ilegalidad, y la invocación al inefable, invisible, no representable se explica por aquella actitud indómita que los mismos profetas habían nutrido: no llamaras "señor" sino al Señor, que excluye a los sacerdotes semidioses, consagrados, intermediarios entre cada uno y el Creador y excluye a los capangas, pone en manos del libre albedrío de los individuos que componen el colectivo la organización de sus vidas, la elección entre tender a lo mejor posible o tender al mal, con el auxilio de sus maestros (nunca uno), el rechazo de los dogmas, de lo inexplicable, del porque sí. Y la universal idea de un dios (o varios) hacía las veces de contención de los desbordes, daba autoridad a la ley.

Zapatero, pobre, que no va más allá de las obras completas del Gran Wyoming, no leyó esa frase porque la excluyó el empleado que le preparó el discurso. ¿Y por qué éste la excluyó? No sé, acaso porque, como incluía la palabra Dios, recordó al cura de su EGB, quien le decía que Su nombre no debe ser pronunciado en vano, se cagó en las patas y por las dudas... Y así se hace la historieta, que también es parte de la Historia.

Patrimonio universal

Hay las propuestas superadas por la Historia, al menos en Occidente (recordemos a la niña de 16 años enterrada viva en Turquía, una extrapolación exagerada de los peores castigos pensados hace dos, tres milenios), hay las ideas atrabiliarias atribuibles a las limitaciones de los Hombres, o a lo que ellos creyeron necesario para cuidar la paz social. Y hay en el conjunto del pensamiento de los profetas, que conocemos merced a la labor de los escribas que recogían y copiaban sus palabras, y a la determinación de los que las llevaron consigo por la Tierra como catedrales portátiles, así como en el pensamiento de los filósofos de la Hélade, de todo aquello que se salvó de las preceptivas quemas, de las malversaciones... la fundación de lo que hemos venido haciendo, por encima de toda tribalidad, de toda denominación, de lo que somos, siempre que hemos intentado contener la barbarie y dar paso a la tendencia a lo mejor posible.

Zapatero.La familia

En 1935 un predicador profesional reunió a una quincena de tipos ricos de su ciudad e inició una de las miles de sectas que invocan aquellas ideas, para darlas vuelta como a medias. Ésta medró y fue consiguiendo ser reconocida como Iglesia, gozando del favor de los más reaccionarios entre los presidentes estadounidenses. De ahí que una vez al año envíen miles de invitaciones (8.000 en 2010, de las que 3.500 fueron aceptadas) a personas de todo el mundo, con el único requisito de ser el destinatario rico o influyente, tal la base social de la secta conocida como La Familia. Ya no rechazan negros ni judíos, ni otros indeseables. Este año incluyeron al presidente del gobierno español habida cuenta de su entusiasta devoción por el presidente estadounidense (no por Occidente), y así fue como el gobierno anunció que Zp había sido invitado por el mismísimo mesías Obama. Claro que a rezar con él.

Media España y alrededores esperaba que Rodríguez Zapatero cometiera una torpeza, pero hete aquí que un anónimo funcionario le resolvió el intríngulis: ¿qué podía decir de Jesús un dirigente que maneja la negación y el repudio para con todo lo que rivalice con el Islam, en una asamblea de cristianos a la que asistiría el líder?

Entonces va ese amanuense y, acaso consultando con algún seminarista vergonzante, encuentra en el capítulo 24 del Deuteronomio una de las tantas exigencias de justicia contenidas en la Torá. Si yo hubiese sido ese hombre habría exclamado: "¡Eureka!".

Deuteronomio/Debarim

Hacia el 620 a. e. c. los profetas y escribas, marginados, hartos de reyezuelos abusones, golpes de estado, creciente diferencia entre ricos y pobres, corrupción impune, dieron con Josías, un joven rey que, por primera vez desde la fundación del reino, se manifestaba dispuesto a convertir la ley emanada de la Torá en Constitución. Una de sus primeras disposiciones fue la de ordenar la restauración del templo levantado tres siglos antes por Salomón –ese rey por carambola que les había tocado–. Aquellos, ni cortos ni perezosos, redactaron un libro que era compendio de los cinco atribuidos a Moisés, el Pentateuco, al tiempo que puesta al día, como código ético (penal, civil), adecuado a la época. Posiblemente con textos escritos años antes en el norte (Israel), antes de la caída (721). ¿Por qué no acudimos al tajo el día sábado, el de Shabat? La semana no es un lapso natural de tiempo, como el día, el mes, el año. No depende del Sol ni de la Luna. La semana estima que seis días de trabajo son suficientes para agotar al hombre, a su mujer, al forastero que mora en su casa, a sus animales e instrumentos de labranza, a la tierra misma, y ordena –en nombre del Creador, claro– que ese día se detenga todo esfuerzo. Sobre todo no sólo el del amo. Y tú ese día no trabajas... ¿porque es sobrenatural? ¿Hemos de abolir el descanso? Mucha sangre costó en el s. XIX que el amo respetara la pausa, que se está perdiendo... ¿porque es sobrenatural? De esa guisa iba ese Código, con ideas-fuerza que tenían medio milenio (como acaba de confirmarse en el hallazgo arqueológico de She'arayim: cuida al débil, a la viuda, al forastero).

Con ese libro milagrosamente descubierto, enviaron a Julda, una joven profetisa (sí, eran varones y mujeres), a decirle al joven, impresionable Josías que en las obras habían encontrado el sexto libro del gran legislador (finalmente el quinto en la compilación canónica): Debarim, que más tarde los griegos llamaron Deuteronomio, uno de los libros más interesantes del canon hebreo establecido entre los años 70 y 90.

Miren por dónde sería nada menos que don R. Zapatero quien trajera este libro a casa de todos y causara un debate. Aunque penosamente abundaron los ignaros que se burlaron de todo el asunto –la simpleza es enemiga de lo que hay–, acaso algo que no sea superstición o clericalismo (incluso el laico) salga de todo esto.

De lo que no hay duda es de que aquella aventura se sigue jugando, cuando tantas cosas duran tres días. Y continúa exigiendo lucidez para ser aprovechada.

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