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PRESENTE Y PASADO

Dos giros clave de la historia de España

Un asunto que he tratado en Nueva historia de España es el de las ocasiones en que el país estuvo a punto de convertirse en algo muy distinto de lo que conocemos.

Dada la posición geoestratégica de España como península de Europa asomada a África, al modo como Grecia lo está al Asia, su destino se jugó entre ambos continentes en dos ocasiones fundamentales que supusieron giros históricos fundamentales. Al hablar de continentes no me refiero a su concepto meramente geográfico, sino a sus formas culturales, más concretamente las de una parte de África, la del norte, y una de Asia, la de Oriente próximo-medio. Es decir, la Península Ibérica tuvo grandes probabilidades de quedar incluida en una civilización no europea, una alternativa que también afectó a Grecia. Y ello ocurrió en dos ocasiones decisivas: la etapa previa a la II Guerra Púnica y durante esta contienda, cuando la influencia decisiva, capaz en principio de unificar la península, fue la cartaginesa, una civilización semítica que había acabado, probablemente, con la cultura tartésica y se había extendido sobre una amplia área de influencia en el actual Magreb y las grandes islas del Mediterráneo occidental.

Esa tendencia histórica, muy difícil de evitar para los diversificados y divididos pueblos de Hispania, quedó rota por la victoria de Roma. Entonces la suerte de las poblaciones peninsulares se jugó fuera de ellas, a través de una doble intervención exterior de la que fueron solo el sujeto paciente. No mucho tiempo antes, Grecia también había sido unificada por un poder exterior, Macedonia, y luego lo sería por Roma; pero en los dos casos la extraordinaria potencia cultural griega se impuso en gran medida a sus dominadores políticos, algo imposible para las tribus de Hispania.

La segunda ocasión en que la Península Ibérica pudo entrar en un ámbito cultural semita-africano, esta vez de religión islámica, se dio con motivo de la exitosa invasión árabe-magrebí a principios del siglo VIII. Y esta vez sí pudo haber sido un cambio definitivo, que estableciese una integración cultural del territorio, o de gran parte de él, con el Magreb y el islam. El poder islámico transformó España en Al Ándalus, e impuso una civilización radicalmente distinta de la anterior en religión, idioma, costumbres, derecho y hasta en vestimenta y culinaria, cuyo arraigo quedó de relieve en el hecho de que impuso a los cristianos un esfuerzo ímprobo y prolongadísimo, casi ocho siglos, para devolver la Península al ámbito europeo. Suerte muy parecida correría Grecia en el siglo XV; se mantuvo en manos turcas hasta el XIX, y no se completó el actual territorio griego hasta entrado el XX. La resistencia griega fue más pasiva; se concentró mayoritariamente en el mantenimiento de la lengua, aun si muy cambiada, de la religión y de muchas tradiciones.

Hay una diferencia esencial entre la encrucijada histórica marcada por la II Guerra Púnica y la derrota el reino hispano-godo. En la primera el factor decisivo fue, como quedó dicho, el externo, al no existir en la Península algo parecido a un sentimiento nacional común. Hispania fue sometida por los romanos con grandes sacrificios, pero baste señalar que las resistencias de Numancia y Viriato fueron prácticamente coetáneas, mas no hubo cooperación entre ellas, por lo que fueron vencidas una tras otra, como ocurrió con la lucha de cántabros y astures. Por el contrario, a pesar de la desastrosa y apabullante caída del reino godo, comenzó enseguida en rincones aislados del norte una resistencia que trataba consciente y deliberadamente de recobrar el conjunto de España, de rehacer la cultura cristiana y europea.

Celosía visigótica.Llama la atención que la resistencia comenzase en la cornisa cantábrica, la zona menos romanizada y cristianizada, pero el hecho es que la nueva resistencia no se parecía en nada a la de cántabros, astures y vascones contra Roma y los visigodos. Antes, estos pueblos solo habían sido capaces de incursiones depredatorias o de saqueo, mientras que cuando la invasión islámica conformaron unos reinos que se sentían españoles y con un programa político de muy vasto alcance, a pesar de sus comienzos tan mínimos territorialmente, tan pobres económicamente y tan rudimentarios estatalmente. Las expediciones contra Al Ándalus no eran simplemente de pillaje: ante todo trataban de extender el territorio y colonizarlo.

Salta a la vista, como se ha señalado otras veces, que ese programa reconquistador no hubiera sido posible sin la existencia previa del reino hispano-godo de Toledo. Aunque cierta historiografía ha tendido a menospreciar o incluso denigrar la España hispano-gótica, fue en su tiempo uno de los estados más cultos y estables de Europa, y dejó como legado la continuidad de la cultura hispano-latina y cristiana, de unas concepciones del poder alejadas del despotismo característico de Al Ándalus y una mayor diferenciación entre el poder político y el religioso, rasgos característicos de la civilización europea. Y, pese a la tesis extendida de que los godos nada tuvieron que ver con los españoles posteriores, en realidad los elementos esenciales definitorios de la España actual estaban presentes ya entonces.

Al revés que los francos, que enseguida dividieron las Galias en diversos reinos muy hostiles entre sí –como también ocurriría en Inglaterra con anglos y sajones–, los visigodos tuvieron, a partir de Leovigildo, el designio consciente y tesonero de convertir la unidad cultural dejada por Roma en unidad política, en una nación, en rigor la más antigua de Europa. El reino de Toledo dejó una fuerte impronta en la memoria colectiva, su caída fue sentida por una masa de población como una pérdida insoportable, a pesar de la casi generalizada sensación de impotencia y profunda quiebra moral. Solo unos pocos osaron resistir al poder islámico, que en muy poco tiempo se había extendido prodigiosamente desde el Oriente Medio al Extremo Occidente entonces conocido, y derrotado a potencias mucho más fuertes que la hispanogoda.

Aquella resistencia empezó en las condiciones más adversas, pese a lo cual serían sus protagonistas, y no la resignada y quejumbrosa mayoría, lo que había de marcar el futuro de España, invirtiendo el giro histórico impuesto por la invasión de Tárik y Muza.


Este sábado, MARIO NOYA entrevistará a PÍO MOA en LD LIBROS (16.00-17.00) a propósito, precisamente, de la aparición de NUEVA HISTORIA DE ESPAÑA.

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