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El búnker y el rupturismo en la Transición

Muchas historias de la Transición plantean esta como un enfrentamiento entre el evolucionismo democrático –incluyendo ahí a la oposición antifranquista– y el búnker, es decir, los irreductibles del régimen anterior. El propio Suárez contribuyó a esa leyenda, en su afán por hacer olvidar el origen de la reforma y su propio pasado.

Se insiste mucho en el carácter supuestamente retrógrado del ejército, asimilado indebidamente al búnker, y en las violencias protagonizadas aquí y allá por los ultras. Creo que la realidad es muy otra, como he expuesto en La Transición de cristal.

En su conjunto, el ejército asumió disciplinadamente el testamento de Franco y obedeció prácticamente sin fisuras al rey, salvo dimisiones ocasionales y protestas sin mucha trascendencia. Tan es así, que si el 23-F pudo ser parado por Juan Carlos –que había participado en el plan, al igual que el PSOE– se debió a la autoridad que había recibido de Franco. Por otra parte, el búnker nunca cobró mucha fuerza, y la que obtuvo se debió principalmente a una reacción ante la izquierda rupturista, en particular al terrorismo, que siempre formó parte de ella. Sin el terrorismo, la oposición ultrafranquista apenas habría despegado. Ya he expuesto también que, probablemente, el 23-F no habría ocurrido sin la gestión errática, por decir algo, de Suárez.

El caso del búnker plantea un problema histórico de interés: ¿era viable el régimen después de Franco? La cuestión merece un análisis que aquí apenas podemos esbozar. Ciertamente, fue viable a lo largo de casi cuarenta años, los de mayor crecimiento económico –y en otros órdenes– de la historia de España en varios siglos, y desafiando la hostilidad del entorno. También es verdad que en los años 70 el régimen estaba en crisis. Y no por la oposición antifranquista (comunista y terrorista, la demás apenas contaba), que seguía siendo débil, sino por la defección de gran parte de la Iglesia, impulsada desde el Vaticano.

Pero supongamos que no se hubiera producido tal defección, o, más apropiadamente, que la Iglesia se hubiera apartado del franquismo pero sin sabotearlo y sin complicarse con comunistas, terroristas y separatistas: ¿habría durado mucho el régimen después de Franco? A mi juicio, no, por dos razones. En primer lugar, por la personalidad del Caudillo, única capaz de mantener bajo la rienda a las diversas familias del régimen. Aquellas familias tenían algo de partidos inconfesos, pues cada una disponía de sus organismos, su prensa y sus políticos; incluso dentro de cada una reinaba una hostilidad soterrada, solo atemperada por la autoridad de Franco. El papel de este pesaba demasiado para encontrar un heredero capaz de mantener unida la estructura. En segundo lugar, el entramado institucional, aunque con aciertos interesantes, carecía de una doctrina general que lo respaldase, y la Iglesia, que podría haber cumplido ese cometido, evolucionó como ya sabemos. En los años 40 se intentó una teoría del caudillaje, poco fructífera, y los intentos teoréticos posteriores, tales los enfoques tecnocráticos –rechazados por gran parte de las familias–, tampoco llegaron a cuajar en una teoría alternativa a la demoliberal imperante (más o menos) en el oeste europeo. Así, la propia evolución y los éxitos del franquismo conducían a otra cosa, sin descartar cierto riesgo de una transición catastrófica como la de la dictadura de Primo de Rivera a la república. Felizmente, se impuso la reforma de la ley a la ley.

Por tanto, la Transición no se hizo más que de forma secundaria contra el búnker, y menos aún contra el ejército, sino ante todo contra el rupturismo, afecto a la aventura de una legitimidad basada en el Frente Popular (o la república, como decían con supina ignorancia). Y aquí, nuevamente, encontramos a Suárez desvirtuando la Transición, al otorgar oficiosamente al antifranquismo una imaginaria legitimidad democrática.

La leyenda de un antifranquismo democrático ha sido uno de los principales factores de degradación política en estos decenios, un factor de crisis permanente. So capa de tal antifranquismo, confundido con democracia, se han perpetrado los mayores disparates, culminados con el programa de arruinamiento de la Transición, de sus mejores frutos, orquestado por el gobierno desde 2004.

Repetiré aquí algunos puntos que reflejan el carácter de aquella oposición a Franco: los presos políticos eran, fundamentalmente, comunistas y terroristas, no demócratas. Solo avanzada ya la Transición renunció el PSOE al marxismo, de modo parcial, sin análisis histórico y sin sustituir esa ideología por cualquier otra. El PCE abandonó, con la misma falta de análisis, el leninismo, pero persistió en el marxismo, la doctrina más totalitaria del siglo XX. La ETA no renunció a nada y, gracias a la simpatía y colaboración que le prestaron durante muchos años los enemigos de Franco, pudo condicionar de forma nefasta la evolución democrática de España. Cuando Solzhenitsyn denunció en Madrid, en 1976, el sistema soviético, se alzó una marea de ataques e insultos contra él, y no fueron los más graves los de procedencia comunista... Podría extenderme varios folios.

Una democracia, en fin, no puede basarse, como la nuestra, en falsificaciones y abiertos embustes sobre su propio origen y sobre la historia general del país. De otro modo, degenera inevitablemente. Como estamos viendo.

 

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