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DEL ESPLENDOR A LA MEDIOCRIDAD

El gran problema histórico de España

Supongamos que España no hubiera tenido su Siglo de Oro, en el que descubrió no solo América y el Pacífico sino el propio mundo como conjunto, desplegó una espléndida cultura y contendió victoriosamente contra enemigos más fuertes que ella, y conquistó y colonizó enormes territorios. Sin esa época su historia habría sido más normal, en el sentido de semejante a la de otros muchos países europeos u otros continentes con escasa proyección exterior.

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Y precisamente por esa normalidad no habría planteado problema alguno de los que vienen atormentando la conciencia y el sentimiento de identidad de España desde hace más de un siglo. Como ocurre con los griegos modernos, el contraste entre la mediocridad actual y los tiempos gloriosos produce malestar.

Porque luego de aquel siglo extraordinario España entró en una normalidad mediocre, juzgada lógicamente como decadencia, que ha persistido hasta ahora. En definitiva, se trata de explicar –si acaso ello es posible– cómo fue posible un auge prodigioso y después una decadencia lamentable (por comparación), que a menudo se considera en el plano político-militar pero que no fue menor en los demás planos.

Cabe argüir que tampoco hay mayor motivo de extrañeza, ya que todas las potencias e imperios que en el mundo han sido han tenido su época o sus épocas de apogeo y declive, ninguno ha permanecido cientos de años en la cumbre. Esto es verdad pero no aclara nada del asunto concreto. Diversos autores han explicado que el formidable esfuerzo realizado por España en todos los órdenes durante el siglo XVI agotó sus fuerzas, pero eso es evidentemente falso. Hacia el final del siglo XVII España estaba reponiéndose de la mala situación económica y de los desastres demográficos causados por las pestes, y en el XVIII su recuperación en ambos terrenos prosiguió de forma acumulativa y con muy pocas guerras significativas desde la de Sucesión (las contiendas fueron sobre todo navales, y afectaron poco a la estabilidad interna). Y sin embargo fue en ese siglo de la Ilustración cuando España perdió definitivamente lo que podríamos llamar la carrera por la cultura.

Carlos III.Ha habido una corriente reivindicadora de la Ilustración española, y en particular de Carlos III y su reinado, un tanto excesiva a mi juicio. La Ilustración en nuestro país no produjo hombres ni obras comparables a lo que produjo en Inglaterra, Francia o Alemania, tampoco a lo que generó el Siglo de Oro. Y sin que sea desdeñable su esfuerzo de modernización, fracasó en el aspecto más importante, el de la ciencia y la educación superior. En España no se creó una academia o asociación científica como las que surgieron en otros países, hasta en la atrasada Rusia, donde fundaron la tradición que ha dado forma al mundo moderno. De matemáticas, por ejemplo, solo entendían en España los marinos y los artilleros, por exigencias de su profesión. Por otra parte, la expulsión de los jesuitas tuvo efectos devastadores sobre la enseñanza, de los que no se recuperó el país hasta entrado el siglo XIX. Observa Julián Marías que el pensamiento ilustrado español tuvo cierta importancia y no cayó en las exageraciones o extravagancias del francés y otros; pero también es cierto que apenas tuvo originalidad e inauguró una tendencia persistente hasta hoy, con pocas excepciones, de intelectuales solo capaces de divulgar y a menudo vulgarizar lo que se pensaba fuera.

Hubo, aun si mediocre, una real y esperanzadora recuperación del país en el siglo XVIII, que quedó frustrada por la invasión napoleónica para dar lugar a un siglo XIX calamitoso; el país solo empezó a mejorar de forma sostenida con la Restauración, en que se incorporó, aun si muy a medias, a la revolución industrial.

Echado a pique aquel régimen por los extremismos mesiánicos fortalecidos por el desastre del 98, siguieron dos etapas de reconstrucción, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, con el bajón intermedio –político y económico, pero no cultural– de la república y la guerra civil. El franquismo modernizó al país, lo incorporó de lleno a la revolución industrial, distó mucho de ser el páramo cultural pretendido por ciertos ignorantes y asentó la paz más larga en dos siglos, hasta hoy. Actualmente volvemos, sin embargo, a los mismos disparates que echaron abajo la república, con el agravante de que padecemos, ahora sí, una cultura de páramo, lo cual rompe con las tradiciones literarias, artísticas y de pensamiento que empezaron a afirmarse en la Restauración.

Este resumen, aunque esquemático y sin mayores matices, creo que describe grosso modo la evolución histórica española desde la Edad de Expansión europea. ¿Es posible un nuevo gran siglo para España? No puede descartarse, porque "el espíritu sopla donde quiere"; pero, a decir verdad, hay muy pocos indicios de ello, y los hay más de un proceso de descomposición moral e intelectual, además de político.

Un aspecto del Siglo de Oro al que se ha prestado insuficiente atención fue la amplitud de la enseñanza y la calidad de algunas universidades. Hoy, la enseñanza ha ganado en extensión, pero con una calidad ínfima, y no me refiero a los conocimientos específicos, que se mantienen en un nivel aceptable, sino a ese espíritu de inquietud, debate y búsqueda que caracteriza a las sociedades creativas. Un espíritu apenas existente hoy en España.

 

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