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MEMORIA HISTÓRICA

El libro negro de Carrillo

José Javier Esparza

El totalitarismo es el fenómeno determinante del siglo XX. Sólo desde el totalitarismo puede explicarse la gran convulsión de los años treinta y cuarenta, la segunda guerra mundial –la más mortífera de toda la historia humana–, la "guerra fría" posterior, el emplazamiento de refinadas tiranías modernas y el exterminio mecánico de millones de personas en todas las latitudes. Esto es una evidencia que no necesita de grandes demostraciones. Bien es cierto que, con frecuencia, olvidamos en qué lodazales se hundieron nuestros padres. Pero precisamente por eso conviene recordar.

El totalitarismo afectó a todo y a todos, también en los países que, como España, sólo parcialmente sufrieron de forma directa esa experiencia. Y de todas las personalidades de la vida pública española, nadie se ha sumergido tanto en la marea totalitaria como Santiago Carrillo, líder durante largos años del Partido Comunista español. Por eso hay que mirar a fondo la vida de Carrillo.

La vida de Santiago Carrillo, en efecto, es inseparable de la experiencia totalitaria. Toda su vida: desde su infancia de niño revolucionario hasta su madurez de líder comunista. Hijo de un líder socialista de relieve no menor, en un momento en el que el socialismo español oscila entre la colaboración institucional y la revolución proletaria, el niño Santiago Carrillo Solares nace a la vida en 1915. Acaba de empezar la primera guerra mundial y está a punto de estallar la revolución soviética. Ambas cosas, guerra y revolución, marcarán la vida de Carrillo.

Niño viejo, más bien poco agraciado, de pluma fácil e inteligencia viva, ese mozalbete apenas ha cumplido los quince años cuando ya debuta como periodista político. Se diría que ha nacido para la agitación y la propaganda. Lidera las Juventudes Socialistas antes de ser mayor de edad. Lo vamos a encontrar, todavía adolescente, sumergido en las conspiraciones revolucionarias de 1934. Va a conocer la cárcel cuando aún no tiene veinte años. Deslumbrado –como tantos otros– por el "paraíso socialista" de la Unión Soviética, viaja a Moscú y vuelve a España convertido en un comunista convencido. Cuando la guerra civil no ha hecho más que empezar, un Carrillo todavía jovencísimo afronta la brutal prueba de imponer el orden revolucionario –su particular idea del orden– en un mundo que se descompone.

Paracuellos.Después llegará la escalada por el poder en un ámbito, el del comunismo estalinista, donde cualquier mal paso se salda con la muerte. Finalmente, el niño revolucionario de 1931 tocará la cumbre del comunismo español. Y aún tendrá capacidad de maniobra para virar el rumbo, reintroducir al comunismo en España, convertirse en un nombre clave de la transición democrática y, más aún, entrar en la galería de probos padres fundadores de la democracia española, merecedores de homenaje por su contribución a la convivencia.

A lo largo de ese periplo, objetivamente triunfal, se acumulan sin embargo las sombras. Con toda propiedad puede hablarse, en términos históricos, de un "expediente Carrillo" donde abundan las manchas negras. La opinión pública española conoce bien la principal de ellas: Paracuellos, el exterminio deliberado de los presos políticos de derechas en el Madrid de noviembre de 1936. Pero hay muchas más: las maniobras políticas que condujeron a la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, la participación directa en la purga del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en mayo de 1937, la huida de España dejando en la estacada a sus compañeros de partido en 1939, la ruptura con su padre "traidor"; después, los movimientos tras las bambalinas del comunismo, la sumisión a los criterios de Stalin, la responsabilidad directa en el desmantelamiento del maquis, incluso la liquidación de sus camaradas "inconvenientes"... Todas estas cosas cambian el color de la imagen y la cargan con tintes sombríos.

Paracuellos: en Nuremberg se condenó a gente por menos que eso. La liquidación de disidentes: un macabro ritual del crimen político totalitario. La desarticulación cruenta del maquis: en Moscú se eliminó a gente –o se la encumbró, según soplara el viento– también por menos que eso. Una cosa y otra, el exterminio del enemigo y la aniquilación del amigo, son rasgos característicos del siglo XX, y más concretamente del totalitarismo, y aún más específicamente del comunismo. La combinación de esa doble violencia, hacia fuera y hacia dentro del propio campo, es una de las características mayores del comunismo y es lo que da a esta doctrina un carácter esencialmente patológico.

Santiago Carrillo.Por supuesto, los comunistas, y en primer lugar el propio Carrillo, dicen que tal política criminal no es propiamente comunismo, sino su desviación como "socialismo real". También esto, la negación de la evidencia y la fe a pies juntillas en un efugio retórico, es signo distintivo de la patología totalitaria. Y también aquí nuestro personaje alcanza rango de ejemplo.

"No me arrepiento de nada. He cometido errores y he intentado subsanarlos. No soy un santo, sino un hombre de carne y hueso", proclamaba Carrillo en el documental biográfico –más bien cabría decir hagiográfico– Últimos testigos, de Martín Cuenca, subvencionado por el Gobierno socialista español. La posición del protagonista es comprensible, pero la pregunta no es qué piensa Carrillo de sí mismo, sino cómo podemos juzgar nosotros, españoles del siglo XXI, el itinerario vital de este hombre del siglo XX. Y ese es el objetivo de este libro.

Este Libro negro de Carrillo no es una biografía al uso. No se propone contar la vida de Santiago Carrillo como el mero relato de una trayectoria vital. Sobre eso hay otros muchos libros, y buena parte de ellos han sido utilizados aquí a modo de cobertura documental. La trayectoria vital de Carrillo, evidentemente, es la columna vertebral de las páginas que siguen, pero la aspiración de este libro es otra: se trata de entender por qué una persona como Carrillo actuó de la forma en que lo hizo. Por eso intensificaremos la exploración en los años decisivos, los años "negros": los años de la conquista del poder. Precisamente porque el periplo vital de Carrillo tiene valor de ejemplo; precisamente porque esa existencia tortuosa –y torturante– ilustra a la perfección el fenómeno del totalitarismo, y nos ayuda a entender mejor la Historia no sólo de la España del siglo XX, sino, más en general, la de toda la humanidad contemporánea.

El caso Carrillo viene a poner sobre la mesa un asunto que nuestras sociedades tratan demasiadas veces de obliterar: ¿qué lugar dejamos para el totalitarismo como fenómeno determinante de nuestro tiempo? ¿Cómo podemos pensarlo con los criterios de hoy? Durante los años de la posguerra, pareció que la cuestión podía solventarse con una recurrente condena litúrgica del nazismo, convertido en figura eminente del mal. Pero lo cierto es que el nazismo no fue el único totalitarismo de nuestro tiempo, que el comunismo ha sido más mortífero y ha durado más tiempo que el régimen hitleriano, y que ya no es posible seguir exonerando a los hijos de Lenin y Stalin en nombre del "antifascismo" común.

Como ocurre con todos los grandes hombres, con todos los que han impreso su sello personal en la Historia colectiva, Santiago Carrillo ya no es un individuo de carne y hueso, ya no es el nombre de una persona singular, sino que representa a una generación y a una época. "Somos una generación combustible", dice Carrillo en la primera página de sus memorias. Lo dice citando a un amigo ruso. Y de eso se trata: de no quemarnos en los mismos fuegos que ellos.


NOTA: Este texto está sacado del libro del mismo título, que saldrá a la venta el próximo martes, si bien ya puede adquirirlo en la web de la editorial, Libros Libres.

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