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¿CARLOMAGNO O SAN BENITO?

El padre de Europa

Uno de los mitos, en apariencia inocuos y casi folclóricos, que han cultivado la CEE y después la Unión Europea es la representación de Carlomagno como "padre de Europa", modelo de una aspiración política unitaria.

Hace años, el mitómano Jordi Pujol declaraba en Aquisgrán que Cataluña era "el único pueblo de España que nace ligado a Europa", como barrera defensiva o "Marca Hispánica" creada por Carlomagno en el siglo VIII, distinguiéndose así de los demás pueblos peninsulares, reivindicadores del legitimismo visigótico.

En realidad, la Marca Hispánica se extendía, dividida en numerosos condados independientes entre sí, por los Pirineos y sus aledaños; se llamaba "hispánica" porque esos territorios se reconocían como españoles o góticos (Gotia era otro nombre de la región), y siempre reinó una fuerte tensión entre ellos y los francos de Carlomagno y posteriores. Por entonces nadie tenía la menor idea de que, con el paso de los siglos, aquellos territorios se extenderían mucho más al sur y se llamarían Aragón y Cataluña. Esta última solo empieza a existir como tal –bajo la hegemonía de Barcelona y sin considerarse un reino jamás– mucho después de romper los lazos con los francos y entrar en la Corona de Aragón (nunca llamada Confederación Catalano-Aragonesa, término de historia retroactiva inventado recientemente por los nacionalistas).

Hasta el siglo XII no hay constancia del uso de la palabra catalanes, aplicada a diversos condados mal avenidos.

Por lo demás, la empresa de reconquistar España, basada en el legitimismo visigótico, era tan europea como podía serlo el imperio carolingio.

Este efímero imperio aspiraba a englobar la Cristiandad, un empeño que se demostraría vano, por lo que su designio corresponde a una evolución histórica muy distinta de la realmente seguida por la civilización europea. Además, procuraba una identificación entre el poder religioso y el político en grado muy superior al que, asimismo, caracterizaría a Europa, uno de cuyos rasgos más distintivos fue siempre una relativa separación entre ambas potestades. Tanto España como Inglaterra, los reinos escandinavos y la misma Francia cobrarían forma nacional precisamente en disidencia, cuando no en oposición, con el plan imperial, y la persistencia posterior del Sacro Imperio Romano-Germánico fue causa de que Alemania e Italia no apareciesen como naciones hasta fecha tan tardía como el siglo XIX. Es decir, España, incluyendo, por supuesto, a Cataluña, se formó al margen y en cierta medida en contra del imperio y del ideal carolingios.

Las iniciativas carolingias fueron ciertamente muy importantes en la historia eurooccidental, ante todo por su llamado renacimiento cultural, con la expansión del cristianismo, la conservación de la herencia clásica, la reforma de la escritura, etc. Pero políticamente Carlomagno, lejos de ser el padre de Europa, lo fue de un despótico intento unificador, afortunadamente frustrado. No sabemos lo que habría llegado a ser un continente evolucionado según aquella ambición imperial, pero es muy probable que la historia contraria y efectiva haya sido mucho más fructífera. Esta, en todo caso, tiene el peso y la relevancia de lo real frente a la arbitrariedad de lo imaginable. Reivindicar hoy aquel designio significa intentar la vuelta a un proyecto homogeneizante muy alejado del espíritu y la cultura que han forjado la Europa auténtica a lo largo de los siglos.

Me ha parecido oportuno recordar estas cosas en Nueva historia de España, dado el desinterés y la ignorancia que suele haber por estos pagos al respecto.

La unidad europea creada por aquellos tiempos fue de un género muy distinto, es decir, tuvo ante todo carácter religioso, y sus agentes principales fueron los monasterios. Estos se extendieron por la mayor parte del continente, y de ellos surgieron ciudades y los misioneros y evangelizadores que conquistarían espiritualmente a los conquistadores germanos, vikingos y magiares, e intentarían hacerlo con el islam –vanamente–. Así, aunque no existía un concepto propiamente europeísta, los éxitos y fracasos del movimiento monástico –aunque no solo de él– determinaron el nacimiento de una civilización concentrada en los límites europeos, más propiamente de la Europa centro-occidental. De los monasterios habían de surgir asimismo los movimientos románico y gótico, que eran mucho más que arte, claves para el paso de una muy azarosa Edad de Supervivencia, cuando la naciente civilización europea estuvo cerca de la derrota, a una Edad de Asentamiento, cuando se afianzó lo suficiente para afrontar y resistir a todos sus enemigos.

De las órdenes monásticas surgidas tras la caída de Roma, de forma independiente en Irlanda, España o Italia sobre todo, sería la fundada por el italiano Benito de Nursia la de repercusión cultural más profunda y extendida. Por ello San Benito ha sido declarado patrón de Europa; pero también puede llamársele, en sentido laico, padre, con mucha más justicia que a Carlomagno, pues las repercusiones de la actividad benedictina fueron mucho más allá de lo meramente religioso: repercutieron en todos los órdenes de la sociedad, económicos, políticos y culturales.

En España, la orden benedictina está especialmente ligada al Camino de Santiago, una verdadera y peculiar institución muy influyente en la Reconquista, así como en la conformación de la cultura hispana y, en general, de la cultura europea.

 

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