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LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA

El Plan Marshall

El Plan Marshall es el paradigma del éxito. Tan es así, que es lugar común entre la opinión pública occidental considerarlo la causa del milagro alemán, la prosperidad de Italia y la recuperación de toda Europa Occidental. En España, las cosas van incluso más lejos: aquí atribuimos a no haber visto un dólar de la ayuda americana el relativo retraso económico que padecimos en relación con el resto de Europa.

La verdad es que la influencia del Plan Marshall en la recuperación fue muy relativa, y su importancia se debe más a su impacto político.

Cómo se fraguó

Durante todo 1946, las relaciones entre la URSS y los Estados Unidos se fueron deteriorando. Especialmente notables fueron las presiones que Stalin vino ejerciendo sobre Irán. Truman, poco después de acceder a la presidencia –tras la muerte de Roosevelt–, había nombrado a James F. Byrnes secretario de Estado. Byrnes era hombre del círculo del anterior presidente y partidario de su política de los Cuatro Policías (Estados Unidos, Gran Bretaña, China y la URSS actuando de consuno). Consistía ésta en crear un nuevo orden mundial en el que el equilibrio de poder y las esferas de influencia no tuvieran cabida, y donde las grandes potencias mantuvieran en paz al mundo sin rivalizar entre sí.

Esta política no era viable. En primer lugar, Roosevelt no había podido evitar que Churchill y Stalin dividieran Europa en esferas de influencia. El mismo Roosevelt había contribuido a que así fuera al no permitir a Stalin intervenir en la Italia de posguerra con el argumento de que la URSS no había participado en su liberación, lo que llevaba aparejado que tampoco Estados Unidos y Gran Bretaña participarían en los asuntos de los países liberados por el Ejército Rojo. En segundo lugar, Roosevelt entendía que en su nuevo orden mundial no cabrían los imperios coloniales, lo que difícilmente podía ser admitido por los británicos. De hecho, Stalin albergó durante algún tiempo la esperanza de que las dos grandes potencias anglosajonas chocaran en este punto. Finalmente, el georgiano estaba más inclinado a ser ladrón que policía. Su ideología marxista-leninista le hacía creer que el enfrentamiento con las potencias capitalistas era inevitable y que lo que tenía que hacer era, en vez de patrullar el mundo, incrementar su influencia tanto como fuera posible para, llegado el momento del choque, estar en las mejores condiciones posibles.

Truman.Truman, por su parte, había sido convencido por los funcionarios del Departamento de Estado, especialmente por George Kennan y su Telegrama Largo (22 de febrero de 1946), de la naturaleza intrínsecamente expansionista del régimen soviético y de la necesidad de plantarle cara, cosas de las que los acontecimientos en Irán acabaron por convencerle.

La posición de Byrnes quedó aún más debilitada cuando en las elecciones de 1946 (a mitad del primer mandato de Truman) los republicanos obtuvieron una resonante victoria, que les permitió controlar el Congreso. Byrnes, hombre muy comprometido con el partido demócrata, no era el más indicado para negociar con los republicanos la política de contención que Truman se estaba convenciendo había que poner en práctica. En enero de 1947 fue sustituido por George C. Marshall, un prestigioso militar con buena prensa en ambos partidos.

Marshall no tenía una idea formada acerca de cuál debía ser la política de los Estados Unidos con relación a la URSS, pero el contacto directo con los líderes soviéticos en la Conferencia de Moscú de ministros de Asuntos Exteriores (marzo de 1947) le convenció de los acertados que estaban Kennan y el resto de funcionarios del Departamento de Estado en lo que a la valoración del régimen bolchevique se refería. Encima, en febrero de ese mismo año los británicos comunicaron su incapacidad para seguir resistiendo las guerrillas comunistas en Grecia. La necesidad de atender a este país y a Turquía, ambos en peligro de caer en manos comunistas, motivó la construcción de la llamada Doctrina Truman, consistente en que los Estados Unidos ayudaran económicamente a todo aquel país que, debido a la carencia de bienes materiales, se viera abocado a sufrir una revolución comunista.

Para poner en marcha tal política eran necesarios fondos. Y en Estados Unidos la decisión acerca del gasto público corresponde al Congreso. Hubo que convencer a los republicanos de la bondad de tal política. Los republicanos tendían, y aún tienden, al aislacionismo y a los recortes públicos, pero por entonces eran mucho más anticomunistas que los demócratas, que tardaron un poco más en darse cuenta de la perversidad del sistema soviético. Apelando a su anticomunismo, Truman logró, con la ayuda de Marshall, el apoyo de ambas Cámaras a su plan de ayuda económica para Grecia y Turquía.

Repercusiones

Mientras tanto, llegaban informaciones de los diplomáticos norteamericanos destacados en Europa acerca de lo terrible que estaba siendo el invierno de 1946-47. Es posible que tales informes exageraran algo la realidad, pero sí era cierto que los europeos vivían en un estado de extrema miseria y, sobre todo, que los partidos comunistas veían incrementar su respaldo popular conforme aquélla se extendía. Era necesario levantar económicamente el continente antes de que todo él se arrojara en brazos de la economía planificada que prometían los comunistas. El peligro era especialmente evidente en Francia y en Italia.

George C. Marshall propuso, en un discurso pronunciado en la Universidad de Harvard (5 de junio de 1947), un plan de ayuda para toda Europa. No estaba formulado como una operación política, sino como una lucha contra la miseria y el atraso económico, aunque es obvio que de lo que se trataba era de combatir lo que se identificaba como las causas esenciales del crecimiento de los partidos comunistas europeos. Hasta abril del año siguiente la propuesta de Marshall no se convirtió en ley, pero enseguida comenzaron a fluir los dólares hasta Europa Occidental.

Hoy se puede afirmar que el éxito económico del Plan fue discreto. Sobre todo, ayudó a solventar la grave carencia de divisas de Europa Occidental. Donde más éxito alcanzó fue en Francia, donde el Gobierno invirtió la ayuda recibida en la gran industria, lo que provocó un alto crecimiento anual, aunque pagado con inflación y desempleo. Los británicos, los mayores beneficiarios, dedicaron el dinero a adquirir bienes de consumo, que escaseaban enormemente en las islas, lo que limitó los efectos beneficiosos sobre su economía. Los italianos emplearon los dólares en apuntalar su política de equilibrio presupuestario, con lo que su economía no notó demasiado los beneficios a corto plazo (pero sí mejoró la disponibilidad de bienes de consumo), aunque con el tiempo pudo comprobarse que los dólares recibidos ayudaron a tener una economía saneada en un país al que el fascismo había llevado prácticamente a la bancarrota. En Alemania se produjo el milagro. Sí, el Plan ayudó a que Alemania despegara, pero el responsable del milagro no fue tanto Marshall como Ludwig Erhard, el ministro germano de Economía, quien tras la reforma monetaria tuvo el valor de suprimir todos los racionamientos y dejar que el mercado operara libremente. El éxito fue enorme, y de él se benefició toda Europa.

Consecuencias políticas

Si es cierto que el éxito económico del Plan Marshall fue discreto, no lo es menos que sus repercusiones políticas fueron inmensas. La doctrina historiográfica revisionista de la Guerra Fría, que quiere presentar a los Estados Unidos como los culpables de su estallido y mostrar a una URSS completamente inocente, ve en el Plan Marshall el instrumento con el que Washington trató de acorralar a Moscú en Europa. La verdad es, sin embargo, otra.

Inicialmente el Plan no excluía a ningún país (salvo a España, por haber sido amiga de las potencias del Eje). Por lo tanto, podían adherirse a él todos los de la esfera soviética y la misma URSS. Sin embargo, la idea no atrajo a Stalin. Evidentemente, éste intuyó que la lluvia de dólares haría que los europeos no se sintieran tan atraídos por el comunismo de corte bolchevique que él deseaba exportar. En esto no se equivocaba, porque esa era precisamente la finalidad de los norteamericanos. También es cierto que cuando en 1948 se reunieron en París los ministros de Exteriores ruso, británico y francés para discutir qué hacer con la propuesta estadounidense, Bevin y Bidault apretaron las clavijas a Molotov todo cuanto pudieron, porque veían con horror la posibilidad de que se creara un comité internacional con participación soviética encargado de decidir qué hacer con el dinero. De ahí que cuando Molotov recibió desde Moscú la orden de desengancharse del Plan, el francés y el británico respiraran.

Stalin se empleó a fondo para evitar que el Plan tuviera éxito. Y en este emplearse a fondo, más que en desenganchar a la URSS del mismo, es donde se encuentran sus más graves errores. El primero de ellos fue obligar a los países de su esfera a no adherirse. Los efectos extraordinariamente beneficiosos que el dinero americano tuvo en Europa Occidental crearon un rencor poderosísimo que se enquistó en la población de aquellos países que más dispuestos se habían mostrado a recibir la ayuda, Polonia y Checoslovaquia. El segundo fue empeñarse en seguir esquilmando la zona de Alemania ocupada por la URSS para seguir cobrando las reparaciones, con lo que condenaba a la pobreza a los alemanes bajo gobierno comunista, que veían cómo prosperaban sus más afortunados compatriotas del otro lado del Telón de Acero.

El tercero fue mucho más grave. Los partidos comunistas del Occidente europeo, especialmente el francés y el italiano, gozaban de un enorme prestigio, ganado durante la época de la resistencia a la ocupación alemana. Además, al mostrarse dispuestos a colaborar con las fuerzas de centro y de izquierda no comunista habían logrado  importantes cargos. El que llegaran a tener en su poder relevantes ministerios en gobiernos de coalición parecía cuestión de escasos meses. Sin embargo, al poco de entrar en vigor el Plan, Stalin ordenó a los comunistas europeos que lo sabotearan. Se declararon huelgas y disturbios, incluso se entorpeció la descarga de la ayuda en los puertos. La población, que estaba experimentando un inmediato alivio con la llegada de los primeros envíos de bienes de consumo, se volvió contra los comunistas. Las demás fuerzas políticas se desentendieron de ellos y, para evitar que su desprestigio entre el electorado les salpicara, se negaron a aceptar su colaboración. Así se desvaneció la posibilidad, hasta entonces muy real, de que los comunistas accedieran al gobierno por medios democráticos en algún país de Europa Occidental.

Pero como Stalin todo lo hacía a lo grande, también el meter la pata, fue más allá. Irritado como estaba por el hecho de que la Alemania ocupada por las potencias occidentales no sólo ya no pagaba reparaciones, sino que se permitía el lujo de crecer económicamente, decretó el bloqueo de Berlín Occidental so pretexto de la reforma monetaria. Su fracaso fue uno de los más estrepitosos de toda la Guerra Fría.

Conclusión

El Plan Marshall apenas influyó en la rápida recuperación económica de Europa Occidental, pero como aparentó ser el responsable de la misma, provocó la reacción de los soviéticos, que cometieron errores gravísimos; errores en los que persistieron durante toda la Guerra Fría: imponer su voluntad a los satélites, enemistándose cada vez más con sus poblaciones; dejar que su Alemania fuera el espejo de lo mal que podía ir económicamente un país comunista, teniendo como tenía la próspera Alemania capitalista por vecino; utilizar a los partidos comunistas de los países occidentales en beneficio exclusivo de la URSS, haciendo casi imposible su acceso al poder (la única excepción fue el caso especialísimo del Partido Comunista Italiano de los años setenta), e intentar asfixiar a Berlín Occidental, lo que hizo de los berlineses occidentales unos mártires, hecho que sucesivos presidentes norteamericanos, desde Kennedy hasta Reagan, supieron emplear como arma propagandística.

Así que el gran éxito del Plan Marshall no fue tanto el desarrollo económico que impulsó como el que lograra que Stalin se quitara finalmente la careta y mostrara el verdadero rostro de la URSS. Entonces fue cuando, a poco de haber comenzado, Moscú empezó a perder la Guerra Fría.

 

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