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LA GUERRA FRÍA

El rearme de Alemania

El nacimiento de la OTAN en 1949 y la correspondiente implicación de los EEUU en la defensa de Europa condujo a Washington a la conclusión de que no era posible hacer esto último eficazmente sin la ayuda de Alemania Occidental (RFA).

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La primera solución que los norteamericanos ofrecieron fue la de integrar la RFA en la OTAN, tras armarla convenientemente. La propuesta fue vehementemente rechazada por Francia, que temía a Alemania tanto o más que a la URSS. Los franceses, conscientes de que de una u otra forma había que involucrar a la RFA en la defensa de su propio territorio, se inventaron la Comunidad Europea de Defensa, creada por el tratado de 1952. Sin embargo, en agosto de 1954, por medio de su Asamblea, se negaron a ratificar la fórmula de integración de la RFA que ellos mismos habían propuesto.

El fracaso de la Comunidad Europea de Defensa dejó pendiente el problema de integrar Alemania en Occidente. Correspondió al secretario del Foreign Office, Anthony Eden, ofrecer una solución.

Eden propuso recurrir al Tratado de Bruselas (1948), un acuerdo militar defensivo entre Francia, Gran Bretaña y los países del Benelux que había quedado superado por el Tratado de Washington, que dio origen a la OTAN. Se ofrecería a la RFA y a Italia unirse a lo pactado en Bruselas para formar lo que a partir de entonces se llamaría Unión Europea Occidental (UEO). La RFA se integraría además en la OTAN y contribuiría a ella con doce divisiones.

La propuesta no se diferenciaba apenas de lo que había sido la idea original norteamericana, integrar Alemania Occidental en la OTAN, que era lo que no habían querido los franceses que ocurriera. Sin embargo, después de unas frenéticas pero no muy largas negociaciones, a lo propuesto por Eden se añadió lo siguiente:

– Reino Unido se comprometía a tener estacionadas cuatro divisiones en Alemania.

– Las fuerzas alemanas quedarían bajo las órdenes de la OTAN.

– Alemania no podría producir ni poseer armas nucleares, biológicas o químicas; tampoco misiles de largo alcance, bombarderos pesados, submarinos y grandes barcos de guerra sin permiso de dos tercios de los países que integraban la UEO.

A cambio, a los alemanes se les ofreció el final de la ocupación del territorio occidental y la restauración de su soberanía.

El 23 de octubre de 1954, apenas dos meses después del fracaso de la Comunidad Europea de Defensa, se firmaron en París los documentos que dieron cuerpo a los compromisos expuestos. En enero del año siguiente fueron ratificados y en mayo la RFA ingresó en la OTAN. Apenas habían pasado diez años desde que Alemania se rindiera incondicionalmente a los Aliados.

Aparentemente, los cuatro vencedores de la Segunda Guerra Mundial se condujeron de un modo contrario a la forma tradicional de defender sus intereses. Gran Bretaña había terminado por comprometer la presencia de sus tropas en el continente. Eso era algo que Palmerston, Disraeli, Gladstone o Salisbury habrían desautorizado con espanto. Los Estados Unidos, enemigos de la vieja diplomacia europea, del concepto de equilibrio de poder y de las esferas de influencia, aceptaron o, mejor dicho, impusieron una división de Europa en dos claras y definidas esferas dominadas por cada una de las dos superpotencias. Defraudaron así todo lo planificado por Roosevelt antes del final de la contienda. La Unión Soviética, siempre segura de que los conflictos internos inherentes al capitalismo enfrentarían a las potencias occidentales entre sí y no a éstas con Moscú, asistió sin pestañear al hermanamiento de todas ellas frente a una hipotética agresión comunista. Y Francia, la más desconcertante de todas, la potencia que había desbaratado el rearme de Alemania Occidental, acabó sancionándolo y aceptó como aliado al país que había invadido su territorio en tres ocasiones en sólo un siglo; y todo para defenderse de una posible agresión de la Unión Soviética, con la que no tenía frontera.

Sin embargo, cada una tuvo sus razones.

Gran Bretaña

La política exterior británica en los primeros años cincuenta se dirigió a superar la estrategia de la contención y a buscar un modus vivendi con los comunistas. El desarrollo de las armas nucleares hacía impensable el enfrentamiento abierto y la contención parecía que podía generar tensiones capaces de desatar el holocausto nuclear. Por lo tanto, Churchill, de nuevo primer ministro desde 1951, quiso relajar las relaciones por medio de una cumbre de los Tres Grandes más Francia con idea de cerrar los acuerdos que no habían podido concluirse en Potsdam. Eso incluía resolver de una vez por todas la cuestión alemana (Churchill se mostró muy receptivo a la propuesta de Stalin de marzo de 1952 de una Alemania reunificada, neutral y desmilitarizada) y la cuestión austriaca, que se llevaba negociando infructuosamente desde hacía siete años, retirar todas las tropas extranjeras de los países del continente –a uno y otro lado del Telón de Acero–, crear en el este de Europa regímenes que, sin ser hostiles a la URSS, fueran de facto independientes, etc.

Sin embargo, Churchill chocó con dos graves inconvenientes. El primero fue que el nuevo presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, no quería ni oír hablar de negociar con el Kremlin mientras no se hubieran resuelto los conflictos de Corea, Indochina y Malasia y si no se llegaba a un acuerdo en Austria. El segundo fue más grave. Muerto Stalin, pasaron muchos meses sin que hubiera en el Kremlin nadie con autoridad suficiente para hacerse cargo de la oferta. Hasta que Jruschov no se hizo con el poder completo, en febrero de 1955, no hubo en Moscú nadie con el que poder negociar cosas de enjundia. Pero para entonces el rearme de Alemania y su integración en la OTAN eran un hecho y a Churchill apenas le quedaban unos meses para dejar de ser primer ministro.

A Eden no le costó mucho imponer al octogenario primer ministro su solución, que no se correspondía con los planteamientos clásicos de la estrategia británica porque, para bien o para mal, Gran Bretaña ya no era una gran potencia y si Washington deseaba el rearme de Alemania y la única forma de que lo consintiera Francia era que Londres comprometiera sus fuerzas terrestres en el continente no había más remedio que hacerlo.

Los Estados Unidos

Con razón o sin ella, en Washington tenían el convencimiento de que la URSS controlaba la revolución comunista universal y estaba decidida a conquistar el mundo e imponerle su ideología. Los conflictos de Corea e Indochina lo demostraban. Por lo tanto, había que hacerle frente allí donde planteara un desafío. Les parecía muy probable que Moscú, en un determinado momento, estuviera tentada de hacerlo en Europa, y, para el caso de que así fuera, había que estar preparado con cuantas más fuerzas, mejor, sin descartar el empleo del arsenal nuclear si fuera necesario. Las propuestas de Churchill y Stalin acerca de una Alemania neutralizada no convencieron a Eisenhower porque creía, no sin cierta razón, que no había equilibrio entre retirar las tropas soviéticas a unos centenares de kilómetros, a territorio polaco o incluso ruso, y hacer que los americanos se volvieran a casa, a miles de kilómetro y un océano de distancia. En cualquier caso, no se fiaba de Moscú, visto lo que había hecho en Europa del Este, especialmente en Checoslovaquia.

La URSS

Los norteamericanos estaban completamente equivocados en cuanto a las capacidades de la URSS, Su control sobre los conflictos de Corea e Indochina era muy relativo, y el que ejercía sobre la Europa del Este le daba, sí, un desahogo territorial frente a una posible invasión desde Occidente, pero también le debilitaba, al tener que destinar preciosos recursos a sostener unos Gobiernos impopulares y atender a las necesidades de unas poblaciones empobrecidas que, debido al comunismo, no terminaban de prosperar como lo hacía Occidente.

Tras la muerte de Stalin, encima, a los soviéticos les fue completamente imposible articular una política exterior coherente antes de resolver quién iba a mandar en el Kremlin. De hecho, la propuesta churchilliana de una cumbre de los Tres Grandes más Francia fue mal recibida no tanto porque no les conviniera, que les convenía, sino porque no habrían sabido a quién mandar. Cualquier ofensiva diplomática para impedir el rearme de Alemania habría exigido tener al frente del Gobierno a alguien con poder para imponer esa diplomacia, y entre marzo de 1953 y febrero de 1955 no hubo nadie con esa capacidad en Moscú.

Francia

Francia es el caso más difícil de explicar. Existe un acalorado debate historiográfico acerca de qué es lo que realmente pensaban los dirigentes franceses entre 1950 y 1955. Unos dicen que eran conscientes de que la amenaza a la que había que hacer frente era la soviética y no la alemana, y que todas las vueltas que dieron hasta que aceptaron el rearme alemán fueron motivadas por la necesidad de ir poco a poco convenciendo a la opinión pública. Se supone que la fuerza del Partido Comunista Francés no era extraña a esta política. Otros creen que los franceses siempre se opusieron genuinamente al rearme alemán y que si al final se avinieron a aceptarlo fue debido a las presiones norteamericanas y al hecho de haber convencido a los británicos de que comprometieran fuerzas terrestres en la defensa del continente, lo que les obligaría a defender Francia en el caso de que a Alemania se le ocurriera atacarla por cuarta vez.

Probablemente la verdad sea una mezcla de las dos teorías. Los políticos franceses estaban divididos acerca de la cuestión alemana, pero todos sabían que a la larga no podían oponerse a la decisión norteamericana de implicar a Alemania en la defensa de Europa. De forma que es posible que al final unos y otros decidieran, con mayor o menor convencimiento, seguir el consejo de Mussolini para cuando no sea posible evitar que algo inconveniente ocurra, esto es, aparentar que se está conforme con ello.

 

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