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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El (supuesto) interés por la historia

Hay hoy más lectores de historia que hace unos años. Sobre todo, de historia contemporánea y de crónicas –libros fuente de origen periodístico– del siglo XX. Pero, con la excepción de la Historia de España de García de Cortázar, se trata de una temática que no genera best sellers. En cambio, causa furor la llamada novela histórica; mal llamada, por cierto, puesto que toda novela, muchas veces a pesar del autor, es histórica.

Hay buenas y grandes novelas históricas, y autores clásicos en el género, desde Bulwer Lytton hasta Pérez Reverte, pasando por Robert Graves, Gore Vidal –que no ha desdeñado la historia de su propia época–, la Yourcenar de Memorias de Adriano o el medievalista Eco de en El nombre de la rosa. Incluso los libros de iniciación como los del cardenal Wiseman, Sienkiewicz, Lewis Wallace o Dumas tienen un notable mérito. Pero lo que hoy se lee masivamente poco tiene que ver con todo ello.

Se venden de a cientos de miles obras que no merecen el rótulo de histórica, y muchas veces ni siquiera el de novela. No voy a hacer nombres, todos sabemos a qué me refiero: a libros que leen los que creen que Yo Claudio es pesada.

Se supone, o se supuso durante un tiempo, que esos lectores pretendían saltarse un paso y aprender historia sin tener que acudir a los textos especializados. Pero no es así: el hombre –o la mujer– que transita por esos volúmenes sale de ellos tan ignorante como ha entrado, si no más, porque ha añadido a su no saber un plus de confusión y, en más de una ocasión, de ignorancia ajena.

Me he preguntado por qué, pues, tenía ese subgénero tanto éxito; tanto, que no hay best seller que no incluya alguna forma de argumento histórico, como es el caso en los bodrios de Dan Brown. Creo haber encontrado una respuesta en medio de la aglomeración del sábado pasado en el centro de Madrid, de la que no estaban exentas las grandes librerías y en la que sobresalían las colas ante los locales de lotería tradicionales de Sol y Gran Vía: sea en la compra de futuro con billetes del gordo de Navidad, sea en la compra de pasado vía novelas históricas, lo que nadie quería era el presente. Y lo cierto es que es tan falso el pasado de esos libros como el futuro de esos décimos en los que se invierten fortunas.

Osama ben Laden.En la mayor parte de la gente hay menos interés por la historia que horror al presente. La suma de ambos factores, por supuesto, da por resultado un futuro curioso. Si decido huir del lamentable estado actual de las cosas –el estado de las cosas siempre ha sido lamentable– y refugiarme en un Al Ándalus en el que todo funcionaba a las mil maravillas, es probable que termine deseando un porvenir de alianza de civilizaciones y de majaderías triculturales que no entra en las cuentas de Ben Laden, como no entraba en su día en la cuenta de los califas. Y si busco amparo en la rebelión de los esclavos de Roma, que jamás existió fuera de la imaginación de los espartaquistas alemanes, de la de Howard Fast y de la de Stanley Kubrik, acabaré por creer que los sindicatos son un camino hacia la gloria y no un eficaz mecanismo del sistema.

La historia nunca ha sido fuente de enseñanza para las elecciones políticas: lo demuestran tanto las diversas ideologías de los historiadores como el antisemitismo imperante más de medio siglo después de la Shoá. Pero la propaganda sí ha sido eficaz a la hora de trocear y reacomodar el pasado para convertirlo en sueños equívocos de utopías posibles. Asumidas con plena inocencia por gente que busca huir de su cotidianeidad, las novelas históricas son, aun cuando en no pocos casos sus autores lo ignoren, motores de propaganda. Lo cierto es que el califato de Córdoba, como el de Bagdad, era más invivible que la España de hoy, que Espartaco pertenece al orden de la leyenda y ninguna revuelta de esclavos puso al Imperio al borde del colapso, y que Lenin tuvo que escribir un mamotreto titulado El desarrollo del capitalismo en Rusia para crear ex nihilo una clase obrera nacional que era poco menos que inexistente, de modo de justificar su golpe de estado como revolución proletaria. Apunto esto último como complemento, a sabiendas de que no se ha escrito últimamente ninguna novela histórica sobre la revolución rusa: lo hicieron en su día Ilya Ehrenburg, de modo genial, y el insoportable Shólojov, de modo torpe. Por supuesto, el Nobel fue para el segundo.

El hecho de que hoy se vendan más libros de historia tiene que ver con la mejora del nivel cultural medio de la población, ya en vías de decadencia: las próximas generaciones serán devueltas a la barbarie por la educación moderna y autonómica. La moda de la novela histórica light –con poca novela y poca historia– es una prueba de declinación, una más de las tantas que nos proporciona cada día este Occidente cuyas taras no obstan a sus méritos.


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