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A PROPÓSITO DE UNAS PALABRAS DE MENÉNDEZ PELAYO

España y el catolicismo

Consideremos este párrafo de Menéndez Pelayo: "España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas".

Y este otro:

Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan y hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil...

Este segundo describe bastante bien una corriente que alcanzó su apogeo tras la quiebra moral del 98, repleta de interpretaciones simples, cuando no meramente sandias. Me he ocupado algo de ellas en Nueva historia de España, y un debate al respecto sería interesante, aunque difícil, vista la incapacidad aparente para debatir hoy en España, indicio de otras incapacidades más profundas. En cuanto al primero, no puede menos de sorprender en un intelectual de la inteligencia y altura de don Marcelino.

En primer lugar, suena a exceso de simplificación reducir el Siglo de Oro a algunas hazañas de tipo religioso, por muy notables que fueran. En segundo lugar, el texto es profundamente derrotista: los tiempos de la espada de Roma, etc., habían terminado dos siglos y medio antes, y desde entonces España había pasado a recibir bastantes martillazos de los herejes, su luz había palidecido extraordinariamente, si le quedaba alguna, y había dejado de producir sanignacios, pese a haberse mantenido católica en todo momento. En tercer lugar, describe una historia falsa: en ese largo período de decadencia, la unidad de España se había mantenido, y atribuir a retrocesos religiosos las tensiones disgregadoras de la I República o los separatismos posteriores resulta extraño, cuando en dichos separatismos influyeron tanto, precisamente, interpretaciones religiosas no tan lejanas de las defendidas por Menéndez Pelayo: tras la derrota carlista en la tercera guerra, Vascongadas y Cataluña quedaban como los reductos más auténticamente católicos en un régimen liberal que traicionaba las supuestas esencias hispanas de antaño. Sin olvidar que, en épocas anteriores, el Papado había favorecido decisivamente la secesión de Portugal. Quizá el gran erudito era a veces más papista que el Papa.

Hay otras objeciones al texto citado: de ser el catolicismo la esencia de España, nuestro país sería indiscernible de otros países católicos, como Italia, Polonia, Irlanda o Francia (esta última, "la hija predilecta de la Iglesia"). Además, la tesis no es propiamente cristiana, de acuerdo con el dicho "A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César". Por otra parte, ¿habría que excluir de la calificación de españoles a los oriundos no católicos? ¿O reducirlos a una ciudadanía de segunda clase?

Obviamente, el cristianismo es la base de la cultura occidental y un factor clave en nuestra historia, pero ¿cómo ha afectado ese hecho al carácter e historia de nuestro país? España pudo ser especialmente católica, o católica de un modo particular, por haberse reconstituido como país de frontera ante el Islam, y luego como la potencia que hubo de bregar en primera línea con el Imperio otomano y las potencias protestantes, además de con la "hija predilecta de la Iglesia" y, a veces, con las intrigas del mismo Papado. El esfuerzo hispano no fue solo político y militar, sino en el pensamiento, el arte, etc. Pero desde el siglo XVII el país fue quedando cada vez más superado por los progresos y fuerzas de otras naciones que habían pasado a ser punteras: Francia, Inglaterra y, en un sentido cultural, Alemania. Nuevo hecho demostrativo de que el catolicismo, por sí solo, no suponía la grandeza o la potencia del país. Es más, cuando aparecen, a principios del siglo XIX, los estados nacionalistas o liberales, más homogeneizadores y fuertes que los de tiempos pasados, la Iglesia, o gran parte de ella, se convierte en una rémora, al pretender la pervivencia de formas de derecho, propiedad y soberanía anticuadas, que no solo impedían a España ponerse a la altura de otros países, sino que, de imponerse, la habrían hundido definitivamente, reduciéndola a una colonia de los más fuertes, los cuales podrían incluso habérsela repartido.

España tuvo la mala suerte histórica de que el liberalismo llegara asociado a la Revolución Francesa y la invasión napoleónica, lo que creó un sinfín de malentendidos en cuanto a patriotismo, nacionalismo, religión y política. Los antagonismos empezaron a reducirse y armonizarse con el régimen liberal de la Restauración, pero este sufrió, a partir del trauma del 98, el embate de los utopismos y los separatismos, un nuevo reto histórico ante el que fracasó, dando lugar a las ulteriores convulsiones de la II República y la Guerra Civil. La tremenda experiencia de esta última provocó una fuerte reacción en el sentido querido por Menéndez Pelayo, acompañada, paradójicamente, de un desarrollo social en sentido divergente.

Los desencuentros entre catolicismo y liberalismo no son forzosos, pero han marcado los siglos XIX y XX, causando desastres, mientras ahora el gobierno socialista vuelve a las andadas. No estaría de más explorar esa experiencia histórica y buscar una síntesis que respetase lo de Dios y lo del César.

 

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