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CEROS Y UNOS

Ethernet, la reina de las redes tontas

Pese a que se usa constantemente, poca gente sabe qué es Ethernet. Se habla de la red de la oficina, así en general, o del cable de red. Es lo que tiene el triunfo absoluto, que te convierte en un genérico.

Cuando Bob Metcalfe inventó Ethernet, en los años 70, la idea parecía descabellada: ¿cómo podría funcionar una red que no ofrecía garantía alguna de que un mensaje llegara a su destino?

Robert Metcalfe era en 1972 un estudiante cabreado. Estaba enfadado con AT&T, el mastodonte telefónico norteamericano, y con Harvard, su universidad. El origen de tanto mal rollo fue su pasión por Arpanet, la red que interconectaba a un buen número de instituciones educativas y gubernamentales de Estados Unidos que, andando el tiempo, terminaría convirtiéndose en Internet. Tras intentar sin éxito ser el responsable de conectar Harvard a la red, hizo lo propio con las minicomputadoras del MIT. Era un entusiasta, un absoluto enamorado de lo que terminaría siendo la red de redes.

El caso es que ese año se celebraron unas jornadas sobre Arpanet, para las cuales escribió un panfleto de veinte páginas donde describía cómo funcionaba aquélla y para qué se podía usar: algo así como el primer Internet para torpes. Gustó mucho, y acabaron pidiéndole que hiciera una demostración a una decena de directivos de AT&T. La empresa ya estaba luchando contra Arpanet, temerosa de que pudiera evolucionar y terminar echando abajo su monopolio, construido sobre la red telefónica. Y el caso es que a aquel barbudo estudiante se le colgó la red justo en ese momento, el único en tres días en que le dio por fallar, como si de una versión cualquiera de Windows se tratara. Y a los de AT&T les encantó. "Aquello era el trabajo de mi vida, mi cruzada. Y esos tíos estaban sonriendo", recordaría Metcalfe años más tarde. No se lo perdonó.

Pero peor fue lo de Harvard. Su tesis sobre Arpanet estaba terminada, tenía incluso día para leerla y sus padres ya habían reservado los billetes para volar desde Nueva York. Tenía ya un contrato para trabajar en el prestigioso laboratorio PARC de Xerox. Pues bien: se la echaron abajo con el argumento de que no era suficientemente teórica. Metcalfe podía admitir que no era una tesis demasiado buena, pero algo de razón tenía cuando replicaba que si aquellos profesores hubieran sido buenos en lo suyo le habrían encaminado mejor.

La red inalámbrica hawaiana

Con el cabreo con el mundo que tenía encima, llegó a Palo Alto a trabajar... y siguió con su obsesión con Arpanet. Un día llegó a sus manos un artículo sobre la primera red inalámbrica: la había montado dos años antes Norman Abramson en la Universidad de Hawai. Dado que esta institución tenía instalaciones en varias islas, el cableado no era una opción viable, así que el método de transmisión fue la radio. Si sabe usted tanto hawaiano como yo, seguro que apuesta a que su nombre era AlohaNet. Pues... ¡sí, lo era!

Esta red funcionaba de un modo curioso: todos los ordenadores conectados a ella estaban continuamente escuchando la radio, a ver si había algo para ellos. Cuando lo había, cogían el mensaje y mandaban otro avisando de su recepción. Cuando tenían que enviar, primero comprobaban que nadie estaba ocupando la radio con sus tonterías. No obstante, pese a las cautelas, podía pasar que dos o más terminales enviaran a la vez sus mensajes, con lo que la radio sólo emitía un ruido imposible de interpretar. Cuando no se recibía la confirmación del receptor, se esperaba un lapso de tiempo aleatorio y se volvía a intentarlo la comunicación.

AlohaNet era lo que se llama una red tonta. Tradicionalmente –y en telecomunicaciones lo tradicional es el teléfono– eran los terminales los cacharros menos complejos del sistema, y era dentro de la red donde se hacía todo el trabajo duro. En cambio, en una red tonta los encargados de que todo vaya bien son principalmente el emisor y el receptor.

Si quiere entender la diferencia como dios manda, imagine que es un náufrago y quiere enviar el obligado mensaje en esa botella que tiene a mano. En la red telefónica habría un señor que acudiría de inmediato, cogería la botella y la entregaría en destino. A simple vista, el sistema de AlohaNet equivalía a matar moscas a cañonazos: la botella estaría en el agua y todos los posibles receptores estarían continuamente filtrando el mar a ver si les caía la breva.

Explicado así, lo cierto es que las redes tontas parecen un atraso, y así lo vieron en AT&T. Pero tenían una gran ventaja. Los señores de las compañías telefónicas sólo sabían hacer una cosa: repartir botellas, o sea, llamadas de teléfono. En cambio, las redes tontas pueden hacer de todo. Internet es como ellas. Por eso sirve para la web, el correo electrónico, la mensajería instantánea y, sí, para hablar como si fuera un teléfono. Cuando algunos hablan de la neutralidad de la red, en realidad defienden que las redes sigan siendo tontas. No lo dicen así porque, claro, no queda igual de bien.

Ethernet y 3com

Decíamos que nuestro héroe quedó fascinado por AlohaNet, pero también se dio cuenta de su gran problema: en cuanto aumentaba demasiado el número de terminales conectados a la red, o éstos se enviaban demasiados mensajes, la red se pasaba más tiempo lidiando con las interferencias que enviando mensajes útiles, de modo que sólo se aprovechaba el 17% de su capacidad máxima. Metcalfe se dio cuenta de que, trabajándose un poquito las matemáticas, podía mejorar mucho el sistema. Y vaya si lo hizo.

El truco consistió, principalmente, en que ese tiempo aleatorio que había que esperar para volver a enviar el mensaje fuese aumentando según se iban sucediendo los errores. Es decir, si había más tráfico, se esperaba más para volver a intentarlo. De esta forma tan simple pasó a aprovechar el 90% del ancho de banda.

Metcalfe puso en práctica sus ideas en una red nueva que en lugar de radio usaba cables, que era lo normal. Se utilizó en principio para conectar entre sí los novedosos ordenadores personales en los que estaban trabajando en Xerox. La cosa le sirvió, además, para que los tocanarices de Harvard le aprobaran de una vez su tesis. Pero, como él mismo diría años después, no se forró por inventar Ethernet, sino por venderlo durante más de una década; década que comenzó en 1979, cuando fundó una empresa que llamó 3com: por las tres com: comunicaciones, computadores y compatibilidad.

Ya en la década de los 90, y con el bolsillo bien cubierto, Metcalfe cambió de oficio y pasó de inventor y empresario de éxito a gurú de las nuevas tecnologías. Se hizo famoso por varias predicciones... fallidas, como ésa que auguraba que lo de las redes inalámbricas no iba a funcionar jamás y que la gente haría bien en cablear sus casas y oficinas, o esa otra, de 1995, que decía que internet iba a colapsar en 1996...

Aseguró que se comería sus palabras si erraba. Y con la ayuda de una batidora y algo de agua, cumplió su promesa.


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