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MADRID

Gran Vía: la calle que nunca debió ser

Hace justo un siglo la autoridad competente decidió derribar por las buenas un trozo de Madrid. Sobre los escombros se pretendía trazar una calle monumental que uniría el centro histórico con el barrio de Salamanca, uno de los dos grandes ensanches que tuvo la capital en el siglo XIX, el más selecto y refinado, al que había emigrado la burguesía, harta de las estrecheces del casco antiguo.

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Lo primero que cabría preguntarse es si el megaproyecto en cuestión estaba justificado. Evidentemente, no. Expropiar, mandar a los vecinos al quinto infierno y poner una ciudad patas arriba por los caprichos de un déspota travestido de alcalde nunca es justificable. Para poder construir la Gran Vía hubo que abrir la ciudad, literalmente, en canal. El primer piquetazo simbólico, que dio el 4 de abril de 1910 un Alfonso XIII vestido para la ocasión de mariscal prusiano, marcó el destino de los miles de madrileños que vivían en los 358 inmuebles en perfecto de estado de revista que pasaron a mejor vida.

Hizo falta borrar del mapa 14 calles y modificar el curso de otras 34 para levantar las 32 manzanas de la gran avenida. Los vecinos, por su parte, fueron realojados en el extrarradio, en unas viviendas sociales que puso el concesionario de las obras, un gabacho malencarado que se llamaba Martín Albert Silver. Con razón Gómez de la Serna dijo que la Gran Vía era un "ideal devastador". El nirvana para cierto alcalde cejudo, derrochón y otras cosas peores que padecemos un siglo después.

Ese retazo de ciudad que desapareció no era ni bonito ni feo, antiguo ni moderno; era un rincón de Madrid no muy diferente a los hoy valoradísimos Chueca, Latina y Huertas, este último rebautizado por los cursis del ayuntamiento como "Barrio de las Letras". Tenía sus caserones viejos, sus corralas con balcones, sus iglesias y oratorios, sus plazuelas y correderas, su Red de San Luis y sus chulapos. Los alcaldes que promovieron el derribo empezaron a difundir la especie de que era un tugurio malsano, un grano supurante en el corazón de la Villa. Era mentira, y los madrileños, que tienen (tenemos) mucho de chulos pero poco de tontos, se opusieron a las pretensiones municipales.

Después de más de treinta años litigando con los vecinos y de crear leyes ad hoc para largarlos de sus casas, al final la política se impuso y comenzaron las obras.

La Gran Vía no iba a ser tal en principio, sino tres avenidas más o menos anchas donde se daría carta blanca para levantar grandes edificios como los que había en París y Nueva York. Porque Madrid, que siempre ha sido mucho Madrid y nunca ha podido quejarse de ser una ciudad plana o carente de identidad, lleva cien años empeñada en parecerse a alguna otra. Y esa tontería se la debe a sus alcaldes, cantamañanas altivos casi siempre dolidos por ser el último mono en una Villa que, sin ser ciudad, es Corte, Juzgado, Banco, Bolsa, Arzobispado, Estación, Parada, Fonda y Parlamento.

La primera de las avenidas se llamaría Conde de Peñalver, en honor al alcalde que más había hecho por que saliera adelante el disparate. Y es que el poder político es siempre muy amigo de celebrarse a sí mismo. Este primer tramo tenía 25 metros de ancho, y a sus lados comenzaron muy pronto a levantarse inmuebles que, por su eclecticismo recargado, trataban de emular a los palacetes del París de Haussman. El más famoso de todos ellos es el Metrópolis, que ni siquiera está en la Gran Vía, sino en la calle de Alcalá. Esta avenida se trazó sobre una calle que ya existía, la de San Miguel, una recoleta y estrecha costanilla a la que hubo que ensanchar, allanar y alcantarillar.

La Avenida del Conde de Peñalver terminaba junto a la calle Montera. Allí comenzaba la segunda fase, la principal, la que habría de convertirse en el santo y seña del proyecto. Siguió el curso de la antigua calle Jacometrezo y se la bautizó como Avenida de Pi y Margall, en memoria de uno de los cinco presidentes de la Primera República; del más bobo, todo sea dicho. Es curioso, pero sí: en plena Monarquía se puso el nombre de un insigne republicano a una de las principales calles del Reino. Cuando la camada del 31 llegó al poder, toda referencia a reyes o coronas fue proscrita mediante una ley, la Defensa de la República, que era intransigente hasta extremos sólo igualados por la zapaterina desmemoria histórica.

En Pi y Margall se construyeron dos de los mejores edificios que Madrid ha tenido en toda su historia: el de la Telefónica y el Capitol. Sin ellos, la Gran Vía sería un pastiche historicista salteado por el racionalismo de los años 30 y algún que otro quiero y no puedo neoyorquino. El de la Telefónica fue el primer rascacielos de Madrid, y dicen que hasta de Europa: 89 metros de hormigón armado que sobresalían por encima de toda la ciudad. El Capitol, aunque era multiusos, debe buena parte de su fama a un inmenso y suntuoso cine de casi 2.000 butacas: igualito que las microsalas palomiteras de nuestros días...

El Capitol y sus vecinos: los palacios de la Prensa y de la Música, los cines Rialto, Avenida, Actualidades, Coliseum y Callao, conformaron una pequeña cinelandia muy bien asistida por una miríada de bares, restaurantes, salas de fiestas y grandes almacenes. Durante los años 30, el kilómetro escaso que va de la Plaza de España a la Red de San Luis era lo más parecido a Broadway que había en estos pagos, o al menos eso es lo que le pareció al escritor soviético Iliá Ehrenburg, que se dejó caer por la capital en 1931:
La Gran Vía es alegre y bulliciosa. Centenares de vendedores de periódicos vocean los títulos, altamente poéticos, de su mercancía: La Libertad, El Sol. La Gran Vía es Nueva York. Es una avenida amplia y larga; sin embargo, a diestra y siniestra se abren unas rendijas sórdidas cuajadas de patios oscuros, donde resuenan los maullidos estridentes de los gatos y las criaturas.
Lo que resonaba no eran los gatos, sino Madrid tal y como Dios lo trajo al mundo, estridente y maullador como siempre ha sido.

Cuando Ehrenburg paseó por la Gran Vía se estaba construyendo la última fase, que, a diferencia de las anteriores, no tenía calle guía que despejar. Se abrió entonces sobre el caserío una avenida tan ancha como la de Pi y Margall: 35 metros de fachada a fachada, que bajaba recta hasta los plácidos jardincillos de la Plaza de España. Su nombre: Eduardo Dato; el de un político, para no perder la costumbre.

En Eduardo Dato quedaban aún solares cardados de cardos cuando empezó la guerra, en el verano del 36. Las obras se paralizaron... y hasta 1952 no quedaron oficialmente concluidas. Como habían tardado tanto en hacerla, a los madrileños se les antojó que siempre había estado ahí. Entonces, cuando mis abuelos la hicieron suya, la Gran Vía se vengó de los hunos, que en la guerra la bombardearon sin piedad, y de los hotros, que radicaron en ella la sede del Comisariado de Propaganda. Desafió a los ingenieros –a los sociales y a los de caminos– que, medio siglo antes, la habían parido a piquetazos y desalojos y se convirtió así en el centro de todo lo bueno que ofrece la vida; en la meca del teatro, del cine, de la radio, de las compras, del baile, la diversión y el disfrute de las cosas mundanas; en definitiva, en un templo sagrado de ese capitalismo desenfrenado que la izquerdaza y la derechona, prohibidotes compulsivos, aborrecen con toda su alma.

En la Gran Vía, a diferencia de en la Puerta del Sol, la calle Alcalá o la Plaza de Oriente, nunca ha habido un pronunciamiento, ni se ha proclamado nada, ni se ha coronado un rey; no ha albergado ayuntamientos, capitanías, palacios u obispados. La Gran Vía ha vivido 100 años de espaldas al Madrid oficial de matasellos, banderas, mítines y palafreneros. A la Gran Vía se va con intención de dejarse los cuartos. Eso ha terminado por redimirla de sus faraónicos orígenes. A fin de cuentas, esas dos cuestas, ese machetazo en el corazón de la Villa, esa calle que nunca debió ser, siempre estuvo ahí. ¿O no?


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