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SEGUNDA REPÚBLICA

Herrera Oria y Gil Robles

En su interesante libro El fracaso de un cristiano, Agapito Maestre explica la posición política de Herrera Oria, o más bien el modo cristiano de hacer política en las distintas formas de estado.

Siguiendo una tradición muy antigua, el cristiano debe dar a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar, esto es, debe reconocer la autonomía del poder político siempre que este no se convierta en tiranía. Y una forma de tiranía es la pretensión, hoy tan en boga, de acabar con el cristianismo, mediante la persecución violenta antaño, y hoy por asfixia lenta, relegándolo a la absoluta privacidad. Para Herrera, tanto la monarquía de la Restauración como la dictadura de Primo de Rivera, la II República o la dictadura de Franco eran poderes constituidos que el cristiano debía reconocer, pero obrando al mismo tiempo contra sus aspectos juzgados injustos y contrarios a la doctrina cristiana. Esto es muy diferente del integrismo, que tiende a convertir al cristianismo en doctrina política directa, en lugar de inspiradora moral.

Maestre analiza el fracaso de Herrera, un fracaso de la convivencia española en realidad, pero me interesa aquí especialmente su análisis en relación con la república, que él resume en la actitud de Azaña y la de Gil-Robles ante las propuestas herrerianas.

Azaña, como es sabido, inicia su republicanismo con un "programa de demoliciones" de las tradiciones españolas, uno de cuyos puntos clave era precisamente la erradicación del catolicismo de todos los terrenos en que pudiera ejercer influencia o proselitismo: de la enseñanza, por supuesto, y hasta de la beneficencia, en una época en que no existía seguridad social. Pretendía hacerlo, además, actuando como "cabeza" de unos brazos, los socialistas, que no estaban dispuestos a dejarse dirigir por él, ni siquiera a aceptarle más que en tanto les sirviera para su propio objetivo, esto es, la "revolución social", el poder dictatorial del PSOE-UGT, aún más radicalmente anticatólico.

Por lo tanto, la postura de Herrera estaba de antemano condenada al fracaso, pues quienes entonces ostentaban el poder la rechazaban sin paliativos. Con esto es suficiente, aplicando la navaja (o la puñalada, como decía un gracioso) de Occam, para dejar clara la inoperancia de la propuesta herreriana de colaboración con la república, y no hace falta recurrir a la "desviación" de Gil-Robles con respecto a su maestro. Hubo, aun así, un momento de esperanza –porque la república tuvo algo de democrática– cuando en 1933 la mayoría de la población, harta de las violencias y convulsiones del primer bienio, votó al centro derecha, principalmente a la CEDA. Entonces pudo ser posible una rectificación de la república, de no haber sido porque las izquierdas, en pleno, rechazaron el veredicto de las urnas y prepararon el asalto al poder o colaboraron en dicho asalto. Tales actitudes en partidos poderosos vuelven inviable la democracia.

No obstante, el triunfo electoral ponía en manos de la derecha cristiana una posibilidad de acción real, y en ella iba a desempeñar un papel muy importante la relación entre Gil-Robles y Niceto Alcalá-Zamora. Herrera, cita Maestre, se dirige al primero:

El porvenir de España depende de dos hombres (...) Tú y Alcalá-Zamora. De la conducta que sigas personalmente con Alcalá Zamora puede depender el porvenir de la nación. Hombre difícil de tratar, de psicología singularísima, vanidoso con vanidad pueril, femenina, si quieres, y sin embargo es el Jefe del Estado. Mi consejo es que procures complacerle en lo meramente personal hasta donde te sea posible. Gánate su confianza (...) Si Alcalá Zamora ve en ti un adversario irreductible, puede cometer la mayor locura.

Y Don Niceto cometió efectivamente la mayor locura, creando las condiciones definitivas para un proceso revolucionario que reinició la guerra en 1936. Quizá a Gil-Robles le faltó algo de mano izquierda en el trato, pero no creo que pueda culpársele. El jefe del estado aspiraba a ser el mentor y el inspirador de la derecha, esperanza que se vino abajo con su actuación ante la quema de conventos, bibliotecas y centros de enseñanza de 1931, y no se resignaba a una derecha independiente de él. Así como Azaña lo contuvo con un trato seco y por fin insultante, la victoria electoral de la derecha significó la intromisión permanente de Alcalá-Zamora en las tareas del gobierno de centro derecha, provocando crisis y maniobrando dentro de los partidos.

Gil-Robles solo habría podido complacerle sometiéndose a él, lo que, con razón, no estaba dispuesto a hacer. Aun así, tuvo que tragar sus manejos una y otra vez, hasta ser expulsado del ministerio de forma ignominiosa y muy dudosamente legal por el enloquecido Niceto, quien creía llegado el momento de "centrar la república" a su modo y en realidad consiguió romper todos los diques del proceso revolucionario, como le advirtió el propio Gil-Robles.

Cita Maestre de Ángel Alcalá Galve esta opinión:
Azaña y Gil Robles, y no por disímiles motivos, tenían un apego al poder rayano en lo vicioso; haberlo perdido el uno y nunca haberlo poseído el otro fue el detonante psicológico, a partir de 1935, del odio de ambos a Don Niceto y de su decisión de destruirlo.
Esto podría afirmarse quizá de Azaña, pero de ningún modo de Gil-Robles, quien, de haber llegado al poder en 1936, tenía todas las razones posibles para destituir al intrigante y abusivo jefe del estado. Que en su lugar lo hiciera Azaña, que debía el poder a Niceto, tiene, no obstante su ilegalidad, algo de justicia poética.

Tampoco estoy convencido de que Gil-Robles tuviera aquel apego al poder que le atribuye Galve. Cuando tuvo la mejor ocasión de dirigir el país, tras las victoriosas elecciones del 33, no solo renunció a ello, sino incluso a participar en el gobierno, y muy posiblemente lo hizo sobre la base de la doctrina de Herrera Oria, esperando que las "pasiones políticas" se "calmaran": en realidad se encresparon aún más. Cambó tiene, desde luego, una opinión muy distinta al respecto:
Al producirse la primera crisis, Niceto Alcalá-Zamora me indicó las personas que tenía citadas (...) Vi con sorpresa que Gil-Robles, que debía haber sido llamado el primero o el segundo, no iba a ser llamado hasta después. Llamé la atención del presidente (...) Conseguí que se le llamara y, al saber que había sido por indicación mía, vino a darme las gracias muy emocionado. ¡Un hombre que tenía derecho a tomar el Poder, se mostraba agradecido por el hecho de ser llamado entre un conjunto de hombres insignificantes sin fuerza parlamentaria!
No creo que Gil-Robles tuviera especial responsabilidad, más bien al contrario, en la guerra civil, y sí la tuvo, indudabilísima, Alcalá-Zamora. Y la línea general de Herrera Oria, con todo lo razonable y de fondo democrático que fuera en principio, resultó imposible ante la actitud de la izquierda y la de Alcalá-Zamora, que resultó para la CEDA un enemigo más peligroso que la propia izquierda.

Otra cosa fue la conducta de Gil-Robles hacia el final de la II Guerra Mundial, que rondó, por lo menos, la alta traición y pudo haber llevado España a un nuevo desastre, como he tratado en Años de hierro. Pero ese es otro problema.


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