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CUARENTA AÑOS DEL APOLLO XIII

Houston, tenemos un problema

Hace hoy 40 años el Apollo XIII, último grito en naves espaciales, se rompió entre la Tierra y Luna, más cerca de la segunda que de la primera.

Fue el primer gran fracaso del programa espacial americano: puso al mundo en vilo y a tres hombres al borde de la muerte, y demostró lo vendidos que estamos cuando nos da por viajar al espacio exterior, lejos de la grávida y confortable órbita de nuestro pequeño y azulado planeta.

El accidente del Apollo XIII selló el fin de la carrera espacial, que había comenzado 13 años antes, cuando los soviéticos pusieron en órbita el Sputnik. El espacio se convirtió, más que en una nueva frontera, que también, en el enésimo campo de batalla de la Guerra Fría. El programa espacial estaba a medio camino entre lo bélico y lo propagandístico: los desarrollos tecnológicos los aprovechaban los militares; los titulares de prensa, los servicios de propaganda.

Durante los años 60, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética gastaron miles de millones de dólares en enviar al espacio ingenios cada vez más sofisticados. La carrera la ganó América, pero por una cuestión simbólica: la Luna. Ellos llegaron primero y se llevaron de calle un campeonato en el que no había medalla de plata ni premio de consolación. La URSS, que lo había hecho casi todo, incurriendo en altísimos costes humanos, rumió su derrota y se retiró taciturna del cuadrilátero.

Concluido el combate, los entrenamientos dejaron de tener interés. Pero eso los astronautas elegidos para viajar a la Luna a bordo del Apollo XIII no lo sabían; al contrario: creían que estaban inaugurando una nueva era que conduciría a la especie humana a los bordes de la galaxia en muy poco tiempo.

Los tres del Apollo XIII formaban parte del Olimpo de pilotos que la NASA había preparado duramente para guiar las naves Apollo, los aparatos más costosos y refinados de la historia. El comandante, Jim Lovell, era un veterano del espacio: había volado con dos de las naves Géminis y con el Apollo VIII, la primera nave tripulada que consiguió escapar de la órbita de la Tierra y en orbitar la Luna. Los otros dos, Fred Haise y Ken Mattingly, eran novatos, pero no por eso estaban menos entrenados para un viaje que era –y sigue siendo– casi de ciencia ficción.

La misión empezó con un inesperado cambio. Dos días antes del lanzamiento, los médicos advirtieron que Mattingly podría enfermar de rubéola en el espacio, por lo que, siguiendo los protocolos de la NASA, fue sustituido por Jack Swigert, un piloto soltero y mujeriego que pertenecía al equipo de reserva. Lovell pudo haberse quedado en tierra, pero, como tenía tantas ganas de caminar sobre la Luna, aceptó que le cambiasen al piloto del módulo de mando en el último momento.

El lanzamiento se produjo el 11 de abril. El Apollo XII, una nave formada por tres módulos –el de mando, el de servicio y el lunar–, iba colocado en el extremo superior del cohete Saturno V, el mayor propulsor jamás construido por el hombre; una bestia de 110 metros de alto y 10 de diámetro y 3.200 toneladas de peso. Los actuales trasbordadores espaciales miden la mitad y pesan un tercio menos. A cambio, se pueden reutilizar, transportan hasta 7 astronautas y se pilotan como un avión.

Con la potencia suficiente, el tránsito a la órbita terrestre es muy rápido, de unos pocos minutos. Entre los 100 y los 500 kilómetros de altitud, la atmósfera desaparece y los objetos flotan alrededor del planeta a velocidades asombrosas. En ese punto, el Saturno se desprendía de la última de sus fases y el Apolo se volteaba sobre sí mismo para ensamblarse. Era un sistema realmente complicado, pero el único que se les ocurrió a los ingenieros de la NASA. Una vez hecho esto, un ligero toque de motor para cambiar la gravedad de la Tierra por la de la Luna. Así, el frágil esquife espacial podía viajar de un cuerpo celeste a otro sin necesidad de cohetes. A eso se le llama asistencia gravitatoria, y es el modo en que navega por el cosmos casi cualquier cosa hecha por el hombre. Y no por gusto, sino porque no hay otro remedio, dada nuestra primitiva tecnología espacial.

Pero el día 14 de abril, poco antes de llegar a la Luna, algo falló en el módulo de servicio. La nave empezó a desestabilizarse y a expulsar gas por uno de sus costados. Gas, es decir, preciadísimo oxígeno de los tanques, el único disponible en cientos de miles de kilómetros a la redonda. Lovell, que desconocía el alcance de la avería, informó a la Tierra. "Houston, hemos tenido un problema", dijo... sin imaginar que esa frase llegaría a igualar en fama a la de Neil Armstrong cuando puso su pie sobre el Mar de la Tranquilidad.

El centro de control de la NASA, radicado en Houston, hizo las lecturas pertinentes y comunicó a los confusos tripulantes que el problema lo tenían ellos. Era duro de admitir, pero en la Tierra no tenían la menor idea de cómo sacarles de ahí. El programa Apolo no contemplaba la posibilidad de que una de sus naves se estropease camino de la Luna. Después de estudiarlo, el director de vuelo, Gene Kranz, les dio el plan de retorno. Ya no podrían alunizar: se limitarían a orbitar el satélite... y luego ya se vería cómo se les traía de vuelta. La nave se encontraba a 384.000 kilómetros, y eso era todo lo que podían decirles.

Nixon.Durante tres días, un equipo de varios centenares de personas se dedicó día y noche a estudiar el modo de traer a casa el Apollo XIII. Nixon se trasladó personalmente al control de Goddard para seguir de cerca la tragedia, y la prensa se interesó repentinamente por un viaje que antes había ignorado. Pero a bordo los problemas se amontaban y hacían de ese tercer viaje a la Luna una pesadilla digna de película. El oxígeno se terminaba, y con él el agua y la energía eléctrica. Todo el viaje de vuelta lo tuvieron que hacer a oscuras, acurrucados sobre sí mismos para soportar el intensísimo frío.

Poco antes de que llegaran a la Tierra no se sabía aún como iban a reentrar en la atmósfera, ya que iban muy escasos de baterías. En el último momento el problema se resolvió, y el 17 de abril la cápsula amerizó sobre el océano Pacífico.

"Sanos y salvos" titulaba el madrileño ABC al día siguiente, a toda página. El Apollo XIII, que en principio no había despertado curiosidad alguna y era considerado, tras los éxitos del Apollo XI y el Apollo XII, un viaje rutinario, se convirtió en una epopeya vivida casi en primera persona por millones de personas en todo el mundo. A diferencia de los soviéticos, los de la NASA no solían ocultar nada, ni siquiera los fracasos, y la gente estaba informada de todos los detalles de la operación.

Una vez terminada la aventura se efectuó una investigación en profundidad. La culpa no había sido de un meteorito, ni de un rayo de protones emitido por el sol, sino de un vulgar interruptor, que provocó un cortocircuito.

Los americanos extrajeron dos lecciones del victorioso fracaso del Apollo XIII. La primera, que había que acortar el programa lunar todo lo posible, para no tentar de nuevo a la suerte. Y así fue. En 1972 se llevó a cabo el último de los viajes a la Luna. La segunda lección fue más dolorosa: el espacio sólo interesa a los contribuyentes cuando sucede algo malo allá arriba. Conseguido el objetivo principal, ya no tenía sentido seguir invirtiendo cantidades mareantes en un costosísimo programa espacial que, algunos años, llegó a devorarse entre el 2 y el 3% del PIB estadounidense.

La NASA, olvidada y sin dinero, se replegó; desde entonces ha ido empalmando error tras error. Muy lejos queda aquel momento de gloria, hace ya cuatro décadas, cuando disponía de los mejores ingenieros y científicos del mundo. Hoy es una agencia estatal como cualquier otra: burocratizada, politizada e ineficiente. Quizá esa sea la razón por la que no se ha vuelto a ir a la Luna, o por la que no se han enviado astronautas a Marte, el formidable capítulo siguiente de la carrera espacial: mientras el Estado siga siendo el dueño y señor del espacio, aún tardará mucho tiempo en escribirse.


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