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LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA

La Doctrina Truman

El 21 de febrero de 1947, la embajada británica en Washington notificó al Departamento de Estado que Londres cesaría de inmediato de prestar ayuda a Grecia y a Turquía en su resistencia a las presiones comunistas.

Grecia hacía frente a una revolución comunista interna ante la que los soviéticos se mantenían neutrales. De hecho, Stalin, en el famoso Acuerdo de los Porcentajes –suscrito con Churchill en octubre de 1944–, se había comprometido a no intervenir en Grecia a cambio de que Gran Bretaña no lo hiciera en Rumanía, Hungría y Bulgaria. A pesar de que Stalin se mostró fiel a lo acordado, los comunistas griegos estuvieron a punto de lograr hacerse con el país, gracias a la torpeza de la monarquía y los monárquicos, al prestigio que lograron en su lucha contra los nazis y a la ayuda de sus colegas yugoslavos, que operaban con independencia de Stalin y no estaban sujetos a compromiso alguno con Churchill.

El caso de Turquía era diferente. Stalin estaba presionando para lograr que Ankara le concediera el control de los estrechos bajo la fórmula del establecimiento de guarniciones conjuntas en los mismos. Con ello perseguía dos fines: uno defensivo, evitar la entrada de barcos enemigos en el Mar Negro –en vista de que Turquía había sido incapaz de evitar que los submarinos alemanes atravesaran los Dardanelos–, y otro, más importante, de naturaleza ofensiva, dar a su flota acceso al Mediterráneo.

La retirada británica de febrero del 47 pilló a los norteamericanos en pleno proceso de convencimiento de que el régimen soviético era intrínsecamente expansivo e imperialista. Hacía casi un año desde que Churchill pronunciara en Fulton su famoso discurso sobre el Telón de Acero ("Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero"). Los británicos habían visto lo ocurrido en el este de Europa, especialmente en Polonia –convertida en satélite soviético, a pesar de no estar incluida en el Acuerdo de los Porcentajes– y en Irán, donde Stalin sólo podía tener objetivos ofensivos, ya que el interés estratégico de establecer ahí un régimen amigo no tenía, ni mucho menos, el valor defensivo que podía percibirse en el caso de los Estados de Europa Oriental.

Para entonces ya había circulado por Washington el Telegrama Largo de George Kennan, que desde Moscú dio a conocer su visión de la política exterior soviética y la manera en que creía había de hacerle frente. La clave estaba en la palabra contención.

La tesis de Kennan era que el marxismo-leninismo no creía en la convivencia pacífica entre países capitalistas y comunistas. En el Kremlin estaban convencidos de que sólo uno de los dos sistemas podía prevalecer, de forma que el comunismo no tenía garantía de sobrevivir mientras existieran países capitalistas, con los que, por tanto, la URSS estaba destinada a enfrentarse. Naturalmente, los soviéticos no buscarían un enfrentamiento abierto mientras no tuvieran la seguridad de ganarlo. Fomentarían los conflictos entre las potencias capitalistas –algo que creían sencillo porque consideraban la rivalidad algo inherente al capitalismo– y, como ya hiciera en la Segunda Guerra Mundial, se aliaría con unas para derrotar a otras. Esta concepción de la realidad hacía que el régimen soviético fuera agresivo y expansionista, aunque el fin último fuera en esencia defensivo, pues lo que pretendía era sobrevivir; pero sobrevivir aniquilando al opuesto, al diferente, en la creencia de que, si no, sería él el aniquilado.

Dado que los norteamericanos no deseaban una guerra frontal y que los comunistas no la iban a plantear mientras fueran los más débiles, pero sí azuzar conflictos locales y a unas potencias capitalistas contra otras, la única forma de evitar la victoria final de Moscú pasaba por contenerlos allí donde plantearan un desafío, por remoto que fuera el lugar y por débiles que fueran los intereses norteamericanos en juego.

Esta política, la de la contención, sufriría complejas reelaboraciones, a raíz de las cuales los norteamericanos acabarían por definir en qué áreas del globo tenían intereses vitales y en cuáles no –y, por tanto, podía abandonarse una posición si su defensa resultaba muy onerosa–, pero, en esencia, la Doctrina Kennan informó la estrategia de Washington durante toda la Guerra Fría.

Harry S. Truman.Pues bien, en el Departamento de Estado gente como el mismo Kennan, Loy Handerson, Charles Bohlen y Elbridge Durbow estaban elaborando los detalles de dicha doctrina cuando llegó la notificación británica.

En febrero de 1947 hacía un mes que había dimitido el secretario de Estado, James Byrnes, que había sido sustituido por el general George Marshall. Para evitar la discontinuidad en la política exterior, Truman pidió al subsecretario de Estado, Dean Acheson, que se mantuviera en el puesto seis meses, hasta que Marshall pudiera hacerse con las riendas. Cuando llegaron las nuevas británicas, Marshall no sólo llevaba apenas un mes en el cargo, sino que se encontraba en Moscú, en una conferencia. Así que fue Acheson quien tuvo que hacer frente a la crisis planteada por el abandono de que estaban siendo víctimas Grecia y Turquía.

A pesar de que en el Departamento de Estado había funcionarios que se oponían a la visión de Kennan, sus ideas eran ya mayoritarias y nadie se opuso al plan de acudir en ayuda de los dos países amenazados. La cuestión era que, para poder hacerlo, el Congreso debía autorizar el gasto preceptivo. La cuestión no era baladí, dado que en noviembre de 1946 se habían celebrado elecciones de medio mandato y los demócratas habían quedado en minoría en las dos cámaras. La victoria republicana se había cimentado en la crítica del excesivo gasto público de Truman. Los norteamericanos temían una vuelta a los tiempos de la Gran Depresión, ahora que la guerra había dejado de ser el motor de su economía y eran repatriados cientos de miles de soldados, que se incorporarían a un mercado de trabajo deprimido por la caída de los pedidos a las fábricas de armamento. Todo lo cual aconsejaba, según muchos de ellos, una política de ahorro de la que Truman, como buen heredero de Roosevelt, parecía no querer ni oír hablar. Además, a pesar de que parecían no estar dispuestos a entregarle los fondos necesarios para combatirlos, los republicanos criticaban al presidente por su tibieza frente a los comunistas.

Así pues, había que convencer a un Congreso no sólo hostil a Truman, también al aumento del gasto, de que liberara los fondos necesarios para ayudar a Grecia y a Turquía. Los borradores pusieron el acento en la agresividad soviética y en la necesidad de hacer frente a Moscú en cualquier lugar. Finalmente, Truman dio su discurso ante las cámaras, el 12 de marzo de 1947:

En el momento presente de la historia, casi cualquier nación se halla en la necesidad de tener que elegir entre dos maneras diferentes de vivir. La elección, a menudo, no es libre. La primera está basada en la voluntad de la mayoría y se distingue por [la existencia de] instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones libres; se garantiza la libertad individual, la libertad religiosa y de expresión y hay ausencia de opresión política. La segunda se basa en la voluntad de una minoría, que se impone por la fuerza a la mayoría. Se apoya en el terror y la opresión, en una prensa y una radio controladas; el resultado de las elecciones se fija de antemano y no hay libertades personales. Creo que la política de los Estados Unidos debe apoyar a los pueblos libres que se niegan a ser subyugados por minorías armadas o por presiones exteriores.

Una de las claves del discurso está en la última frase, retocada por Acheson a última hora. En un primer momento decía: "La política de los Estados Unidos es la de (...)", pero el subsecretario entendía que ese no había sido el caso y que había que resaltar que lo que se pretendía era dar un giro a la política exterior. En definitiva, lo que se estaba diciendo es que los Estados Unidos se opondrían a cualquier intento de convertir país alguno al comunismo.

Truman consiguió el respaldo del 70 por cien del Congreso, pero eso no le evitó ser objeto de numerosas críticas. Desde la izquierda, Henry Wallace y Eleanor Roosevelt, obvios depositarios de la herencia del anterior presidente, alegaron que la nueva doctrina implicaba provocar un enfrentamiento con la URSS, que echaría por la borda el legado de éste. La idea era que las supuestas agresiones de la URSS se resolvieran en el marco de las recién creadas Naciones Unidas; carecía de sentido buscar un enfrentamiento con un viejo aliado, cuya cooperación era necesaria para construir el mundo futuro. Al otro lado, el republicanismo aislacionista temía que esta suerte de enfrentamiento universal con la URSS agotara económicamente al país en una guerra que, precisamente por universal, no se podría ganar.

Para contentar a la izquierda se introdujo la llamada Enmienda Vandenberg (por Arthur Vandenberg, presidente de la comisión de Asuntos Exteriores del Senado), según la cual la intervención norteamericana cesaría si tomaba el relevo una institución internacional o si la ONU la consideraba innecesaria o indeseable. Para tranquilizar a la derecha, Acheson aclaró que la nueva doctrina implicaba intervenir sólo en aquellos casos en que las circunstancias lo exigieran y cuando los medios disponibles lo permitieran; es decir, que el alcance de la misma no era tan universal.

Por lo demás, la Doctrina Truman incluía en germen el Plan Marshall, una estrategia para combatir al comunismo en aquellos países donde pudiera recibir momentáneamente el respaldo mayoritario de la población debido a la profunda miseria que invadió Europa en la posguerra. A Truman y a su nuevo secretario de Estado les preocupaban Francia e Italia, aunque también creían que el plan podría servir para salvar a alguno de los países que ya estaban bajo la bota comunista, más allá del Telón de Acero. Pero eso es otra historia.

 

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