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LA IZQUIERDA PERSEGUIDA Y PERSEGUIDORA

La herencia del macartismo

Los herederos directos de la estrategia macartista, que consiste en desacreditar al adversario político atribuyéndole, con criterio demagógico y maniqueísta, la identidad más vulnerable en un momento dado, son, paradójicamente, quienes, en la década de 1950, fueron las víctimas del senador Joseph McCarthy: los izquierdistas.

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Así como el temido senador veía comunistas, rojos, subversivos, espías y traidores en todos los rincones, incluidos los de iglesias, cuarteles, sindicatos, escuelas y clubes de ajedrez, sus herederos progres denuncian, con idéntica arbitrariedad, la ofensiva de una perversa conjura de neoliberales, reaccionarios, ultraderechistas, xenófobos, racistas, fachas y franquistas, todos ellos refugiados bajo el ala protectora de la Brunete Mediática. De lo que no cabe duda es de que los unos y los otros, los macartistas y los progres, han contribuido generosamente a enriquecer el vocabulario denigratorio. Y para entender mejor la paranoia de estos herederos es útil explorar la del iniciador de tan insidiosa estrategia.

Escalada de injusticias

El brillante estudioso de la historia del anticomunismo norteamericano Richard Gid Powers lo explica así en Not Without Honor (The Free Press, 1995):

Desprestigiado, maltratado y humillado durante la guerra, el anticomunismo eclosionó en 1945 y en menos de cinco años se desplazó de los márgenes al centro de la política norteamericana, a medida que José Stalin, que se negaba a dejarse contener por las cláusulas complacientes de Yalta, extendía su poderío por media Europa (...) Hacia finales de la década los liberales habían asentado la base para un bastión mundial, militar, político y cultural contra el comunismo, pero la estabilidad del consenso anticomunista era precaria (...) Podía apoderarse del movimiento el primer demagogo capaz de disimular las teorías paranoides sobre la trama conspirativa roja, cubriéndolas con el manto de la mayor respetabilidad partidaria.

Había sonado la hora del senador Joseph McCarthy.

Todos los estudiosos liberales del fenómeno macartista señalan que el senador inició sus investigaciones en una atmósfera favorable a la demagogia y a la diseminación de acusaciones descabelladas. Con resultados dispares: McCarthy desenmascaró realmente a comunistas infiltrados en el aparato del Estado, que ponían sus cargos al servicio de la política del Partido y, a través de éste, de la Unión Soviética. Pero también persiguió a personas por profesar simplemente la ideología comunista, sin que ello implicara una actitud desleal. Con el agravante de que ni McCarthy ni la mayoría de sus colaboradores e informantes sabían distinguir a un comunista de un socialista, un liberal o un inconformista. Esta ignorancia generó una escalada de injusticias que terminaron por enfrentar a McCarthy con el mundo intelectual y académico democrático y, sobre todo, con los poderes fácticos.

Carrera de denuncias

McCarthy inauguró su carrera de denuncias con una arenga que pronunció ante una asamblea de mujeres en Wheeling, West Virginia, el 9 de febrero de 1950, es decir, cuando ya hacía cinco años que corrían los tiempos de la Guerra Fría. Ésta comenzó el 5 de marzo de 1945, en que Winston Churchill pronunció su célebre discurso del Westminster College de Fulton, Missouri:

Desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, ha caído a través del continente un telón de acero que permite que gobiernos policiales dominen Europa Oriental.

"McCarthy dio a los enemigos del anticomunismo lo que éstos buscaban desde el comienzo de la Guerra Fría: un nombre y un rostro contemporáneos para encarnar su viejo estereotipo del fascista anticomunista", refiere Gid Powers. Que sigue:

Durante los cinco años anteriores, el comportamiento de los comunistas norteamericanos y soviéticos había demostrado que todo lo que los anticomunistas habían dicho contra ellos era cierto. Pero ahora, por culpa de McCarthy, el anticomunismo no sería la verdad archidemostrada sobre Stalin, su régimen y su amenaza para sus vecinos, sino una mentira, ese absurdo delirio sobre la trama de la conspiración roja que se desintegraba cada vez que era expuesta al sol.

Las comisiones del Congreso que estudiaron una a una las acusaciones de McCarthy demostraron que la inmensa mayoría de ellas eran infundadas o patentemente falsas. Cuando el 14 de junio de 1951 acusó, en el recinto del Senado, al general George C. Marshall –comandante supremo de las fuerzas militares norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial, exsecretario de Estado, y en ese momento secretario de Defensa– de haber sido durante toda su vida un traidor al servicio de la Unión Soviética: "La tesis de la trama roja alcanzó niveles portentosos de demencia cósmica". Además, según McCarthy, el presidente Truman era "cautivo" de los conspiradores. En 1953 apuntó su artillería contra el presidente Dwight Eisenhower. Éste le comentó a un amigo que no contestaría las acusaciones. "Me niego a meterme en la cloaca con ese sujeto", dijo. Cuando McCarthy pidió autorización para investigar a la CIA, Eisenhower se la negó. A partir de entonces, los senadores demócratas y republicanos compitieron entre sí para abominar del inquisidor. Luego, McCarthy se ensañó con el Ejército, y éste contraatacó acusándolo de prevaricación. El 2 de diciembre de 1954, el Senado censuró a McCarthy por 67 votos contra 22. Ese fue el final de su carrera.

Monopolio de la manipulación

Uno de los espacios donde se hizo sentir rigurosamente la férula del macartismo fue el académico. Pero no por mucho tiempo. Precisamente ha sido en las universidades norteamericanas, como en las de Europa Occidental, donde desde los años 1960 se han escuchado las críticas más estentóreas y virulentas contra el liberalismo, el capitalismo y, faltaría más, el macartismo, que teóricamente debería estar amordazando a quienes las propalaban y las propalan. Casi se podría decir que, en dichas universidades, han sido y son los miembros de la quinta columna intelectual de ayer, y los totalitarios antisistema de hoy, quienes ejercen el monopolio de la manipulación ideológica y quienes, con el pretexto de la corrección política, imponen a sus colegas liberales y democráticos una censura idéntica a la del macartismo inicial, pero en versión radical de izquierda. En todos los manifiestos de cuño antisistema, los firmantes pretenden reforzar el argumento de autoridad acompañando su nombre con el de la universidad donde dictan cátedra. Antes eran Herbert Marcuse y C. Wright Mills, y ahora se han multiplicado hasta el infinito: Noam Chomsky (Massachusetts Institute of Technology), Norman Birnbaum (Georgetown), Paul Kennedy (Yale), el difunto Edward W. Said, Jessica Stern (Harvard), David Held (London School of Economics). La lista completa es impresionante, por la categoría de los profesores y por la de las universidades donde dictan sus clases.

Como estos contestatarios siempre hacen alusión al presunto macartismo de quienes discrepan con ellos, no puedo dejar de preguntarme qué clase de macartismo en decadencia es ese que permite expresar tamañas críticas desde la cátedra universitaria y desde los grandes medios de comunicación capitalistas, y si los intolerantes no serán quienes demonizan las opiniones contrarias a las que ellos consideran políticamente correctas. Azzam Tamimi, profesor de Ciencias Políticas, doctor en Teoría Política por la Universidad de Westminster, comentarista de Al Yazira y la BBC y residente en Londres, afirmó en 2001 (v. La Vanguardia del 8 de noviembre de aquel año): "[Los talibanes] son víctimas de un ataque bestial y, a diferencia de los demás líderes del mundo árabe, no tienen miedo a Estados Unidos. Son unos valientes. Los admiro". ¿Los servicios de inteligencia británicos cometerían un pecado de macartismo si lo sometieran a una estrecha vigilancia?

Los malos de la película

El otro espacio donde el macartismo dejó una impronta imborrable fue el del cine, sobre todo en el caso de los famosos Diez de Hollywood. Sin embargo, McCarthy fue ajeno a su calvario: éstos fueron a prisión en 1950 por negarse a declarar ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara de Representantes, cuando el senador aún no había adquirido notoriedad. Los Diez de Hollywood continúan siendo iconos de la opinión pública políticamente correcta y quienes testimoniaron contra ellos, los malos de la película. Es imposible encontrar, en las críticas cinematográficas, una referencia a Edward Dmytryk, Elia Kazan o Edward G. Robinson que no esté acompañada por un calificativo agraviante. Cuando Edward Dmytryk visitó Barcelona en 1988 para asistir al Festival de Cine, cuatro homenajeados se negaron a compartir una mesa redonda con él porque lo consideraban un delator. En su crónica de los hechos, el crítico e historiador Román Gubern citó cuatro factores políticos que contribuyeron a desencadenar "la inquisitorial caza de brujas" que se desencadenó en 1947, pero omitió otro que podía justificar la predisposición de los excomunistas a declarar contra quienes seguían obedeciendo las directivas del Partido. Sobre todo si su conciencia había registrado el cúmulo de crímenes perpetrados por los leninistas, los trotskistas y los estalinistas a partir de 1917, la perfidia de los juicios fraguados en Moscú, la infamia del pacto con Hitler y todas las humillaciones que habían tenido que soportar los militantes para acomodarse a los virajes ordenados desde la Comintern.

En 1999 se produjo otra conmoción cuando la Academia de Hollywood otorgó un Óscar honorífico a Elia Kazan. Gregorio Morán, un iconoclasta genético que unas veces despierta admiración y otras indignación, publicó un artículo (La Vanguardia, 13/3/1999) en el que ponía al premiado como chupa de dómine. Le contesté con otro titulado "Felicitaciones, Mr. Kazan" (La Vanguardia, 7/5/1999), que reproduzco parcialmente:

Jean-François Revel nos recuerda que muchos intelectuales, si bien renegaron de la idealización del sistema comunista y se convirtieron en críticos implacables de éste, de sus crímenes y de quienes perseveran en la adulación servil de aquel engendro, continúan aferrados a algunos estereotipos y prejuicios que alimentaban antes de su razonada apostasía. Por ejemplo, adjudican a quienes vieron la luz antes que ellos, como Arthur Koestler, Raymond Aron, Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa y otros, los mismos estigmas que les endilgaba el agitprop: desertores, chaqueteros, reaccionarios.

La lluvia de denuestos teñidos de sectarismo macartista que cayó sobre Elia Kazan cuando la Academia de Hollywood le otorgó su Óscar honorífico es una prueba de que Revel no se equivocó. Gregorio Morán le aplicó dos veces el apelativo "la Rata", otras tantas el calificativo "delator" y una el de "soplón". Ello a pesar de que, según reconoció el mismo Morán, Kazan no llevó a sus viejos amigos a la cárcel "porque [creyera] que no tenía más remedio para salvar su carrera, sino porque le parecía lo mejor".

Lo que se le reprocha a Kazan es que no se haya ceñido a la omertá, la ley mafiosa del silencio, en lugar de hacer lo que le parecía mejor. Pero el virus estalinista no muere. Uno de los Diez de Hollywood, Abraham Polonsky, dijo recientemente que "esperaba que alguien le pegara un tiro [a Kazan]" porque "sin duda eso inyectaría emoción a una velada aburrida". Más civilizado, el New York Times señaló en un editorial, en 1995, que Kazan, junto a James Farell, Thornton Wilder y otros defensores de la sociedad abierta, habían sido tan intransigentes con el macartismo como con el comunismo y, por tanto, tenían más autoridad para hablar contra la esclavitud comunista "en razón de su lucha valerosa contra quienes amenazan nuestras propias libertades civiles desde la derecha".

Felicitaciones, Mr. Kazan.

Así concluía mi artículo. En el que también debería haber incluido una felicitación a George Orwell. En 1949, ya a punto de morir de tuberculosis, Orwell entregó al servicio secreto británico una lista de 35 criptocomunistas y compañeros de viaje. Este episodio escandalizó a viejos izquierdistas desde 1992, año en que se tuvo noticia de él por primera vez. Sin embargo, no fue un acto vergonzoso ni impropio de Orwell. Por entonces, como señala Peter Davison, la Guerra Fría se hallaba en su apogeo y los rusos aún bloqueaban Berlín. Orwell sabía que el comunismo significaba la muerte de la verdad objetiva y la libertad, y estaba resuelto a impedir que subyugara Europa.

Algo que jamás entenderían los herederos progres del macartismo, tan expertos como el viejo senador en repartir epítetos maniqueístas e infamantes pero blindados contra las virtudes de la sociedad abierta, que los cuenta entre sus enemigos.

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