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ESPAÑA

La izquierda contra la República

Como bien ha recordado en sus obras Pío Moa, en el año 34 hubo un llamamiento por parte de las izquierdas a la guerra civil. Ahora bien, se trataba de una novedad: buena parte de la izquierda llevaba en eso desde el mismo año 31, como queda bien claro cuando uno repara en acontecimientos como los de Castilblanco, Jeresa, Arnedo y la cuenca del Llobregat.

Lo que sucede en Castilblanco (Badajoz) el 1 de enero de 1932, tras varios meses de fragua, es tremendamente interesante: se intentó repetir la experiencia de los sóviets agrarios durante las revoluciones rusas de 1905 y 1917. Los incitadores son dos diputados del PSOE: Margarita Nelken, un personaje medularmente siniestro, y Manuel Muiño; y el catalizador, la Guardia Civil. La idea es agitar el agro extremeño diciendo perrerías del Instituto Armado.

Tanto Nelken como Muiño exigen a finales del 31 la destitución del jefe de la Benemérita en Badajoz, así como la del gobernador civil. Acto seguido, empiezan a agitar en el campo y convocan, para el 1 de enero, una huelga en Castilblanco, que por entonces contaba unos 4.000 habitantes.

En el día de autos, buena parte del pueblo sale a la calle con una bandera roja –no con la republicana– pidiendo la instauración de la dictadura del proletariado. Y cuando el cabo y los tres números de la Guardia Civil del cuartel del lugar intentan convencerles de que no cometan barbaridades, los manifestantes dan en despedazarlos. Literalmente. Cómo quedarían los cadáveres, que algún militar con experiencia en África dirá que los matarifes de Castilblanco habían dejado cortos los desmanes perpetrados por los moros en Annual.

¿Qué hace entonces el Partido Socialista? Justificar lo sucedido. Margarita Nelken afirmará que se trató de "unos desahogos obligados de espíritus oprimidos". Por su parte, el director de la Benemérita, el general Sanjurjo, responsabilizará de los hechos al PSOE.

Tres días después, en medio de un clima de agitación colosal, la casa cuartel de la Guardia Civil en Jeresa (Valencia) es asaltada. En la refriega perderán la vida dos personas, y otras 19 resultarán heridas. Al día siguiente, en Arnedo (La Rioja), el Instituto Armado se encuentra con una nueva huelga de carácter revolucionario, que reprime con fuego real, provocando la muerte de cuatro mujeres y dos hombres, y heridas a 30 personas.

El escándalo que se produce en las Cortes es fenomenal: varios diputados piden que se arrastre a Sanjurjo; otros, los blandos, se conforman con exigir su encarcelamiento... Finalmente, el 5 de febrero los detractores del general se saldrán con la suya: en medio de un clamor popular –así, en cursivas, porque había sido generado por el PSOE y otras fuerzas obreristas–, se le aparta de la dirección de la Guardia Civil y se le da la de los carabineros, que estaba vacante.

¿Y quién sustituye a Sanjurjo? Un masón: el general Cabanellas, que luego es verdad que acabaría apoyando el Alzamiento, pero en aquellos momentos la masonería estaba en lo que estaba, y si había que nombrar a alguien para que se hiciera cargo de la Guardia Civil, lo suyo era pensar en un masón.

Lo de Castilblanco y Arnedo apenas será nada comparado con lo que sucedió muy poco tiempo después en la cuenca del Llobregat: el 19 de enero estalla una huelga revolucionaria en Berga, los huelguistas se apoderan de las armas del somatén e inmediatamente proceden a proclamar el comunismo libertario. Menos de 24 horas después, la CNT lanza un manifiesto en el que se asegura que el régimen republicano ha fracasado y que la única salida es la insurrección armada. Es verdad que buena parte de la dirección del movimiento era anarquista, pero contó con la colaboración del Partido Comunista, y el Partido Socialista no se colocó de lado, sino que también echó una mano.

La revuelta del Llobregat durará poco porque Azaña, que no estaba para tonterías, envió al Ejército, que en tres días resolverá el problema: el 22 entró en Cardona, detuvo a los anarquistas, entre los que se contaba Buenaventura Durruti, y decide que los va a sacar del país, lo cual no deja de ser curioso...

Al día siguiente del sofocamiento de la rebelión del Llobregat se producen nuevos disturbios y la Esquerra, siguiendo una tradición histórica, defiende a los terroristas.

¿Qué consecuencias tiene esta serie de acontecimientos? Pues que en las izquierdas arraiga la convicción de que el poder, si no llega hasta donde ellas quieren, y aunque esté igualmente en manos izquierdistas, hay que tomarlo por la fuerza. Esto no es una conclusión mía: el 12 de febrero, es decir, apenas concluido lo de Castilblanco, lo de Arnedo, lo de Jeresa, lo de la cuenca del Llobregat, se celebra en Madrid el Congreso Nacional de las Juventudes Socialistas, y entre las conclusiones del mismo se encuentra la siguiente, que cito textualmente:
Que frente a las guerras imperialistas se acentúe la guerra de clase contra clase dentro de las fronteras, debiendo de realizarse toda clase de propaganda para arrancar del alma de los obreros sus sentimientos patrioteros.

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