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La Ley Seca: el Noble Experimento

Los felices años 20 fueron tales por una borrachera; pero no alcohólica, sino financiera. Lo primero hubiera sido imposible: durante toda la década, exactamente desde el 16 de enero de 1920 hasta el 3 de marzo de 1933, la elaboración, transporte y venta de bebidas alcohólicas estuvo prohibida en los Estados Unidos.

Fue lo que se conoce como la Ley Seca, un periodo de la historia que el cine ha tratado en infinidad de ocasiones, por ser aquellos años la época dorada del hampa; precisamente por dicha prohibición.

Eso de prohibir la venta de alcohol no surgió de la nada, como un exotismo propio del nuevo siglo; muy al contrario: hundía sus raíces en lo más profundo del mundo anglosajón, que vio surgir a lo largo del XIX numerosos movimientos por la templanza. Los países de habla inglesa se industrializaron antes que nadie, y vivieron antes que nadie problemas típicos del mundo moderno, como los derivados del desarraigo y la soledad del trabajador fabril recién llegado a la ciudad.

En ese ambiente, y en una cultura tan borrachina como la anglosajona, el abuso de la bebida empezó a hacer estragos en muchos hombres, que se abandonaban a ella y dejaban a sus espaldas viudas y niños huérfanos. La primera sociedad por la templanza de Inglaterra abrió sus puertas en 1835; en Estados Unidos ya tenían cierta solera: la primera de que se tiene noticia se fundó en Connecticut en 1789. Pronto aparecerían nuevas asociaciones piadosas en Irlanda, Canadá o Australia; el objetivo era siempre el mismo: mantener a los niños alejados de la bebida y promover una vida virtuosa y pía, al más puro estilo victoriano.

A finales de siglo, uno de los grandes debates nacionales en Estados Unidos era el que sostenían los prohibicionistas y los antiprohibicionistas, los dry (secos) y los wet (mojados). Era un debate muy transversal. Había republicanos y demócratas en ambos bandos. Las feministas eran eminentemente prohibicionistas (por aquello de que la mujer era la primera víctima del alcoholismo del marido), así como casi todos los progresistas, que, curiosamente, militaban en el mismo bando que los puritanos religiosos, excepción hecha de los católicos y los protestantes alemanes, ambos fervientes antiprohibicionistas.

El enfrentamiento fue yendo a más, y las dos facciones cosecharon victorias parciales. En Misisipí los secos terminaron por imponerse y se prohibió beber alcohol ya en 1907, mientras que en otros estados, por ejemplo Nueva York, los mojados contaban con una mayoría tan aplastante que era algo impensable que alguna vez llegasen a prohibir el tomarse un gin-tonic en el Plaza. Fueron las elecciones legislativas de 1917 las que inclinaron la balanza hacia el lado de los secos. En aquel año el equilibrio entre congresistas se rompió: 278 secos frente a 126 mojados. Se puso en marcha entonces la enmienda constitucional que haría del odioso alcohol historia, al menos dentro de las fronteras de los Estados Unidos de América.

A finales de diciembre, la Decimoctava Enmienda ya estaba lista; pasó entonces a los estados, y el 16 de enero de 1919 fue ratificada. En sólo tres artículos, prohibía la elaboración, venta, transporte, importación y exportación de lo que se dio en llamar "licores intoxicantes". Nótese que la enmienda no prohibía el consumo de alcohol (de hecho, ni lo citaba con estos término), pero hacía prácticamente imposible conseguirlo por vías legales. Un ejemplo de cómo se puede llegar a prohibir algo sin prohibirlo...

Tampoco establecía el modo de hacerla cumplir. Al efecto se promulgó una ley, la Volstead Act, que se encargó de cubrir las lagunas que había dejado la enmienda constitucional. Se definió "licor intoxicante" como toda bebida con más de un 0,5% de alcohol, y se establecieron las preceptivas excepciones. Se podría cultivar vino y embotellarlo, pero hasta un máximo de 750 litros... que el bodeguero tendría que beber en su totalidad, ya que estaba terminantemente prohibido comercializarlo. La primera consecuencia indeseada fue que el viñedo californiano se extendió como nunca antes.

Los médicos, que en aquella época recetaban con frecuencia bebidas alcohólicas, se quejaron y pidieron audiencia en el Congreso. Se hizo entonces una nueva excepción: podría beberse alcohol siempre y cuando lo prescribiese un galeno colegiado mediante unos impresos timbrados que emitía el Tesoro.

El común de los mortales, sin embargo, ni era viticultor ni estaba tan enfermo como para necesitar un trago reparador. El que quería beber tenía que hacerlo en el mercado negro, que floreció de manera asombrosa y cimentó las fabulosas fortunas de los gángsteres de las películas. Por las fronteras de Canadá y México trasegaban continuamente cargamentos de whisky, ron, ginebra y todos los licores imaginables, que se servían luego en los llamados speakeasies, antros clandestinos que acabaron reproduciéndose como champiñones: sólo en Nueva York se calcula que llegó a haber entre 50.000 y 100.000. En ellos, aparte de beber, los clientes hablaban tranquilamente; de ahí lo de speak easy.

Lo prohibido era no sólo mucho más atractivo, sino infinitamente más peligroso para la salud. Al amparo de la clandestinidad, el whisky era muchas veces matarratas mal destilado. Las intoxicaciones etílicas se multiplicaron; pero, como era algo ilegal, a nadie se le podía pedir cuentas. El dinero fácil alumbró una nueva generación de criminales, que se hicieron dueños de algunas ciudades fronterizas, como Chicago o Detroit, templos sagrados del hampa durante los años 20. Figuras míticas de la mafia, como Al Capone, Bugs Moran, Lucky Luciano o Frank Costello, construyeron entonces multimillonarios imperios que todo lo podían.

El Estado era incapaz de frenar el tráfico ilegal. Los encargados de hacer cumplir la ley eran pocos y estaban mal pagados, por lo que aceptaban fácilmente sobornos de la mafia. Cuando la enmienda entró en vigor, sólo se asignaron 1.520 agentes para velar por su cumplimiento: una cantidad irrisoria para un país tan grande, que por entonces ya tenía 120 millones de habitantes. En plena prohibición, los hombres de Al Capone transportaban cargamentos enteros de whisky desde la frontera canadiense hasta Florida sin que nadie les importunase. Tal era la impunidad de ese mafioso, que acabaron encerrándolo por evasión de impuestos, y no por las matanzas que perpetró en su feudo de Chicago.

Una década después de ser promulgada, la Prohibition estaba ya muy desprestigiada. Había muchas más razones para abolirla que para mantenerla. El alcoholismo no sólo no había desaparecido, sino que había aumentado, y sus efectos eran ahora aún más devastadores. El alcohol adulterado que se vendía a precios astronómicos en los speakeasies y los licores de dudosa calidad que mucha gente destilaba en casa provocaron verdaderos estragos. Las muertes por culpa del alcoholismo se multiplicaron por cuatro en algunos estados durante la Prohibición; y a esos muertos había que sumar las causadas por las bandas criminales.

En marzo de 1933 Franklin Delano Roosevelt promulgó una nueva ley, la Cullen-Harrison Act, que regulaba la fabricación de cerveza. Unos meses después, la Decimoctava Enmienda fue derogada por la Vigésimo Primera.

El 7 de marzo de 1933 se pudo volver a beber alcohol en los Estados Unidos. La multitud se agolpaba a la puerta de las tabernas para tomar su primera cerveza legal después de trece años, y la mafia hubo de buscarse nuevos negocios; por ejemplo, el tráfico de heroína, que acababa de ser ilegalizada. Los secos, ya en retirada, aceptaron de mala gana el fracaso, mientras hablaban de un Noble Experimento que, por desgracia, no había funcionado.

Se ha seguido legislando en torno a este asunto en todos los estados de la Unión. En unos es más difícil beber alcohol, en otros es más fácil; hasta hay cientos de condados donde la Ley Seca sigue vigente...; pero jamás ha vuelto a imperar en todo el país: tal vez porque su fracaso fue muy sonado, o quizá porque quienes quisieran imponerla han comprendido que la Ley está para defendernos de los demás, no de nosotros mismos.


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