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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La Leyenda Negra

Durante casi tres siglos –desde Colón hasta Carlos IV–, España fue imperio. Sobre todo, de una manera contundente, durante el XVI, la época de los Grandes Austrias. Fue entonces cuando surgió la llamada Leyenda Negra.

Todavía hoy, en los Países Bajos, hay madres que intimidan a los niños con su coco particular, que no es el Hombre del Saco, sino Fernando Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba, tardíamente reivindicado por Jacobo Fitz James Stuart –padre de la actual duquesa–, quien en 1952 publicó dos mil doscientas cartas de su antepasado, permitiendo así que Maltby y, más tarde, Joseph Pérez descubrieran en él a uno de los hombres más cultos de su época, educado por Boscán, que leía a Tácito en latín y que, además de ser un excelente general, no carecía de dotes diplomáticas. Dice Pérez que trataba "con consideración" a sus hombres y castigaba severamente "las exacciones injustificadas contra poblaciones civiles".

¿Dónde nació la leyenda del Duque de Alba? No en él mismo, ni en Felipe II, que le había enviado allí, ni siquiera en el emperador Carlos, sino en la condición imperial de España y en la propaganda protestante, que no aspiraba a ecumenismo alguno y era de tan buena calidad para aquellos tiempos como la del Komintern en el siglo XX. Lo que surgió no fue la leyenda del duque, sino la leyenda negra española, con la contribución inesperada de algunos católicos, como el padre Bartolomé de las Casas, un quizá bienintencionado teólogo de la liberación avant la lettre.

No voy a contar en el marco de un artículo todo lo que aquello significó, pero puede bastarnos como ejemplo de lo mucho que queda por hacer al respecto la historia envenenada –y nunca mejor dicho– de Lucrecia Borgia y su familia. Ciertamente, César era un tipo ambicioso y agresivo, aunque no más que cualquier otro amante de la guerra en cualquier tiempo, y probablemente menos que su padre, Rodrigo Borja, papa con el nombre de Alejandro VI. Rodrigo hizo lo posible por acceder al pontificado, pero tal vez no lo hubiese conseguido de no ser España la mayor potencia de la época y el país católico por excelencia. De lo que se derivó lo ventajoso para los españoles de la partición papal del Nuevo Mundo en Tordesillas, en desmedro de Portugal. Todavía hay que contar la historia de los Borja, una familia de lo más normalita comparada con los Médici o los Sforza, por no mencionar el curioso ascenso de los Heristal de la mayordomía del palacio de Austrasia al Imperio Carolingio, fundacional de nuestro mundo y situado entre el romano y el español.

Mi recuerdo de todo ello en esta página, sin embargo, no es ocioso: pretendo remitir al lector español e hispanoamericano al problema de ser imperio e invitarlo a una reflexión sobre los Estados Unidos y el insalvable odio del que es objeto por parte de una gran mayoría de los europeos, los americanos del sur de los ríos Grande y Bravo y los canadienses, que en estos momentos han sumado a sus tremendos problemas internos un movimiento universitario, limitado pero importante, de perfil decididamente nazi.

Los Estados Unidos son hoy el Imperio, una entidad proteica y de variable situación, con sedes, sucesivas o simultáneas, en Tebas, Roma, Pekín, Constantinopla (y más tarde Estambul), Madrid, un lugar indeterminado entre Angulema, Roma y Frankfurt, Londres y, finalmente, Moscú –ahora de capa caída pero sin perder la esperanza– y Washington. Seguro que me olvido de algunos centros imperiales. Lo que cuenta es que cada vez que el poder mundial cambió de sede y una potencia reemplazó a otra, el odio se trasladó tras él.

Yo no dudo de la discutibilidad, en todos los niveles, de la Leyenda Negra: ni el Duque de Alba fue un maníaco asesino, ni los conquistadores fueron unos genocidas que acabaron con la mitad de los ancestros de Evo Morales (la otra mitad, le guste o no a él, fueron españoles). Si hubo ataques sistemáticos contra descendientes de americanos originarios, como dicen los políticos, fue responsabilidad de los gobiernos independientes. Y basta con echar una mirada alrededor en cualquier capital de la América latina para comprobar que no hubo exterminio.

Es discutible, pero está ahí, y más que a cualquier defecto integral e incurable de los españoles se debe a la condición imperial del pasado. Aún hoy hay entre las naciones que una vez fueron provincias de España –nunca colonias: el término no se emplea una sola vez en el inmenso corpus de las Leyes de Indias– un resentimiento inocultable y muchísimos relatos horribles. Lo mismo que les pasará a los americanos el día en que el imperio se desplace, como ocurrirá inevitablemente, por razones que nadie, ni Huntington, ni yo ni nadie, podemos prever.

Y toda la contribución de los Estados Unidos a la formación del mundo moderno, tan enorme como lo fue la española en su día, quedará sepultada bajo toneladas de ignorancia, mala fe y ambición. Nos vamos haciendo pero también somos nuestro pasado: no nos dejemos engañar, al menos en ese terreno.


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