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FRANCIA

La Monarquía que cayó por la corrupción

El 27 de enero de 1848, en el curso de un debate parlamentario, Tocqueville dijo: "La causa real y decisiva que hace perder a los hombres el poder es que hayan llegado a hacerse indignos de conservarlo". ¿A cuántos gobernantes casa esta sentencia?

La percepción de que existe una corrupción general y arraigada hace caer, tarde o temprano, a los Gobiernos, a los regímenes, a las dinastías. Veamos qué sucedió con la monarquía de Luis Felipe de Orleans, un Borbón, en la Francia de 1830 a 1848.

Los liberales franceses se habían unido para combatir la reacción al régimen constitucional que estaban capitalizando Carlos X de Borbón y los realistas del Gobierno Polignac. Tras varios días de violencia en París, el 30 de julio de 1830 los diputados, encabezados por Guizot, Thiers, Perier y Laffitte, ofrecieron a Luis Felipe el puesto de lugarteniente general del Reino. La Fayette, que había sido nombrado comandante de la guardia municipal de París, salió al balcón del Hôtel de Ville a presentar a Luis Felipe como el nuevo rey de los franceses, prometiendo, eso sí, rodearlo de "instituciones republicanas".

Luis Felipe se presentó como "el rey burgués", sencillo, campechano, distinto a sus predecesores. Había aceptado la bandera tricolor, símbolo de los principios de la Revolución, y el pacto con el pueblo para sostener la libertad con orden. A pesar de esto, Luis Felipe padeció un complejo de usurpador. Estaba dominado por una obsesión, la de despojarse de su condición de advenedizo. Para compensar intervino en la vida política, multiplicó las intrigas y con ello la inestabilidad ministerial (diecisiete Gabinetes en dieciocho años). La consecuencia fue su distanciamiento de los verdaderos liberales. Incluso Thiers, uno de los que habían contribuido a auparlo, comenzó a criticar el sistema diciendo aquello de: "El rey reina, pero no gobierna".

Orleans dejó el Gobierno en manos de François Guizot. Éste había nacido en Nimes, en octubre de 1787, en una familia protestante. Su padre fue una de las víctimas de la dictadura jacobina, y su madre se trasladó con sus dos hijos a Ginebra. François volvió a París durante el periodo napoleónico, aun siendo un convencido legitimista que había trabajado por la vuelta de los Borbones. El ascenso al trono de Luis XVIII le llevó a la secretaría general del Ministerio del Interior y a alinearse con los doctrinarios de Decazes. La muerte del Rey y la coronación de Carlos X, un absolutista, le llevaron a dejar la política; entonces se dedicó a dictar unas lecciones que acabaron convirtiéndose en un libro: Historia del Gobierno representativo en Europa (1822). La caída de Carlos X en la revolución de 1830, que entronizó a Luis Felipe, le devolvió a la vida política, donde lideraría el partido de la resistencia.

Guizot fue ministro durante doce años y presidente del Gobierno durante siete. Era partidario de que el Rey eligiera sus ministros teniendo en cuenta la mayoría parlamentaria, admitía que influyera en ellos y que se ocupara personalmente de los asuntos de gobierno. "Un trono no es un sillón vacío", decía. Despreciaba la soberanía nacional y la democracia, y en su lugar veía más útil la soberanía de la razón; es decir, que el ejercicio del poder y de los derechos políticos en toda su plenitud quedara en manos de quienes destacaran por renta o conocimiento. El régimen representativo, pensaba Guizot, sólo podía asentarse en Francia sobre la tradición, la religión, la moral y la justicia; de esta manera, sería el "justo medio" entre la revolución y el absolutismo. La democracia tampoco era su meta: "Enriqueceos por el trabajo y llegareis a ser electores", exclamaba. O:

No hay día para el sufragio universal, ese sistema absurdo que llamaría a todas las criaturas con vida al ejercicio de los derechos políticos.

Debía ser un régimen manejado por la alta burguesía, adinerada, concienciada de la necesidad de mantener el orden social. Guizot basó el sistema en una doble corrupción: la económica y la electoral. Favoreció el enriquecimiento de un grupo social, muchas veces de forma turbia, del que esperaba encontrar el apoyo suficiente para robustecer el marco político y fomentar la prosperidad. Y manipuló las elecciones. La Cámara Baja era siempre adicta al Gobierno. Con el sufragio restringido, los electores eran pocos (menos de doscientos en algunos distritos); algunos eran empleados públicos, a los que el Ministerio influía otorgándoles favores particulares, cargos, pensiones de estudios para sus hijos o licencias para abrir estancos. El resultado era que casi la mitad de los diputados estaba compuesta por funcionarios u oficiales del Ejército.

La corrupción económica en favor de un pequeño grupo social, identificado falsamente con el liberalismo, y la manipulación electoral contaminaron a la sociedad francesa. Por un lado, creció el socialismo en su versión violenta, revolucionaria y arcaizante, dispuesta a eliminar las libertades económicas en pos del igualitarismo y la justicia social. Un socialismo que asaltó por dos veces la Asamblea Nacional en 1848, al comienzo de la II República, y protagonizó el levantamiento de los Talleres Nacionales en junio de ese mismo año; fueron éstos los precedentes de la célebre Comuna de París (febrero-junio de 1871), episodio con mucha más sangre y fuego. Por otro lado, la corrupción impidió que arraigaran las costumbres cívicas necesarias para la conservación de un Gobierno representativo.

El justo medio de Guizot fracasó. La Revolución Francesa no había pasado en balde. La Historia no tiene marcha atrás, y el abandono de los principios acaba pasando factura. Sin verdadera división de poderes, parlamentarismo, elecciones libres ni derechos individuales, en medio de una corrupción generalizada, el régimen de Luis Felipe tenía los días contados. Los liberales y los demócratas se levantaron en 1848, llevando de compañeros de viaje a los socialistas. El Rey abdicó y huyó, dejando en París a su mujer y a su hijo. Guizot tuvo que refugiarse en Londres, donde rechazó el típico sueldo que el Gobierno británico daba a los exiliados y un puesto de profesor. En la capital inglesa escribió De la democracia en Francia (1849), un librito interesante acerca de cómo los conservadores deben hacerse un hueco en un régimen democrático.

En febrero de 1848 se proclamó la II República; no duró porque las costumbres cívicas y republicanas aún no habían arraigado. Todavía el republicanismo debía cambiar mucho, pasar treinta años recalibrando sus principios para que la Francia rural aceptara sin reticencias su sistema. Pero la Monarquía, que los franceses derribaron por corrupta, no volvió al Hexágono. 

 

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