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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La muerte del general López de Ochoa

Ahora sí sé cómo murió López de Ochoa, gracias al relato de un testigo presencial de su ejecución por parte de un grupo de milicianos, con toda probabilidad de la CNT. Los hechos permanecieron entre brumas durante muchos años, hasta que el azar reunió al mencionado testigo (A. M., y reservo para mis memorias, que aparecerán cuando ninguno de los dos esté en este mundo, su nombre completo) con un descendiente directo del general, que a su vez se puso en contacto conmigo.

Buena parte de lo que viene a continuación lo escribí en el prólogo a la edición de unas memorias del General López de Ochoa que publiqué en 2003. Escribí entonces, y lo recupero ahora para ilustración del lector que conozca poco del personaje, lo siguiente:

El general Eduardo López de Ochoa y Portuondo nació en Barcelona, en el seno de una familia militar, en 1877. Era, pues, poco más que un adolescente cuando se vio inmerso en las batallas que culminaron en Cuba en el desastre de 1898. Posteriormente, serviría en la península y, a partir de 1907, en África. Tenía 37 años en 1914, cuando abogó por la entrada de España en la Gran Guerra. Al instaurarse la dictadura, Primo de Rivera, a quien había conocido en África, lo designó gobernador, civil y militar, de Cataluña; pero duró poco en el cargo: hasta 1924, cuando sus enfrentamientos con el dictador llevaron a éste a cesarlo.

Su manifiesto republicanismo llevó a López de Ochoa al exilio en Francia. En aquella época ingresó en la masonería. Más tarde, durante la República, fue por un período breve capitán general de Cataluña. A las órdenes de la República, encarnada para el caso en el jefe del Gobierno, Alejando Lerroux, y el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, del que Francisco Franco Bahamonde era asesor directo, se hizo cargo de la represión de la insurrección de Asturias, en 1934.

López de Ochoa fue asesinado en Madrid el 16 de agosto de 1936.

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Valga el precedente resumen para entrar en lo que es materia de este artículo: la verdad de lo ocurrido en la cuenca minera asturiana, más allá de la propaganda que viene condicionando desde entonces la idea que tenemos de los acontecimientos: el mito de la represión sangrienta y generalizada, que dio lugar a que el general fuese llamado "el verdugo de Asturias".

Lo más importante de la campaña de Asturias, que distó mucho de ser una carnicería o una lucha desigual, es que culminó en una rendición de los mineros, y que ello se debió en gran medida a las capacidades negociadoras del general, demostradas en la ya mítica entrevista del 18 de octubre de 1934 con el líder minero y presidente del comité revolucionario Belarmino Tomás. En el capítulo undécimo de las Memorias de un soldado, el libro que yo mismo me encargué de editar, se da precisa cuenta del encuentro, el diálogo y los acuerdos alcanzados por el militar y el líder obrero, que tuvo por testigo al teniente Torrens, quien había actuado como mediador para que Tomás llegase a la presencia de López de Ochoa. En Campaña militar de Asturias, publicado en Madrid en 1936 y jamás reeditado, López de Ochoa dejó consignada su versión de los acontecimientos.

Uno de los puntos clave de la negociación estaba relacionado con la presencia en Asturias de tropas moras, al mando del entonces teniente coronel Yagüe. Tomás le dijo a López de Ochoa que estaban "dispuestos a sufrir las consecuencias de los actos que habían realizado y, por lo tanto, el castigo que los tribunales impusieran a cada cual", pero pedían que el general les garantizase "con su palabra que las tropas no tomarían ninguna represalia, ni se ejecutaría acto de fuerza alguno", y que lo único que solicitaban como "súplica" era que "de ningún modo se permitiera a las tropas indígenas moras entrar en las poblaciones, pues les tenían verdadero temor por sus costumbres y por lo que de ellos se decía". López de Ochoa se vio en la obligación de enfrentarse a Yagüe, ansioso por lanzar a sus moros sobre la población y crispado por la frustración hasta el punto de sacar la pistola y amenazar al general, sin éxito. Como consecuencia, pocos días después de sofocada la rebelión, el 24 de octubre, cuando Franco llegó a Oviedo en el séquito de los ministros Hidalgo, Guerra del Río y Aizpún, en visita de inspección, abrazó a López de Ochoa y no a Yagüe.

Yagüe, hombre nacido para el infundio, sostenía que el general debía el pacto con los insurrectos a su condición de masón. En realidad, López de Ochoa era capaz de pactar con los revolucionarios asturianos y con quien se cuadrara, porque era una persona dispuesta a escuchar a los demás, cosa que no se le podía alcanzar a Yagüe en modo alguno.

Ha sido error repetido el atribuir a Franco un papel más destacado del que tuvo realmente en la campaña. Ni Franco estuvo allí, ni López de Ochoa fue un verdugo. El primero era sólo uno de los tres jefes militares (los otros eran Luis Castelló Pantoja y Carlos Masquelet Lacaci, jefe de Estado Mayor, es decir, con mando sobre Franco) que estuvieron presentes en la reunión de López de Ochoa con Diego Hidalgo y el ministro de Gobernación, Eloy Vaquero Cantilo, designado hacía apenas cuarenta y ocho horas en reemplazo de Rafael Salazar Alonso. El propio Lerroux, de acuerdo con el presidente Alcalá Zamora, había escogido a López de Ochoa para la misión. Hidalgo, por su parte, había abogado por Franco, y más tarde haría lo posible y lo imposible para que el futuro caudillo interviniera en las acciones. Hidalgo había sido ratificado por Lerroux después de haberse desempeñado en el cargo en el Gobierno de Samper: más tarde le sucederían el propio Lerroux, durante un breve período, y Masquelet, hasta 1936. Castelló sería el primer ministro de la Guerra de la República tras el alzamiento de Franco, en 1936.

Masquelet participó activamente en la defensa de Madrid durante toda la guerra, como amigo y correligionario de Azaña. No hablamos, pues, de figuras menores ni de ultramontanos: las decisiones respecto de la sublevación de Asturias fueron tomadas por un grupo de republicanos, entre los cuales Francisco Franco era el único sin posición política definida, y el que menos poder tenía, si bien poseía la habilidad necesaria para colar a Yagüe en la operación. En cuanto a la acción militar en su conjunto, la iniciativa se dejó en las manos de López de Ochoa, como era deseo del presidente.

López de Ochoa era demasiado independiente, incluso para los gustos de la República: por eso no prosperó políticamente en ninguno de los gobiernos que se sucedieron entre 1931 y 1936, pese a tener más méritos reales que cualquiera de los que ocuparon la cartera de Guerra en aquellos años.

La exitosa propaganda contra el "verdugo" López de Ochoa fue la causa de su asesinato.

Después de la rendición pactada de los mineros en armas, y una vez fuera de Asturias López de Ochoa, algunos mandos militares y de la Guardia Civil procedieron a una venganza lenta y cotidiana. Entre ellos destacó el comandante de la Guardia Civil Lisardo Doval y Bravo, nombrado delegado de Orden Público para Asturias y León por el Gobierno de España. Era éste un viejo conocido en la región, donde había estado, como capitán, a cargo del puesto de Los Campos, en Gijón, durante la dictadura de Primo de Rivera. Su brutalidad había sido tal que, apenas proclamada la República, fue de los primeros procesados en las causas que abrieron abogados tan indiscutibles como Luis Jiménez de Azúa y Eduardo Barriobero y Herrán. Pero las contradicciones de la política republicana eran tales que Doval, pese a las denuncias, no sólo jamás fue sancionado, sino que fue promovido. Su actuación a finales de 1934 y principios de 1935 fue la que cabía esperar. En 1935 fue enviado a África, como jefe de Seguridad del protectorado en Marruecos. Murió en 1975, a los 87 años, en el Hospital Militar Gómez Ulla de Madrid. Pío Moa, en Los orígenes de la guerra civil española II. El derrumbe de la República y del Frente Popular, escribe:
Vencida la revuelta, el comandante Lisardo Doval, de la Guardia Civil, recibió la misión de capturar a los fugados y descubrir las armas escondidas. Doval, más eficaz que escrupuloso, según Madariaga, debió de emplear la tortura, aunque ciertamente sin el carácter indiscriminado (los "miles de obreros martirizados") que le achacaron, como indica el hecho de que durante el Frente Popular no se presentaron, aparentemente, reclamaciones por lesiones y daños que forzosamente habrían resultado. Pero justo a raíz de su mayor éxito, la captura de González Peña, Doval fue retirado de Asturias, a petición de Gil-Robles y otros, lo cual suena a admisión, nuevamente, de que las acusaciones tendrían algún fundamento.
Si hubo un verdugo en Asturias, fue él.

Respecto de la otra parte, dice Azaña:
Del gobiernín, Pradas dice pestes. El más señalado era Belarmino [Tomás], enteramente sometido a la CNT. La política que se ha seguido allí servía para fabricar fascistas. En Gijón, incautándose del pequeño comercio, de las pequeñas propiedades, etcétera, han logrado hacerse odiosos. Encarcelaban a niños de ocho años porque sus padres eran fascistas, y a muchachas de 16 o 18 años, sobre todo si eran guapas. Cuenta Pradas que el jefe de policía de Gijón fue a lamentarse con él, llorando, de todas esas aberraciones. Pradas asegura que no podía evitarlas.
Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, y el subsiguiente alzamiento del 18 de julio, milicianos anarquistas, socialistas y comunistas se concentraron en Madrid, con la idea de que todo se iba a resolver en la capital. Muchos fueron desde Asturias, convencidos por el agit prop de que su enemigo natural y mortal era López de Ochoa. El general Sebastián Pozas Perea, efímero ministro de la Guerra en el Gobierno de concertación de Martínez Barrio, preocupado por el destino de su amigo Ochoa, lo hizo ingresar en el Hospital Militar, imaginando que allí estaría a salvo de la acción de la turba. Se equivocó: allí fueron a buscarlo.

En 2003 escribí:
Según el testimonio de un médico que habló con su hija Libertad años después, lo fusilaron en el patio del establecimiento. Otras versiones dicen que lo subieron a un camión, que se alejó de Carabanchel hacia el centro y en cuyo interior lo decapitaron, al parecer, en la calle General Ricardos. En cualquiera de los dos casos, el resultado sería el mismo: la cabeza de López de Ochoa fue clavada en una bayoneta y, para escarnio de la víctima, paseada por la ciudad entre insultos y escupitajos.
Pues bien: por lo que dice A. M. a día de hoy, ni lo fusilaron en el patio ni le cortaron la cabeza a escondidas en un camión.

Era el viejo Carabanchel aún un límite de la ciudad. De lo que hoy es el Hospital Militar Gómez Ulla –la corrección política lo ha rebautizado "Hospital de la Defensa"– sólo existía entonces el pabellón central, que se conserva, y tres pabellones traseros de menores dimensiones, dos para pacientes y un tercero para cocinas y almacén. Por lo que ahora es el Camino de los Ingenieros y su continuación en la Calle de la Oca discurría el Tren de los Ingenieros, usado por éstos en exclusiva para ir a su trabajo de urbanización al oeste del hospital y de la Glorieta del Ejército, donde había entonces, a falta de la estación de metro de Carabanchel, una plaza, en la que destacaban un local de la CNT, de frente a la entrada al nosocomio, y un cine, en el lado este. Cuando pasaba el tren, no se bajaba una barrera, cuenta A. M., sino que se tendía una cadena. Varias veces desde el 18 de julio hubo intentos de diversos sectores de allanar el hospital y sacar de allí a López de Ochoa, incluido el de una columna de la CNT que llegó disparando desde el Puente de la Mina. El sexto o el séptimo fue el que tuvo éxito.

Había mucha gente reunida en las inmediaciones en aquella tarde de agosto, incluido el niño A. M., entonces de 9 años, que se arrimó al portón del lado oeste del pabellón central del Gómez Ulla, atento a la llegada de un grupo de milicianos, entre los que había una mujer. Sacaron al general en pijama, un pijama claro, dice con exactitud nuestro testigo, que no se explica por qué, después de haber visto tropelías sin número, incluido un enterramiento de fusilados de posguerra en el cementerio de Carabanchel Alto, recuerda con asombroso detalle precisamente aquello.

Lo llevaron hacia el oeste, por el descampado que bordeaba la vía del Tren de los Ingenieros, rodeados por la muchedumbre, tal vez espantada, tal vez sedienta de sangre. La primera idea era fusilarlo allí mismo, pero los asesinos discutieron el asunto entre ellos y decidieron seguir hasta el cerro de Almodóvar, de donde se sacaba arena para la construcción, posteriormente arrasado y urbanizado. Fue en la subida al cerro cuando López de Ochoa se volvió hacia los milicianos, se encaró con ellos y les dijo: "¡Podéis tirar cuando os venga en gana!". Los disparos, simultáneos, recuerda A. M., levantaron el cuerpo del suelo. Todo el mundo miraba en silencio.

Uno de los asesinos pidió una navaja, que fue proporcionada por uno de los enfermeros del Gómez Ulla: una navaja grande, según A. M. Con ella le cortaron la cabeza al general, y la clavaron en la bayoneta del fusil de la miliciana. Con ella en alto, bajaron por la Carretera del Hospital (hoy, Paseo de Muñoz Grandes) hacia General Ricardos y se perdieron de vista. La navaja fue devuelta al enfermero, que pasó años, al menos hasta el final de la guerra, mostrándola y alardeando de su contribución al crimen.

Dice la leyenda que la cabeza fue devuelta, y que hasta la mujer de López de Ochoa la vio, pero no fue así. Su cuerpo, sin cabeza, fue enterrado en el Cementerio del Este al día siguiente, 17 de agosto. El ABC de Madrid publicó una esquela el 18:
Por noticias particulares se supo anoche en Madrid que el general López de Ochoa, procesado por la represión de Asturias, ha fallecido en el Hospital Militar de Carabanchel, donde se hallaba recluido, a causa de una antigua dolencia.
Puro cinismo oficialista. La edición de Andalucía del mismo periódico, en zona nacional, da cuenta de la información, entre otras, glosando un discurso de Queipo de Llano:
Otro testimonio del salvajismo de esa gente lo aportó la manera como han asesinado al general López Ochoa (sic), a suya cama del Hospital llegaron, acribillándole con más de cuarenta balazos.
 

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