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SIGLO XIX

La primera guerra civil española

Benedetto Croce escribió que el gran enfrentamiento del siglo XIX, el que movió a naciones y a pueblos, cambió tronos, erigió repúblicas y trastrocó fronteras, tuvo por actores al liberalismo y a la Iglesia.

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Podrá parecer una superficialidad, pero lo que hubo entonces fue una revolución en las mentalidades, en la visión del individuo y de su ubicación en la sociedad, en la concepción, soporte y finalidad del poder, y en esto chocaban el liberalismo y la Iglesia.

La revolución no se hizo, por ejemplo, tomando una prisión, la Bastilla, o proclamando una Constitución, la de 1812, o repartiendo la propiedad de la tierra; sino venciendo en la pugna por el dominio de una mentalidad sobre otra. Por eso François Furet sostenía que la Revolución Francesa, la que comenzó en 1789, no finalizó hasta los años 80 del XIX, cuando la III República se convirtió en el régimen indudable para la mayoría aplastante de los franceses. La mentalidad ya había cambiado. Sea como fuere, la guerra civil volvía una y otra vez; es decir, el enfrentamiento por concepciones antagónicas del hombre, la sociedad, el poder y la Historia.

En el caso español, ese choque de mentalidades se produjo en la Guerra de la Independencia, cuando un grupo de liberales inició un proyecto para modernizar la nación española que culminó en la Constitución de 1812. Este texto se convirtió en la llave para que se produjera ese cambio en las mentalidades capaz de abrir la nación a las luces, al progreso, a los derechos individuales. Conocían que no era la mejor ley, ni siquiera la que podía concitar un mayor acuerdo, pero su fuerza radicaba precisamente en que era símbolo y motor del cambio. La resistencia a dicha revolución en las mentalidades comenzó entonces y provocó guerras civiles que retrasaron el país, envenenaron las instituciones y proyectaron la imagen de una España salvaje, africana y sangrienta.

La primera guerra civil se produjo en el Trienio Liberal (1820-1823), cuando los resistentes a la libertad se levantaron en armas contra la restauración de la Constitución de 1812. Los liberales culminaban así el proceso iniciado en 1810, frustrado en 1814 por el golpe de estado de Fernando VII. La cárcel y el exilio había sido entonces el destino de muchos de ellos, cuando no la muerte. El pronunciamiento del general Riego, en enero de 1820, apenas tuvo eco en los tres meses siguientes, pero tampoco se produjo una reacción, ni popular ni militar. Ni siquiera el rey reaccionó cuando empezaron a sumarse otros pronunciamientos; es más, le aconsejaron enviar al general La Bisbal a enfrentarse a los sublevados, y el general acabó uniéndose a ellos.

Tras la proclamación, el 7 de marzo, el poder callejero quedó en manos de los liberales exaltados, que idolatraban tanto la Constitución de 1812 como al general Riego. Los exaltados componían la parte radical del liberalismo, y sus principios y maneras adelantaron lo que iban a ser las características de la izquierda liberal del XIX: parlamentarismo tipo Convención –aún no republicanismo–, populismo, revolucionarismo permanente, acaparamiento del poder, lo que suponía marginar a las otras opciones políticas. A imitación de los revolucionarios franceses, se reunían en clubes y sociedades patrióticas más o menos públicas, y publicaban folletos y periódicos –como El Zurriago, La Tercerola (el nombre de un arma de fuego) o El Relámpago– con un lenguaje agresivo y revolucionario. Se decían los únicos liberales y los verdaderos autores de la Revolución; no en vano se definían como exaltados los generales Riego, Espoz y Mina, Quiroga y Evaristo San Miguel.

Los exaltados quisieron la revolución dentro de la revolución. El enemigo ya no era sólo el absolutismo, también el liberalismo moderado. El detonante fue la destitución de Riego como capitán general de Aragón y su destierro a Lérida por organizar a los exaltados aragoneses y criticar al Gobierno de los liberales moderados.

El primer episodio de la revuelta exaltada tuvo lugar en Madrid el 18 de septiembre de 1821, en la denominada Batalla de las Platerías, que no fue más que la dispersión por las fuerzas del orden de una manifestación exaltada en el centro de la ciudad. Hubo después motines en Cádiz, Sevilla, La Coruña, Barcelona y Bilbao, donde los exaltados destituyeron a las autoridades gubernamentales y deportaron a los políticos molestos. La revuelta exaltada, tal y como cuenta el historiador José Luis Comellas, nada proclive a los liberales, "resultó incruenta, y no provocó el menor derramamiento de sangre", terminándola el gobierno con negociaciones y concesiones en noviembre de 1821. Sin embargo, el daño que hizo esta tendencia al régimen constitucional fue grande, pues desestabilizó a los gobiernos con su idea de la revolución permanente, generó un ambiente de enfrentamiento civil y dio munición argumental a los reaccionarios locales y a las potencias absolutistas.

Apaciguados con facilidad los exaltados, los realistas fueron los que encendieron la guerra civil. La contrarrevolución se puso en marcha en 1821; en dos frentes, muy al estilo de Fernando VII: la conspiración en Palacio y las partidas en provincias.

Les era imprescindible la propaganda, que ya emplearon contra la Constitución entre 1812 y 1814. Pero no se trataba de una propaganda cualquiera: era retórica guerracivilista. Los realistas denunciaron que el rey estaba "tiranizado" por los liberales y que la Iglesia era sometida a "profanaciones" diarias; ambas, acusaciones falsas. Los constitucionales habían violado el curso de la historia de España, que unía Trono y Altar, imponiendo una Constitución contraria a la voluntad de Dios y que dirigía el país hacia la República y la "perversión de las costumbres". Los liberales eran definidos por los realistas como jacobinos, masónicos, republicanos, satánicos, ladrones, extranjerizantes, y además tenían la culpa de la crisis económica. La solución era, decían, su liquidación.

La mayor parte de esa propaganda partió de la Iglesia, que se sintió atacada por el nuevo régimen. Las razones fueron que el Gobierno prohibió la profesión de nuevos religiosos hasta que no se reuniesen las Cortes y decretó la expulsión de la Compañía de Jesús, el sometimiento a la jurisdicción civil de todos los eclesiásticos y la supresión de comunidades monacales y de la Inquisición. Con el apoyo del papa Pío VII y del nuncio Gustiniani, el clero utilizó la estructura eclesial para hacer oposición al régimen y al liberalismo; de sus filas salieron dirigentes de partidas armadas como el cura Merino y el Trapense, que dieron a la guerra civil que iniciaron el nombre de "Cruzada".

Martignac, testigo de los hechos por ser la autoridad civil que acompañó a Angulema en 1823, escribió que las partidas se ponían en marcha "conducidas por los curas al grito de Viva la religión, Viva el Rey absoluto" y se presentaban "entonando himnos religiosos":

No era solamente la guerra civil con sus intereses y pasiones odiosas, sino una cruzada con su ciego fanatismo.

El alzamiento realista empezó en septiembre de 1820 en Álava, y luego se extendió por las otras provincias vascas, Navarra y Cataluña; también por Galicia, el Levante y Andalucía. Las partidas actuaban como los guerrilleros de la Guerra de la Independencia; pero con una diferencia: asaltaban los pueblos, mataban a los liberales señalados, robaban, violaban y secuestraban para posteriormente pedir rescates. Era el terror blanco. El número de guerrilleros fue aumentando desde los 3.000 del primer momento hasta los 30.000 de julio de 1823, según el Estado Mayor de Angulema; a esta cifra llegaron poco después de que el Gobierno francés decidiera darles una paga diaria para evitar el pillaje.

Hasta el verano de 1822, los Gobiernos liberales los consideraban facciosos, asimilables a bandoleros y contrabandistas. La visión cambió después del fallido golpe de estado del 7 de julio de 1822, protagonizado por la Guardia Real a instancias del rey. La victoria de las tropas constitucionales convenció a Fernando VII de que la solución era la intervención extranjera, para lo cual era necesario, según le habían asegurado los Gobiernos francés y ruso, la existencia de un ejército propio y de un Gobierno alternativo; es decir, que adquiriera gravedad la guerra civil.

La documentación de los servicios ingleses y franceses, y los propios papeles de Fernando VII, atestiguan que el rey alentó la formación de las partidas realistas y armó la conspiración exterior. Los realistas evitaban el enfrentamiento con las tropas constitucionales, dando solamente la batalla a pequeñas guarniciones. El ejemplo es la toma de Seo de Urgel en junio de 1822: dos mil realistas mandados por el Trapense se enfrentaron a 80 defensores de la ciudad, sobre cuya población ejercieron los primeros todo tipo de tropelías. Allí adquirió gravedad la guerra civil, al formarse, en agosto, la Regencia de Urgel, como un Gobierno alternativo al constitucional; un Gobierno que representaba la "soberanía del rey". A esto le siguió la formación en suelo galo del Ejército de la Fe, de cuyas actuaciones crueles y torpes quedaron espantadas las autoridades militares y civiles francesas.

La guerra civil se libró especialmente en Cataluña, aunque se generalizó por todo el territorio cercano a la frontera francesa, zona donde encontraban refugio los realistas. Espoz y Mina en Cataluña y Torrijos en las provincias vascas y Navarra carecieron de medios suficientes para terminar con un enemigo que rara vez presentaba batalla, pero que reaparecía continuamente tras abastecerse en Francia. El Ejército de la Fe nunca hubiera ganado la guerra civil si no hubiera contado con el auxilio económico y militar francés; es más, no fue más que la avanzadilla indeseada del duque de Angulema. Las tropas realistas de Quesada, Carlos O'Donnell y el conde de España se dedicaban a la venganza y al robo, mientras las poblaciones pedían socorro a las tropas francesas para que evitaran sus desmanes. Por eso se produjo el avance rápido de los Cien Mil Hijos de San Luis, porque la gente demandó la protección que no podía dar el Gobierno constitucional.

El 7 de abril de 1823, los soldados franceses del Ejército de los Pirineos entraron en España por el Bidasoa, Roncesvalles y Cataluña. Eran los Cien Mil Hijos de San Luis, aunque en realidad rondaban los 60.000. Los generales Espoz y Mina, La Bisbal, Torrijos y otros intentaron resistir, pero fue inútil. Tomaron Madrid sin resistencia y avanzaron por Andalucía. Casi cinco meses después, el 31 de agosto, cayó el fuerte del Trocadero, en la bahía de Cádiz, y con él el Gobierno liberal, que allí se había refugiado. Fernando VII recuperaba así el poder absoluto que había perdido en marzo de 1820. A este conflicto de casi tres años, con miles de muertos –imposible dar una cifra exacta–, le siguió una sangrienta represión. Fue la primera guerra civil española contemporánea.

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