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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La repetición de la historia

Como uno lee de manera anárquica, tal vez rebelándose contra las lecturas ordenadas, seleccionadas, orientadas y hasta fragmentarias a las que la universidad nos obligó –para bien, todo hay que decirlo, porque al menos aportó un esquema, por perverso que fuera–, está siempre encontrando cosas, elementos que confirman que la historia se repite, no siempre como farsa, como pretendía Marx en una boutade demasiado célebre como para transmitir una verdad.

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Y es que Marx tenía el mal hábito de buscar leyes donde no las había, y en la historia, si las hay, son pocas. Es cierto que determinadas historias se reiteran, pero no por ley de hierro del relato de los acontecimientos pasados, sino porque toda narración se inicia desde un final conocido –caso contrario, sería imposible construirla– y se elabora desde esa conclusión teórica. Toda repetición es prueba de que algo no ha concluido realmente y, para hacerlo, ha reiniciado el proceso.

Voy a poner unos ejemplos.

A finales del siglo XIII y comienzos del XIV, Raimon Llull –o Raimundo Lulio, o como quiera usted escribirlo, que hay grafías para todos los gustos–, preocupado por la pérdida del Reino de Jerusalem –San Juan de Acre– por los cruzados, y al servicio del rey Jaime II de Aragón, hizo una serie de propuestas para recuperarlo, sentando las bases de lo que alguien recuperaría bajo la conocida forma de la OTAN.

Paso a explicarme. En 1292, Llull escribió Quomodo Terra Sancta recuperari potest, donde proponía la unificación de las órdenes militares que habían ido naciendo a partir de la Primera Cruzada, es decir, los Templarios, los Hospitalarios, los Caballeros Teutónicos y los de la Península Ibérica, bajo un mando único. A ello añadía algo que los servicios de inteligencia modernos harían norma: la creación de una escuela de lenguas orientales para misioneros.

Pero el proyecto no se quedaba allí. En 1305 (13 años más tarde) insistió en el asunto en el Liber de Fine, a la vista de la captura del último superior del Temple, Dalmau de Rocabertí. Como él trabajaba para Jaime II, propuso esta vez que la unificación de las órdenes se hiciera bajo la autoridad de un Rex Bellator, un rey para la guerra, que bien podía ser el suyo, que contaba con la flota catalana y los soldados almogávares.

Fue entonces que apareció Pierre Dubois, quien, en 1306, escribió De recuperatione Terrae Sanctae, en el que llamaba a su propio rey, Felipe IV de Francia, a formar una liga (europea) de reinos cristianos, aunque no en la condición de Rex Bellator, sino en la de Rex Pacis. La idea era la de una cristiandad guiada por Francia, que se encargaría de resolver disputas internas por arbitraje. (Siglos después, alguien diría que "Europa no es un club cristiano", ¿lo recuerdan?)

Tardó tres años más Llull en rectificar, a la luz del proyecto de Dubois y de la fuerza material de su monarca: en 1309 se conoció su Liber de Acquisitione Terrae Sanctae, en el que se inclinaba por una nueva solución parala reconquista de Tierra Santa: se encargarían del asunto los franceses, en el norte, con los Caballeros Hospitalarios, y Aragón, en el sur, con las órdenes locales. O sea, Jaime II y Felipe IV.

Ya sabemos que no se recuperó Tierra Santa y que, en cambio, la cruzada española que fue la Reconquista culminó con fortuna bajo un rey de Aragón, Fernando II, sabiamente ligado por matrimonio con Isabel de Castilla en la unificación de España, como Reyes Católicos.

Ahora, la historia se reitera como tragedia: hay OTAN, hay UE –en la que España no pinta nada pero Francia comparte mando con Alemania, el Sacro Imperio–, y resultan ser tan inútiles como las atinadas sugerencias de Llull y Dubois: Tierra Santa existe gracias al denodado, constante y angustioso esfuerzo de los judíos, y la expansión islámica, contenida desde Lepanto –por esfuerzo español, simbolizado en la manquera del más ilustre de nuestros intelectuales–, vuelve a abrirse paso ante la pusilanimidad, cuando no la connivencia, de los funcionarios encargados de nuestra integridad.

 ¿Y esos hebreos que defienden una Tierra Santa que, antes de serlo para los cristianos, lo fue para ellos como tierra prometida y hogar en el que nació el judío Yehosua? Consta en Macabeos III, apócrifo, pero considerado deuterocanónico por ortodoxos y orientales, la historia de su martirio por Tolomeo IV. La fecha y el hecho histórico son probados. El cuarto faraón de los Tolomeos, en 217 a. C., encerró a los judíos en el hipódromo de Alejandría y los hizo aplastar por elefantes borrachos. (Como se ve, no se inventó nada con el empleo de las plazas de toros ni con el de los estadios de fútbol como sitios de concentración de prisioneros). Pues para esos judíos la historia también se repite como tragedia hoy mismo, cuando naves de guerra iraníes cruzan, sin que nadie pueda detenerlas, el Canal de Suez, esa construcción europea cuya vertiente épica alimentó novelas y películas a montones. Es el primer logro de la era post-Mubarak. Supongo que de perfil.

Como el humor judío es inagotable, en los días de la exitosa algarada que ha resultado en la sustitución de un malo conocido por unos cuantos desconocidos circuló por Israel la especie de que Shimon Peres habría enviado un mensaje a los dirigentes –¿quiénes serían? ¿Lo sabe el Mossad?– de los revoltosos, cuyo texto sería el siguiente: "Cuidado con las pirámides. No las volveremos a construir".

 

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