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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La verosimilitud

Hace poco, tal vez un mes, Alfonso Ussía publicó una nota acerca de Rafael Alberti y un cura espía que, al borde de la muerte, habló de algunos recuerdos. Lo que el hombre contaba, y no dudo que con buena fe, era que Alberti torturaba a presos nacionales –o sospechosos de serlo, o de ser trotskistas o cosas peores, quién sabe– encerrándolos en cabinas telefónicas electrificadas. Pues bien: no creo que nada de eso sea cierto, y voy a explicar por qué.

Las checas fueron unos sitios espantosos, en los que se torturaba brutalmente. A la antigua usanza, es decir, a palos, a patadas, a golpes de puño americano de boxeador sonado, a latigazos... No faltó el resabiado que crucificara a alguien, clavos y martillo en mano. Había verdugos más finos, que seguramente hubiesen deseado incorporar técnicas recientes: la tortura con electricidad, la picana, había sido difundida a partir de finales de 1930 por Leopoldo Lugones, el hijo de poeta, jefe de la policía secreta del general Uriburu, pero ni en los más sombríos relatos del KGB hay registros de su uso antes de 1945: el frío bastaba para muchas cosas, igual que la desnutrición, y esas dos cosas definieron el Gulag mejor que cualquier avance técnico. La picana requería un enchufe y dos electrodos, uno colocado en el cuerpo de la víctima y otro en la mano del torturador, algo al alcance de todos, como arrancar uñas con tenazas. Una cabina telefónica –que en el Madrid de aquellos años solían ser de madera– metalizada y electrificada es un instrumento cuya existencia no se registra en ningún aparato totalitario conocido: enloquecedor, seguramente, pero caro y poco competitivo ante aparatos mucho más sencillos.

Además, boxeadores fracasados o estibadores de puerto con mala leche, como los que reclutaba el internacional Di Maio para la checa de Castelldefels, los verdugos eran verdugos, como siempre ha sido a lo largo de la historia. Ni a los más remotos emperadores o reyezuelos sádicos se les ocurrió jamás pedir a los poetas que desempeñaran ese papel. Es cierto que algunos intelectuales de la República tuvieron checas bajo su control, y valga para ello el ejemplo de Margarita Nelken, pero eso no significaba que ella misma se hiciera cargo de la parte sangrienta. Por otro lado, el paso por las checas solía ser breve, y después de la paliza solía venir la saca de amanecida, tan estimada por los faieros.

Rafael Alberti y María Teresa León se disfrazaban de obreros con monos azules, de un azul mahón, demasiado nuevos, de proletarios señoritos, y se iban a recitar versos a lugares próximos al frente: ése era su papel en el proyecto general de agit-prop republicano inspirado por Bergamín, eficacísimo comisario político, y a la vuelta tomaban vino en Gaylord's con el general Rojo. Pensar que al margen de esas cómodas actividades se dedicaban a torturar es no comprender el funcionamiento del comunismo, que siempre separó perfectamente el show intelectual de la represión y el asesinato.

A mí me ha interesado mucho, desde que empecé a estudiar en serio la Guerra Civil, al margen de toda mitología, el comportamiento de los nacionales, grandes y frecuentes fusiladores, pero rara vez torturadores. Y es que, desde la Inquisición, la tortura sirvió siempre para los propios: no preocupaban a los inquisidores los judíos, sino los herejes cristianos y los falsos conversos. Franco era expeditivo: el enemigo capturado que no tuviese especial relieve, es decir, valor de canje, iba al paredón casi sin escalas. Y los que tenían valor de canje eran archivados, con cama y comida hasta que pudieran servir: casos muy contados, después del fracaso en la negociación de las respectivas devoluciones de José Antonio y el hijo de Largo Caballero (quien, de paso sea dicho, no actuó de modo muy diferente al del general Moscardó: "Grita viva España y muere").

Los miembros de las diversas tendencias republicanas se masacraban entre sí con ganas, pero de forma igualmente expeditiva, como bien supieron en propia carne Andreu Nin, muchos otros poumistas y muchos más sospechosos de poumismo, y algunos pequeños comerciantes catalanes a los que la posesión de una tienda de betes y fils los convertía en irredimibles burgueses: cosa grotesca, pero coherente con la mentalidad de la FAI: verosímil, por tanto.

Rafael Alberti y María Teresa León hicieron el numerito del mono azul, y en cuanto les fue posible escaparon hacia Buenos Aires sin grandes vacilaciones. De los verdaderos torturadores lo sabemos casi todo, y ellos no se contaron jamás ni siquiera en la lista de los sospechosos. Y que tenga en cuenta Ussía que esas cosas se sabían tan pronto como sucedían.

Como la historia es, sobre todo y ante todo, un relato, para realizarse tiene que cumplir con una de las leyes de hierro de la narrativa: la verosimilitud. Y el torturador Alberti con su caja –difícil de conseguir– no es un personaje creíble. No me creo lo que no me puedo creer.

Y por ese camino, el de la acusación loca, que tan a menudo recorre el rencor zapaterista, no vamos a ningún lado. Así no se hace historia: se la pudre. Y, al final, resulta tan estúpido acusar así como desenterrar a Lorca a la fuerza. Si lo encuentran.


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