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TERRORISMO

Los dos demonios de Argentina

La aparición en el diario El País (7-XII-2010) de un artícu­lo de Tzvetan Todorov que desenmascaraba las miserias del terrorismo revolucionario argentino escandalizó a los nos­tálgicos de las utopías totalitarias.

El hecho de que Todo­rov hubiera permanecido sólo una semana en Argentina fue utilizado para impugnar sus conclusiones, cuando éstas no eran sino el fruto de su larga experiencia como estudioso de los regímenes dictatoriales de izquierda y derecha, y también de los campos de exterminio y los gulags. El autor de Memoria del mal, tentación del bien tiene autoridad in­telectual más que suficiente para abordar con rigor la na­turaleza necrófila de los dos demonios que desquiciaron a la sociedad argentina.

Escribe Todorov en el artículo referido:

El periodo 1973-1976 fue el de las tensiones extremas que condujeron al país al borde de la guerra civil. Los Montoneros y otros grupos de extrema izquierda organizaban asesinatos de personalidades políticas y militares, que a veces incluían a toda su familia, toma­ban rehenes con el fin de obtener un rescate, volaban edi­ficios públicos y atracaban bancos (...) Luchaban en nombre de una ideología que, de haber salido victoriosa, probable­mente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos (...) No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos.

El poeta montonero

Montoneros (así bautizados en homenaje a los caudillos feudales del siglo XIX) y el Ejército Revolucionario del Pue­blo (franquicia local de la IV Internacional, trotskista) tenían claro el modelo: la dictadura castrista. Juan Gelman (Premio Cervantes de Poesía 2007), que puso su prosa prime­ramente al servicio del Partido Comunista prosoviético, lue­go del prochino y por fin de la guerrilla castrista –como secretario de prensa para Europa del Movimiento Peronista Montonero–, explicó:

El Partido Comunista argentino postulaba que primero había que hacer la revolución democrático-burguesa y atravesar una serie de etapas histó­ricas, por las cuales, con suerte, nos íbamos a liberar en el año 2500 (...) Cuando se produce la Revolución Cubana, to­das aquellas consideraciones político-ideológicas se van al carajo, pues queda probado entonces que en América Lati­na se puede seguir otra vía para la toma del poder y libe­rarse así de los yanquis.

Gelman, cómplice de los incontables asesinatos que perpetraron sus camaradas, incluidos los de presuntos deserto­res y disidentes de la banda, también fue condenado a muer­te por la jerarquía montonera cuando rompió con ella por razones tácticas. Dicha ruptura no fue acompañada por una reflexión sobre la naturaleza perversa de su propio proyec­to totalitario, y en cambio anatematizó al presidente Raúl Alfonsín cuando éste argumentó que "un demonio combatió a otro demonio durante la dictadura militar", y que por tanto también los terroristas y guerrilleros debían ser sometidos a juicio. Gelman, el poeta galardonado, prometió: "Vamos a empezar la lucha otra vez. / El enemigo está claro y vamos a empezar otra vez".

Disciplina o muerte

En enero de 1960, el Che Guevara enunció ante un grupo de visitantes locales un plan para iniciar un movimiento guerrillero en la provincia de Córdoba. La idea no cuajó, pero en 1963 el periodista Jorge Masetti, ex jefe de la agencia oficial de noticias cubana, Prensa Latina, y hombre de confianza del Che, organizó el Ejército Guerrillero del Pueblo, que inició, en la provincia de Salta, su campaña contra el más intachable de los presidentes argen­tinos: Arturo Illia. Masetti, que se hacía llamar Comandan­te Segundo, para hacer creer que el Primero era el Che en persona, no tardó en fusilar a cuatro de sus secuaces, acu­sados de transgredir la rígida disciplina miliciana. Tres guerrilleros murieron literalmente de hambre, Masetti se esfumó y los restantes cayeron prisioneros.

Perón y el Che

El ideólogo argentino de la guerrilla peronista fue un des­cendiente de irlandeses, John William Cooke, periódicamen­te radicado en La Habana, desde donde intentó, en vano, sellar un pacto entre Juan Domingo Perón y Fidel Castro. Pe­rón, un embaucador sin escrúpulos, podía alentar simultáneamente a los jóvenes revolucionarios y a los pistoleros de ultraderecha que los masacraban; podía, asimismo, abrazar­se con los más retrógrados dictadores latinoamericanos y escribir, cuando murió el Che:

Hoy ha caído, en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el comandan­te Ernesto Che Guevara. Su muerte me desgarra el alma por­que era uno de los nuestros, quizás el mejor (...) El peronis­mo rinde su homenaje emocionado al idealista, al revolucio­nario, al Comandante Ernesto Che Guevara, guerrillero argentino muerto en acción empuñando las armas en pos del triun­fo de las revoluciones nacionales en Latinoamérica.

En verdad, si algo compartían Perón, Guevara y los fanáticos de izquierda y de derecha era aquella exhortación del Che a actuar como "una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar".

Millones en La Habana

Adoctrinados por Cooke y, aún más, por sus escritos después de que un cáncer pusiera fin a su vida en 1968, los jóvenes revolucionarios continuaron alimentando la ilusión de implan­tar en Argentina una dictadura de cuño castrista. En I967 la Organización Latinoamericana de Solidaridad, reunida, cómo no, en La Habana, resolvió crear en cada país un Ejér­cito de Liberación Nacional. Así nacieron las Fuerzas Arma­das Peronistas, uno de los grupos que habrían de fusionar­se en Montoneros. A partir de 1965 los precursores de estos grupos peronistas y del ERP trotskista ya habían empezado a viajar a Cuba para recibir adoctrinamiento, entrenamien­to militar y equipos de combate. Entre 1967 y 1968 viaja­ron a Cuba dos de los que habrían de ser los asesinos del general Pedro Eugenio Aramburu: Norma Arrostito y Fernando Abal Medina, autor este último del disparo homicida. El ter­cer culpable convicto y confeso del crimen con el que ini­ciarían su feroz trayectoria Montoneros fue Mario Eduar­do Firmenich, quien se convirtió en asiduo visitante de La Habana cuando la banda decidió ocultar allí el cuantioso botín obtenido en numerosos atracos y secuestros. Sólo el de Juan y Jorge Born reportó, en 1974, 64 millones de dólares.

Martín Caparros y Eduardo Anguita transcriben en un pa­saje de La voluntad, su descomunal (3 tomos, 1.900 páginas) reseña casi hagiográfica de la ofensiva revolucionaria, una curiosa advertencia que Fidel Castro formuló a un grupo de novatos: "Aquí ustedes reciben instrucción y después ha­cen lo que quieren. Es más, si alguno sale a robar bancos con lo que aprendió acá, no es problema de la Revolución Cubana, será problema del que lo hace". El mismo libro describe las tratativas de los guerrilleros peronistas y trotskistas nada menos que con el comandante Arnaldo Ochoa, que entonces estaba al frente del Ejército en la región de La Habana y más tarde, ya convertido en héroe nacional, sería fusilado por orden de Castro; y con Manuel Piñeiro, Barbarroja, viceministro del Interior y jefe del Servicio de Inteligencia cubano.

Arengas envenenadas

En 1988 Hebe de Bonafini, la soez mandamás de las Madres de Plaza de Mayo, se jactó de que los insurrectos estaban subordinados a los esquemas de la dictadura castrista:

He­mos venido por primera vez a Cuba para conocer todo lo que podamos de esta revolución con la que soñaron nuestros hijos, este espejo en el que ellos se miraban y que era también el espejo del Che.

No se equivocaba Todorov al sostener que los derrotados "luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera sali­do victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos". Para confirmar esta hi­pótesis, basta estudiar las arengas envenenadas de la cita­da señora Bonafini. En 1996 manifestó su simpatía por los terroristas etarras: "Sabemos de sus luchas, de sus esfuer­zos por ser libres (...) No dejen de rebelarse frente al sis­tema (...) nunca bajen la cabeza ante la represión". En 1999, cuando alguien le preguntó por qué no se reunía también con las madres de las víctimas del terro­rismo, la descarada respondió: "Nosotras nos juntamos con los que luchan y no con los familiares de los militares y policías que torturan, matan o violan".

Festejar la matanza

La señora Bonafini no se recató a la hora de exhibir su mayúsculo des­precio por los derechos humanos e incluso por la vida huma­na cuando, después del ataque contra las Torres Gemelas, brin­dó con champán, en La Habana, para festejar la matanza. Entrevistada por la revista argentina Tres puntos (25-X-2001), vociferó:

¿Pero cómo no me voy a poner contenta de que ha­yan caído esos hijos de puta alguna vez? (...) Es verdad que me alegré y festejé el hecho de que a este capitalismo sal­vaje que nos destruye le haya tocado alguna vez. Ellos no me dan lástima. Están cagados de miedo.

Y en una conferen­cia para adictos confirmó:

El día del atentado yo sentí que había hombres y mujeres muy valientes (...) Declararon la guerra con sus cuerpos, manejando un avión para estrellar­se y hacer mierda el poder más grande del mundo. Y me puse contenta, por qué no.

Es significativo que esta sádica sea la acompañante fa­vorita de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en todos los actos donde, con el pretexto de la memoria histó­rica y la defensa de los derechos humanos, fingen rendir homenaje a las víctimas de la dictadura militar, aunque lo que hacen es canonizar a los protagonistas más perversos de la campaña subversiva mientras relegan al olvido a los muchos, muchísimos, caídos inocentes: los "indiferentes y los tibios" a los que amenazaba el general Saint-Jean.

Tampoco hay que extrañarse de que sea así: el peronis­mo acoge, en obscena promiscuidad, a los devotos de todas las supercherías violentas de izquierda y derecha, amance­bados con caudillos suburbanos aliados del narcotráfico y la trata de blancas, empresarios privilegiados, funcionarios corruptos, sindicalistas mafiosos y una fauna variopinta de políticos camaleónicos.

Carnavales demagógicos

¿Derechos humanos? Este nefasto conglomerado sólo se acuer­da de ellos para manosearlos en sus festivales demagógicos. Carlos Brocato, un clarividente intelectual argentino des­preciado por la izquierda, con la que él, sin embargo, se identificaba, abordó este tema con implacable racionalidad:

Las fuerzas represivas secuestran y asesinan (...) El foquismo terrorista también secuestra y asesina. ¿Por qué razón debo aceptar que el terrorismo no hace esto sino que captu­ra y ejecuta? (...) ¿Por qué un robo se convierte en una expro­piación por el simple hecho de que quienes lo perpetran invocan la revolución, los ideales socialistas?

Y más adelan­te hace decir, caricaturizándolos, a quienes adjudican cualidades angélicas a su demonio favorito:

Debéis dejar en libertad a esos luchadores porque no tenéis derecho, represores, a impedir que ellos continúen disparando contra vosotros.

Igualmente racionales fueron los argumentos que esgri­mieron, en la revista Controversia, publicada en México, algunos veteranos ideólogos de la izquierda argentina tras su ruptura con Montoneros. "Además de los caídos en ac­ciones, muertos de guerra reconocidos por ambos bandos –es­cribió allí Héctor Schmucler–, hubo policías sin especial identificación muertos a mansalva, hubo militares asesina­dos sólo por ser militares, dirigentes obreros y políticos exterminados por grupos armados revolucionarios que reivindicaban su derecho a privar de la vida a otros seres en función de la justeza de la lucha que desarrollaban (...) En nombre de la lucha contra la opresión, la guerrilla ha edificado estructuras de terror y violencia".

La alianza de los demonios

En el mundo real, el demonio de la represión y el de la he­gemonía revolucionaria se entendieron maravillosamente, pues compartían el desprecio a los derechos humanos. La URSS ve­tó sistemáticamente las resoluciones de la Comisión de De­rechos Humanos de la ONU que condenaban a la dictadura mi­litar argentina, y fue socia comercial privilegiada de los represores. Los jefes de los Ejércitos argentino y rojo intercambiaron condecoraciones en agosto de 1979.

En 1982 el general Reynaldo Bignone, último presiden­te de la Junta Militar, hoy condenado por asesi­nato, se abrazó en Nueva Delhi, durante la Conferencia de Países No Alineados, con su colega dictador Fidel Castro, rubricando la alianza de los dos demonios contra las demo­cracias occidentales con motivo de la guerra de las Malvi­nas. Algún día la sociedad argentina tendrá que incorporar esta verdad a su memoria histórica: no fueron los guerrilleros ni los políticos debilitados quienes derrotaron a la dictadura militar. La derrotó la mano de hierro de Margaret Thatcher, encarnada en la fuerza expedicionaria británica.

Y otra verdad, muy dolorosa y difícil de digerir, es que si el demonio represor no hubiera derrotado al demonio guerrillero, éste habría impuesto una copia de la dictadu­ra castrista que ni siquiera los progres despistados que descalifican las tesis de Todorov podrían soportar.

 

EDUARDO GOLIGORSKY, autor de CARTA ABIERTA DE UN EXPATRIADO A SUS COMPATRIOTAS (Sudamericana, Buenos Aires, 1983).

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