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ESPAÑA

Los Estados Unidos y el 23-F

Contrariamente a lo que ha escrito un analista de El País, las claves sobre el 23-F no las podemos encontrar en una novela bien estructurada, la anatomía de un instante que no diferencia bien la ficción de la historia. Han sido historiadores freelance, no académicos, como Pío Moa y Jesús Palacios quienes han analizado con rigor la anatomía y la fisiología de la época (la Transición) y del patético episodio.

La excelente obra de Jesús Palacios 23-F, el rey y su secreto se ha convertido, en opinión de los expertos, en la investigación definitiva para la explicación de la infame intentona frustrada, primero de una serie de agujeros negros de nuestra democracia (la responsabilidad última de los GAL, el 11-M, el caso Faisán, etc.) que, junto a las cotas de corrupción partitocrática, contribuyen a certificar que la nuestra es una democracia fallida. No son la Nación ni el Estado lo que ha fallado, sino el sistema democrático, por lo que alardear de que la nuestra es una democracia consolidada es cosa de sociólogos y politólogos (generalmente de izquierdas) o de gente adepta al wishful thinking.

Palacios ha allanado el camino a los futuros historiadores que se encarguen de completar la información, abundar en los detalles y perfilar el contexto del 23-F, pero en lo esencial la explicación ya está dada. Con motivo del trigésimo aniversario han aparecido varios ensayos, muy diversos en la interpretación, si bien han predominado los signados por el sesgo político o personalista. Muchos de ellos, y no sólo los de inspiración progresista, han insinuado la posible responsabilidad –activa o pasiva– de los Estados Unidos. Casi siempre son los reflejos inevitables de esa paranoia antiamericana que afecta transversalmente a la sociedad española.

En sus manifestaciones más absurdas, el dedo apunta a la administración "ultraconservadora" de Ronald Reagan; olvidan quienes tal sostienen que el político republicano tomó posesión del cargo de presidente sólo un mes antes del 23-F, por lo que difícilmente su equipo –muy distanciado políticamente del gobierno precedente– pudo participar en la conspiración. Especialmente cuando el demócrata y progre Jimmy Carter había dejado la política exterior norteamericana sumida en la incongruencia, el caos y la debilidad (caída del Sha, ascenso del ayatolá Jomeini, crisis de los rehenes en Irán, invasión soviética de Afganistán, triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, etc.). El almirante Stansfield Turner, director de la CIA con Carter, se dedicó a torpedear el funcionamiento de la agencia, como él mismo confesaría, ufano, en sus memorias (Secrecy and Democracy. The CIA in Transition, 1985).

El embajador norteamericano en España antes y durante el 23-F era Terence Todman, nombrado por la administración Carter, y el presunto jefe de la estación de la CIA en Madrid era Allen Smith (el ex miembro del Cesid Juan Alberto Perote ha llegado a decir que el verdadero jefe era Ronald Edward Estes, aunque no creo que tenga pruebas para hacer tal afirmación). Conocí personalmente a Todman y a Smith en el verano y en el otoño de 1980, respectivamente. Ambos me parecieron magníficos profesionales, inteligentes y patriotas, pese a los jefes que en ese momento tenían. Con Smith llegué a tener una relación incipiente de amistad, e incluso en la mera víspera del 23-F (fue la última vez que me entrevisté con él, por iniciativa suya) no me dio la impresión de que estuviera conspirando. Ese día me contó que la embajada tenía informaciones de que se tramaba "algo" (nunca dijo un golpe), con la anuencia del Rey y del partido socialista. Esa información le parecía, y a mí también, un tanto surrealista, ya que el informante, aparentemente, era Manuel Prado y Colón de Carvajal, amigo personal del Rey, que podría participar también en la trama.

Retrospectivamente, me parece puro delirio la insinuación hecha por algunos de que la CIA estuvo involucrada, cuando veinticuatro horas antes del asalto al Congreso el responsable máximo de la misma estaba tranquilamente tomando un café con el que escribe en la cafetería Mazarino de la madrileña calle de Eduardo Dato. Smith sabía algo de la llamada Operación De Gaulle, sí, pero no tenía la más remota idea de lo que iba a suceder al día siguiente. En caso contrario, no hubiera estado perdiendo el tiempo conmigo.

Generalmente no se tiene en cuenta que, en los Estados Unidos, la diplomacia y el espionaje, la Secretaría de Estado y la CIA, actúan paralelamente y no siempre coordinados; de hecho, ha habido y hay continuas fricciones, cuando no abiertas guerras civiles burocráticas, entre ambas instituciones, especialmente en momentos de caos o crisis, como los últimos meses de la administración Carter. Allen Smith buscaba la confirmación de las informaciones que la diplomacia americana manejaba, y procedentes, con probabilidad, directamente del Rey a través de su amigo Prado y Colón de Carvajal.

Por iniciativa mía, e invitado por el rector Morodo, el embajador Todman visitó Santander los días 17, 18 y 19 de julio de 1980. En la conferencia que dio en la Menéndez Pelayo, ante una audiencia entre la que se contaban todas las autoridades civiles y militares de la región, así como el banquero Emilio Botín senior y, por supuesto, el rector Raúl Morodo (muy cercano ya al presidente Suárez), Todman elogió la Transición y apoyó con firmeza la "consolidación democrática" –tengo ante mí el texto, y veo la referencia expresa–; además, sugirió la conveniencia de la incorporación de nuestro país a la OTAN.

La historiografía de izquierdas (por ejemplo, Paul Preston en su obra sobre Don Juan Carlos) ha insistido en dar una imagen de Todman como embajador de extrema derecha (recuérdese que lo había nombrado el demócrata y progresista Carter), subrayando sus entrevistas con el general Armada antes del 23-F... y silenciando las que mantuvo con políticos de izquierdas como el socialista Felipe González y el comunista Jordi Solé Tura.

Las referencias a las conexiones de la embajada norteamericana y la CIA con la inteligencia militar española (Cesid) son muy escasas y meras hipótesis, más que hechos comprobados, según los autores mejor informados: Martínez Inglés, Perote y, sobre todo, Palacios. Este último señala con razón que no existe prueba alguna, y que sigue clasificada –sospecho que por deferencia a las altas autoridades de un país aliado– la documentación del gobierno americano. Yo me inclino a pensar que tanto la embajada como la CIA tenían información sobre una trama que implicaba, parafraseando al clásico, del Rey abajo, a todos.

Desde esa perspectiva, tengo que estar de acuerdo con lo que dijo el secretario de Estado del presidente Reagan, Alexander Haig (personaje con el que, por otra parte, no simpatizo mucho): "Es un asunto interno". Aunque podía y debió haber añadido, como hizo Margaret Thatcher, que, en cualquier caso, apoyaba la democracia española.

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