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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los fondos de la revolución argelina

Argelia existe y hasta se ha conformado como nación debido a la mal llamada colonización francesa: en realidad, Argelia no era colonia ni factoría, sino Departamento (provincia) de Ultramar.

A la llegada de los franceses al Magreb, en el territorio hoy argelino se hablaban nada menos que veintinueve variantes del árabe, en su mayoría mutuamente ininteligibles, de modo que el Frente de Liberación Nacional tuvo que hacer su revolución independentista en la lengua del enemigo.

Fue una revolución extraña, seudosocialista, de república popular, y con el Islam relativamente oculto en los fondillos de los dirigentes. Yo tardé quince años en darme cuenta de que no se trataba de un país laico, exactamente en el momento en que Ben Bella, que había pasado catorce años en prisión tras el golpe de estado de Boumedienne, fue liberado y empezó a hablar en la prensa francesa como un mulá. Después, ya se sabe, vino el triunfo democrático del FIS, que era algo así como la expresión de lo más profundo del alma musulmana de los argelinos de pro, no de los negros de la cabila. Nos pasamos no sé cuántos días debatiendo como idiotas si se debía entregar el poder o no a esos tipos que eran la quintaesencia de la reacción más feroz, lo más corrupto del antiguo FLN, tal como Hamás es hoy una excrecencia de la muy podrida Al Fatah de los años feroces de Arafat.

Pero ahora, leyendo la biografía de Simone de Beauvoir escrita por Danièle Sallenave y publicada hace poco por Galaxia Gutenberg –excelente, por otra parte, con el defecto de la mayoría de las biografías: la autora está fascinada por el personaje–, me encuentro con el relato políticamente correcto, desde el punto de vista de la progresía acrítica, de los sucesos de la revolución argelina vistos desde Les Deux Magots y tras el regreso de la Cuba de los primeros tiempos, cuando todo era euforia.

Sartre prologó entonces Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, médico psiquiatra martiniqués afincado en Argelia que, cuando se enfermó, fue a buscar tratamiento en los Estados Unidos, donde murió, en Bethesda, Maryland, en 1961. Su hija se casó con un hijo de Mendès-France. Recuerdo haber comprado el libro en la extinta librería México, del Fondo de Culura Económica, en Madrid, en pleno franquismo. Lo tenían en el escaparate. En su furor anticolonialista, Fanon escribía:
Abatir a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, acabar a la vez con un opresor y con un oprimido; lo que queda es un hombre muerto y un hombre libre.
Sartre y la Beauvoir estaban en el momento cumbre de sus extremismos, apoyando a Mao y a casi cualquier grupo terrorista, incluida la Baader Meinhof. Yo lo vi a él unos años después de esto, distribuyendo un periódico reivindicativo en la puerta del tribunal en el que se juzgaba a Alain Gesmair. Era un anciano adolescente.

Pues bien, en los años inmediatamente anteriores a la independencia de Argelia, que tuvo lugar en julio de 1962, la Beauvoir se dedicó a dar conferencias allí donde la invitaran, para hablar de Argelia. Y resulta que uno de sus temas favoritos era el de las torturas que los franceses de la OAS infligían a los militantes del FLN, en especial la cuestión de la violación sistemática de las mujeres.

Albert Camus.Hace poco, preparando un artículo sobre las profecías literarias de Roberto Arlt que se publicó en la Revista de Occidente, recordé algo que me había contado un antiguo miembro del FLN en Cuba, en la época en que yo, joven revolucionario, andaba por ahí. La más improbable de las fantasías arltianas en su imprescindible novela Los siete locos era la de la financiación de una revolución, la que planifican los locos del título, mediante una cadena de prostíbulos. En realidad, estoy escribiendo este artículo para que quede constancia de aquel encuentro habanero, porque lo que el hombre me dijo entonces fue que ésa había sido una de las formas de provisión de fondos para los nobles revolucionarios que aspiraban a, y consiguieron, la independencia de su país, con todo lo que ello conllevaba, entre otras cosas la liquidación de la escuela pública francesa, gratuita, obligatoria y no confesional, capaz de educar a un Camus. Creo que soy el primero en contarlo, jamás lo encontré escrito y la fuente era indiscutible.

Claro que en ello participaba el islámico desprecio por las mujeres, las mismas a las que la Beauvoir quería librar de la OAS y a las que consideraba seguras y respetadas camaradas revolucionarias. Fue una de mis mayores desilusiones en relación con el cuadro idílico que me había formado en mi torpe cabecita, pero también uno de los pasos más claros hacia la racionalidad occidental, a la que los Sartre y sus seguidores no sólo habían renunciado, sino de la cual se habían declarado enemigos. ¡Tan luego ellos, con su espíritu canalla tan típicamente europeo! ¡Tan luego ellos, de la Sorbonne, de la élite intelectual, despotricando contra todo lo que eran! ¡Y de qué manera nos sedujeron y durante cuánto tiempo!

La revolución era la cuna del hombre nuevo. Todas las revoluciones, comunistas o fascistas, lo eran. Pero el hombre nuevo era un rufián y, para colmo, dichoso, como el de Cervantes. Fue el caso inaugural, que se repitió posteriormente, hasta llegar a la profesionalización absoluta con el Ejército de Liberación de Kosovo, que, terminada su guerra de liberación, se dedican a tiempo completo al tráfico de armas, droga y esclavas sexuales. Proveen de armas, entre otros distinguidos clientes, a las FARC –aviones incluidos– y a ETA. Ya no se limitan a tener prostíbulos, sino que tienen campos de entrenamiento, en que las muchachas son sometidas a violaciones sistemáticas, varias veces al día, antes de salir al mercado.

Los ustachi de Pavelic formaron la policía política de Perón y la OAS, pero no tuvieron inconveniente en ser maestros de guerrillas populares: de ellos viene todo el saber de las organizaciones terroristas de Medio Oriente y de Montoneros, por poner sólo dos ejemplos.

Hay que volver a contar la historia de las revoluciones de la modernidad. En realidad, ha empezado a hacerlo con extraordinaria solvencia María Teresa González Cortés en un libro imprescindible: Los monstruos políticos de la Modernidad. De la Revolución Francesa a la Revolución Nazi (1789-1939). El recuerdo de los prostíbulos del FLN (que también funcionaban en París) es sólo una nota al margen.


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