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ESTADOS UNIDOS

Los hispanounidenses y la democracia

Armando Miguélez

Durante todo el siglo XIX, los hispanounidenses participaron en el juego político norteamericano con la mayor buena voluntad; dentro de lo que se les permitía…

Aunque la exclusión parcial de facto estuvo ahí durante todo el siglo XIX, los hispanounidenses siempre sintieron admiración por el sistema electoral de los Estados Unidos. Y en ello siguen. De hecho, se preocupaban por que las distintas elecciones fueran acordes con lo estipulado por la Constitución. En los territorios más hispanos, en el Sureste y en el Suroeste, no siempre era así, de ahí que en 1855 el diario El Clamor Público de Los Ángeles alertara de la importancia de que los comicios fueran limpios:
De la urna electoral proceden todas las dignidades que concede el pueblo, y a menos que se reprehenda [sic] el espíritu de desprecio a la santidad del derecho de sufragio (…) no puede haber adelantos seguros y permanentes en los negocios públicos. Si se eligen oficiales por medios corrompidos, es locura esperar que sean buenos.

En la defensa de estos principios no había diferencias ideológicas: los compartían desde los más conservadores, liberales y libertarios hasta los más socialdemócratas o radicales.

En este artículo traemos a colación un texto de Regeneración, periódico antiporfirista y de tendencia radical editado en San Antonio (Tejas), San Luis (Misuri) y Los Ángeles (California) entre 1904 y 1922, por Juan Sarabia y los hermanos Flores Magón (Jesús, Enrique y Ricardo). Su autor describe fascinado el ambiente de la noche electoral de las presidenciales de 1904, que enfrentaron a Alton B. Parker, del Partido Demócrata, y a Theodore Roosevelt, del Partido Republicano, y se saldaron con la victoria de este último.

Resulta curioso que el articulista no preste atención al resultado. Lo que le llama poderosamente la atención, lo que le admira, como recién aterrizado en los Estados Unidos, es el fervor popular y la esperanza y confianza de la gente en el sistema político. Inmediatamente, establece una comparación con México, el país de origen de los redactores del periódico. El contraste no puede ser más llamativo.

En México, las elecciones no interesaban a nadie, pues siempre salía el mismo. Porfirio Díaz fue reelegido hasta ocho veces entre 1876 y 1910, cuando el Partido Nacional Anti-reeleccionista, de Francisco I. Madero, entra en escena y fuerza el fin del porfiriato.

El articulista quisiera que esas mismas emociones a favor de la libertad y el respeto electoral que veía en la sociedad norteamericana estuvieran también presentes en México.

El sistema representativo y republicano de los Estados Unidos causaba hondo impacto en los hispanounidenses de vieja y de nueva planta, como también se lo causóa Alexis de Tocqueville.

Democracia. Una elección en los Estados Unidos (12-XI-1904)

La noche del 8 al 9 del actual se conoció el resultado de las elecciones para Presidente de los Estados Unidos.

Hemos visto un espectáculo que nunca conocimos en nuestra patria, no obstante que nuestra patria se llama República y no obstante que nosotros nos llamamos ciudadanos. Hemos contemplado un espectáculo de democracia.

El día 8, y sobre todo la noche, fueron [sic] de ansiedad inmensa. Todos se preocupaban por el resultado del escrutinio que estaba verificándose. La gente se agolpaba frente a las oficinas de los periódicos que, de momento en momento, recibían y daban a conocer al público telegramas que señalaban las peripecias del escrutinio. La curiosidad devoraba los ánimos y las emociones se sucedían violentas. Tan pronto la mayoría de votos estaba a favor de Parker, candidato del partido Demócrata, como a favor de Roosevelt, candidato del partido Republicano. Se ignoraba quién triunfaría al fin, pues los nombres de los dos candidatos salían casi con igual frecuencia de la urna. Quién aseguraba la victoria de Roosevelt, quién la de Parker. Por fin el telegrama transmitió la última noticia, y una gran emoción conmovió de un extremo a otro, el organismo inmenso de la nación americana; el partido Demócrata estaba vencido, Teodoro Roosevelt era el Presidente Constitucional de los Estados Unidos.

¡Qué diferencia entre este espectáculo imponente, grandioso, democrático y las ridículas farsas electorales con que se ultraja al pueblo en nuestra patria!

En México una elección presidencial no proyecta emociones, ni ansiedades, ni dudas. En México, la tiranía ha impedido el democrático funcionamiento de los partidos políticos, y todos sabemos que siempre y obligadamente ha de triunfar en la elección presidencial el único y eterno candidato que desde hace 27 años ensombrece nuestro horizonte con su fatídica figura. Todos sabemos en México que Porfirio Díaz se ha de imponer brutamente en el puesto que usurpó a Lerdo de Tejada y por eso ante nuestras pretendidas elecciones no sentimos curiosidades ni ansiedades, cuando más sentimos indignación.

Pero aún no lo hemos perdido todo. Si luchamos honrada y patrióticamente contra la tiranía, podemos restablecer en nuestra patria querida el reinado de la Democracia.


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ARMANDO MIGUÉLEZ (miguelez@semanarioatlantico.com), doctor en Literaturas y Culturas Hispánicas.

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