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CEROS Y UNOS

Los papás del Office

A estas alturas, parece como si no existiera otro procesador de textos que Word, ni más hoja de cálculo que Excel. Pero lo cierto es que ambos productos tardaron muchísimo en imponerse.

Los primeros procesadores de texto fueron los vendidos por la americana Wang, empresa pionera en el sector de las calculadoras electrónicas pero que se dio cuenta a tiempo de que no podía ganar la guerra de precios a las compañías japonesas de electrónica. Wang ofrecía un producto completo, que consistía en una suerte de computadora algo recortaíca pero que permitía editar el texto antes de imprimirlo. Su primer aparato, el Wang 1200, fue el fruto del experimento de conectar una calculadora con una máquina de escribir eléctrica de IBM. Permitía almacenar hasta 20 páginas de texto y editarlas, línea a línea, si se había cometido algún error.

Lanzado en el 74, el cacharro y sus sucesores tuvieron cierto éxito compitiendo con las máquinas de escribir de la época. Tanto Wang como otras muchas empresas, entre las que estaba IBM, ofrecían productos similares. Pero una vez empezaron a abaratarse los ordenadores personales, los procesadores de texto como software se convirtieron en superventas... y las ventas de sistemas completos cayeron; Wang se dedicó a vender ordenadores para sobrevivir de mala manera y entró en suspensión de pagos a comienzos de los 90.

Al principio, cada fabricante de ordenadores tenía su propio procesador de texto. Eran muy limitados porque las pantallas sólo permitían mostrar 40 caracteres en cada línea, en lugar de los 80 que podían imprimirse en papel. Pero a finales de los 70 comenzaron a popularizarse pantallas mejores y, también, un sistema operativo más o menos común a muchos fabricantes, el CP/M. Así que se dieron las condiciones para que un programa se hiciera con el mercado. La china le tocó a WordStar. Creado por Seymour Rubinstein, que venía de trabajar en un fabricante de clones del primer ordenador personal –el Altair 8080–, prolongó su reinado de los ordenadores que funcionaban con CP/M al PC, pero la cagó a modo con el lanzamiento, en 1984, de WordStar 2000.  El programa era mejor, pero más lento que su predecesor, y encima cambiaba por completo el interfaz de usuario. Obligados a aprender un nuevo programa, muchos de sus usuarios optaron por un competidor llamado WordPerfect, que dominaría el mercado durante el resto de la década y que fue durante años el producto para ordenadores personales más vendido.

Algo parecido sucedió con las hojas de cálculo. La idea fue concebida por un estudiante mientras veía a su profesor escribir en la pizarra un modelo financiero: cada vez que cometía un error o quería cambiar un parámetro, tenía que ir borrando y sustituyendo los valores uno a uno. Dan Bricklin, el chavalote observador, pensó que un ordenador podría hacer la misma operación pero de manera automática. Así que en el 79 lanzó VisiCalc para el Apple II. Fue un éxito absoluto que, de hecho, ayudó al ordenador de la manzana a convertirse en el más vendido de su generación y a instalarse en la mesa de numerosos ejecutivos.

VisiCalc se llevó al PC con cierto éxito –fue una de las aplicaciones que IBM procuró estuvieran disponibles desde el minuto uno–. En vista de su dominio, la compañía decidió diversificarse e invertir en un entorno gráfico propio, VisiOn, que, como todos los lanzados a mediados de los 80, fracasó. En el 83 VisiCalc tenía unos ingresos de unos 40 millones de dólares y en el 85 había dejado de existir. El responsable de semejante descalabro fue Mitch Kapor, que les había vendido un par de productos para mejorar el programa y que empleó el dinero para crear –y anunciar– una alternativa mejor. Su programa se llamó Lotus 1-2-3. Eso sí, fue lo suficientemente majo como para comprar los restos de la empresa rival, que al fin y al cabo había financiado la soga que la ahorcó.

Windows 3.0, la clave de todo

Bill Gates pensaba que el dinero no estaba tanto en los sistemas operativos como en las aplicaciones, así que decidió invertir buena parte de la plata que recibía por las ventas de MS-DOS en desarrollar programas de ofimática. El primero fue MultiPlan, una hoja de cálculo lanzada en 1982 que recibió excelentes críticas pero que resultaba demasiado lenta: y es que fue concebida para funcionar en muchos ordenadores distintos con diferentes sistemas operativos. Microsoft no estaba tan seguro de que el PC fuera a triunfar como triunfó y se estaba guardando las espaldas. No se vendió bien, como tampoco lo hizo Word 1.0, lanzado el año siguiente y que, ¡oh milagro!, mostraba las cursivas y las negritas en la pantalla: ¡no había que esperar a imprimirlas para verlas!

Pero si algo ha caracterizado a Microsoft es que los fracasos no la echan atrás, así que siguió intentándolo, y cosechó cierto éxito con Excel –el sucesor de MultiPlan– y Word, pero sólo en Macintosh. De hecho, si no hubiera sido por esas aplicaciones, quizá el Mac no hubiera sobrevivido como alternativa única al PC.

Todo continuó como estaba, con Lotus y Wordperfect triunfando en el PC y Excel y Word en el Mac, hasta que Microsoft lanzó el Windows 3.0. De nuevo fruto de su persistencia, le había llevado años perfeccionarlo –e Intel hubo de sacar procesadores suficientemente rápidos–, hasta que consiguió que su entorno gráfico tuviera éxito. Aquello pilló con el pie cambiado a sus rivales, que aunque lograron lanzar versiones para Windows lo hicieron demasiado tarde. Los usuarios de Windows empezaron a utilizar también las aplicaciones de Microsoft, y lo harían mucho más con el lanzamiento, en 1990, de Office, que unía ambas aplicaciones y una tercera, PowerPoint, dedicada a la creación de presentaciones.

Veinte años después, el 80% de las empresas usaba algún producto de Office. En el entretanto, WordPerfect fue a parar a manos, primero, de Novell y, después, de Corel, una compañía canadiense especializada en software gráfico. Lotus, por su parte, pasó a formar parte de IBM: ambas intentaron lanzar su alternativa a Office para Windows; pero las mismas ventajas que les permitieron reinar durante años, entonces se volvieron en su contra. La gente se había acostumbrado a los programas de Microsoft y no quiso cambiar.

Existen muchas alternativas en el mercado, pero Office sigue siendo el rey, como diría la ranchera. Siempre se ha acusado a Microsoft de prevalecer gracias al empleo de métodos siniestros. Alguno utiliza, sí; pero sólo con eso no se logra sobrevivir a un cambio de interfaz como el de la versión 2007. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

 

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