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'DEL ESPÍRITU DE LAS LEYES'

Montesquieu

A pesar de ser un autor moderno, Montesquieu construye una obra clásica, porque sus libros son ininteligibles sin su persona. Obra y autor, pensamiento y vida, pasiones y razones están estrechamente entrelazadas en el caso de este aristócrata.

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De ahí que no sea un mal método para acercarnos a su pensamiento recordar su autorretrato:

Un conocido mío decía: voy a hacer una cosa bastante estúpida: mi retrato.

Me conozco muy bien. Casi nunca he estado triste; y mucho menos aburrido. Mi máquina está tan felizmente construida que me siento impresionado por todos los objetos demasiado vivamente para que puedan producirme placer, pero no tanto para que puedan causarme dolor. Tengo la ambición que se precisa para obligarme a tomar parte en las cosas de la vida; mas no tanta que pudiera hacerme sentir disgusto por el lugar que la naturaleza me ha reservado. Cuando disfruto de un placer, me siento afectado, y siempre me sorprendo de haberlo buscado con tanta indiferencia. En mi juventud he sido perfectamente feliz ligándome a las mujeres que yo creía que me amaban. Cuando he dejado de creerlo, me he desligado inmediatamente. El estudio ha sido par mí el remedio soberano contra los disgustos de la vida, no habiendo alimentado jamás un pesar que una hora de lectura no disipase.

Durante el curso de mi vida, no he encontrado gentes comúnmente más despreciadas que aquellas que vivían con malas compañías. Me despierto cada mañana con una alegría secreta; veo la luz con una especie de arrobamiento. El resto del día me siento contento. Paso la noche sin desvelarme; y cuando me meto en la cama, una especie de sopor me impide entretenerme en reflexiones.

(Montesquieu, Pensées, R. Laffont, París, 1991).

El equilibrio de este retrato es el mismo que refleja El espíritu de las leyes. Equilibrio, en efecto, es lo que busca esta gran obra de la filosofía política moderna; la búsqueda de un justo equilibrio entre la autoridad del poder y la libertad del ciudadano, la búsqueda para una convivencia pacífica entre la razón de Estado –principal objetivo de su admirado Maquiavelo– y la libertad política, la búsqueda, en fin, de los equilibrios posibles para que nadie pueda abusar de su autoridad, es el espíritu y el contenido de este libro. De ahí que la necesidad de separar netamente el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial sea la condición imprescindible para mantener su equilibrio. Un balance siempre en vilo.

En todo caso, detrás de esa búsqueda de equilibrios siempre hallaremos la defensa de la ley que se dan los hombres, que nunca puede ser la conclusión de los caprichos arbitrarios de un soberano o similar, sino que tiene que responder a las "relaciones necesarias que derivan de la naturaleza de las cosas". "Relaciones necesarias" que no son tanto la expresión de un determinismo sociológico de tipo materialista como la afirmación de un vínculo ideal y equilibrado entre ciertos tipos de gobierno y ciertas leyes posibles. La ley, por decirlo contundentemente, es el equilibrio de una genuina razón humana; en este punto, Montesquieu es tan preciso como en su autorretrato:

La ley, en general, es la razón humana en tanto que ella gobierna a todos los pueblos de la tierra; y las leyes políticas y civiles de cada nación no deben ser más que casos particulares a los que se aplica esta razón humana.

Las leyes han de ser de tal modo apropiadas al pueblo para el que han sido hechas que sería un gran azar que las de una nación pudieran convenir a otra.

Es necesario que estén referidas a la naturaleza y al principio del gobierno que hay establecido, o que se quiera establecer; bien sea porque lo formen, como hacen las leyes políticas, bien sea porque lo mantienen, como hacen las leyes civiles.

También deben estar relacionadas con la física del país: con un clima gélido, ardiente o templado; con la calidad del terreno, con su situación, con su tamaño; con el género de vida de sus gentes, campesinos, cazadores, o pastores; deben también tener en cuenta el grado de libertad que la constitución puede soportar, la religión de sus habitantes, sus inclinaciones, sus riquezas, su número, su comercio, sus costumbres sus modales. Finalmente han de estar relacionadas entre sí; con su origen, con el objetivo del legislador, con el orden de las cosas para las cuales han sido establecidas. Todas estas perspectivas tienen que ser consideradas.

(Montesquieu, Del espíritu de las leyes, Tecnos, Madrid, 1980, libro I, cap. III).

Algunas singularidades de la obra

Del espíritu de las leyes es una de las obras fundamentales del pensamiento político de la Ilustración. La última gran obra clásica que se preocupa de las formas de gobierno. Esta obra consta de treinta y un libros, cada uno de ellos dividido en cortos capítulos. Los distintos capítulos analizan las distintas leyes vigentes en el siglo XVIII.

El verdadero fin que persigue Montesquieu es mostrar cómo han sido establecidas constituciones y leyes en cada nación. La obra fue violentamente atacada cuando apareció y Montesquieu se vio obligado a redactar la Defensa de la misma (1750). Aunque las diferencias eran considerables, Voltaire, contemporáneo de Montesquieu, celebró la aparición del Espíritu. La influencia de este escrito ha sido considerable. Hombres de Estado e historiadores del siglo XIX y, por supuesto, de nuestra época han recurrido constantemente a Montesquieu para extraer de él nuevos principios y concepciones.

Los trece primeros libros nos dan una visión muy general de las leyes de los hombres. Estas leyes están determinadas por la naturaleza de los gobiernos. Los gobiernos pueden ser despóticos, monárquicos o republicanos. En el primer caso, el poder es ejercido por un solo hombre. En los gobiernos monárquicos un solo hombre tiene el poder, pero está sometido a las leyes. En los gobiernos republicanos el poder lo ostenta el pueblo. Montesquieu se inclina por una monarquía constitucional al estilo inglés, donde la nobleza podría ejercer un "poder intermediario". La nobleza es la que hace al monarca.

El despotismo, o mejor, la tiranía fue su principal preocupación crítica. Montesquieu percibió con brillantez, aún hoy insuperada, que la principal característica de la tiranía es el aislamiento, del tirano con respecto de sus súbditos y de éstos entre sí, debido al mutuo temor y sospecha. La tiranía, pues, no era otra forma de gobierno entre otras, sino que contradecía la esencial condición humana, como diría Hannah Arendt, de la pluralidad, el actuar y hablar juntos, que es la condición de todas las formas de organización política. La tiranía impide el desarrollo del poder, o sea, genera impotencia. La tiranía fomenta los gérmenes de su propia destrucción.

Montesquieu comparte con los enciclopedistas una gran admiración por la fórmula política británica, en la que destaca tres elementos de gran importancia: el hecho de que los políticos rindan cuentas de sus acciones a la opinión pública, el amor por la libertad y el hecho de que ningún órgano pueda actuar sin tener en cuenta a los otros órganos.

La libertad termina donde comienza el abuso. Para evitar todo exceso de poder, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial deben estar repartidos entre personas diferentes. Inglaterra es una de las principales representantes de esta separación, que asegura el mejor tipo de libertad. La libertad depende de las leyes, pero también de las conductas del rey y de sus costumbres. En los gobiernos moderados nos encontramos con leyes que "forman la libertad política".

Con la división y separación de poderes, Montesquieu afirma que nos encontramos con un poder legislativo, encargado a los representantes del pueblo; un poder ejecutivo, encabezado por el monarca y encarnado en la administración, y un poder judicial, en manos de jueces independientes.

La adscripción de los poderes a grupos sociales distintos es muy importante. El despotismo sólo se puede evitar si los poderes están "divididos", o sea, en equilibrio. Los poderes tienen que ser encargados a órganos independientes unos de otros. Estos tres poderes tienen que establecer controles recíprocos para asegurar su funcionamiento armónico y en cooperación. Por otro lado, la educación de los ciudadanos es un punto fundamental de toda la obra. El legislador debe imponer buenas costumbres. Por ejemplo, Montesquieu se declara contra la tortura.

Las leyes están también determinadas por el clima y la naturaleza del suelo (libros XIV- XVIII). Las condiciones climáticas y la riqueza de la naturaleza ejercen sus efectos en los comportamientos humanos. Montesquieu sostiene, por ejemplo, que los habitantes de los países del norte son más independientes que los de los países del sur. Esta idea de Montesquieu, según Azorín (Tiempos y cosas, Salvat, Madrid, 1970), fue planteada nueve años antes de que se publicara el Espíritu (1739) por don Francisco Fernández Navarrete, en los Fastos de la Academia de la Historia (tomo I): las causas del carácter de los pueblos se encontrarían "en el suelo y el cielo" de sus respectivos países. Fernández Navarrete estudió también detenidamente la idiosincrasia española, que explicó por la topografía, la flora y la hidrografía de nuestra tierra.

Las leyes varían también según las épocas. El espíritu de la nación desempeña un papel preponderante (libros XIX a XXVI). La religión está en la base de toda cultura. Sobre ella se asientan las tradiciones y las distintas maneras de pensar. La religión está en el origen de ciertas leyes. Las costumbres de un país modifican a veces las leyes de éste. La moneda permite el intercambio de bienes y el comercio. Las condiciones demográficas participan también en la elaboración de las leyes. Montesquieu vio muchas virtudes en el comercio. La influencia cultural del comercio está muy ligada con su incidencia política. Montesquieu concluye su obra con un estudio de las leyes romanas, feudales y francesas.

Montesquieu cree en la razón y en el progreso. Para él, la libertad política no consiste en hacer lo que uno quiera, sino en hacer aquello que se deba hacer. Montesquieu no se contenta con describir la naturaleza de las leyes. Explica también lo que deben ser. El autor resalta la soberanía de la ley. Las leyes deben estar adaptadas a las condiciones generales de un país. Las leyes deben obedecer a los principios de cada gobierno para evitar el colapso del régimen.

Garantía de las libertades

Toda la obra de Montesquieu tiene como principal objetivo fundamentar la garantía de las libertades. Montesquieu no es un revolucionario. Su ideal es el de una "constitución equilibrada", con poca participación del elemento popular y con un equilibrio político y social. Por esta combinación de aristocratismo y liberalismo, Montesquieu contribuirá a la aceptación del nuevo orden social por parte de la nobleza tradicional. Según el autor ilustrado, el poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial no deben concentrarse en las mismas manos. Esa es una teoría de contrapesos, donde un poder equilibra al otro.

Según Montesquieu, en la monarquía los poderes intermedios (nobleza, clero, parlamentos) actúan como equilibradores que impiden excesos del poder del monarca, como también del poder del pueblo. A su vez, esos poderes intermedios se equilibran entre sí. El espíritu de las leyes es un encadenamiento de relaciones, una organización de relaciones y un sistema de relaciones. Montesquieu nos dice que el espíritu consiste en las "diversas relaciones que las leyes pueden tener con diversas cosas".

Montesquieu intenta situar la doctrina de la razón de Estado, de cuño maquiavélico, en un nivel de comprensión general de la diversidad de leyes y costumbres existentes. Montesquieu guía su investigación desde un objetivo primordial, asignando a la organización del Estado la libertad política. Esta libertad no debe ser entendida como licencia, ni como la facultad de hacer lo que uno quiera, porque el resultado sería la anarquía, primero, y el despotismo, después. La libertad política sólo se la encuentra en los gobiernos moderados y cuando no se abusa del poder. Para que nadie pueda abusar del poder es necesaria una disposición de las cosas.

Montesquieu siente una inmensa repulsión por el despotismo. La libertad política preside todas sus reflexiones:

Cada uno ha llamado libertad al gobierno que era conforme con sus costumbres o con sus inclinaciones; y como en una república no están siempre a la vista y de una manera tan evidente los instrumentos de los males que la aquejan, y como incluso en ésta la ley parece tener más fuerza y los ejecutores de la ley menos, se coloca ordinariamente la libertad en las repúblicas y se la excluye de las monarquías. En fin, puesto que en las democracias da la impresión de que el pueblo puede hacer más o menos lo que quiere, se ha colocado la libertad en estos tipos de gobierno, y se ha confundido el poder del pueblo con la libertad del pueblo.

Es verdad que en las democracias, el pueblo parece hacer lo que quiere; más la libertad política no consiste en hacer lo que se quiere. En un Estado, es decir en una sociedad en la que hay leyes, la libertad no puede consistir más que en poder hacer lo que uno debe querer, y no verse obligado a hacer lo que uno no debe querer.

Es preciso tener muy claro qué es la independencia y qué es la libertad. La libertad es el derecho a hacer todo lo que las leyes permiten; y si un ciudadano no pudiera hacer lo que las leyes prohíben no habría libertad, porque los otros ejercerían igualmente ese poder.

La democracia y la aristocracia no son en absoluto Estados libres por su propia naturaleza. La libertad política no se encuentra más que en los gobiernos moderados. Mas no siempre está presente en los Estados moderados. La libertad política existe sólo cuando no se abusa del poder, pero la experiencia muestra eternamente que todo hombre que tiene poder tiende a abusar de él; y continuará haciéndolo hasta que le pongan límites. ¡Quién lo diría, la virtud misma con necesidad de límites!

Para que no sea posible abusar del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder.

(Montesquieu, Del espíritu..., libro XI, caps. II-IV).

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