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A PROPÓSITO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Muerto arriba, muerto abajo

Horacio Vázquez-Rial, tan buen amigo como historiador, me escribió para llamarme la atención sobre un dato de uno de mis artículos para LD. El dato era el número de vendeanos muertos a manos del ejército jacobino en 1793. Estábamos hablando de muertos católicos y monárquicos, y de ejecutores republicanos.

Aparentemente, podría parecer una mera cuestión de cantidad, pero, como me señalaba Horacio, el asunto encerraba una trampa doble: por un lado, los historiadores católicos habían aumentado las cifras para argumentar su discurso antirrevolucionario; por el otro, los historiadores que simpatizan con la Revolución –no con la francesa en especial, sino con el hecho categórico en sí: la Revolución– lo rebajan para preservar el vínculo entre el espíritu revolucionario y la Ilustración, la modernidad, la cultura y la democracia, y mantener el supuesto brillo de ciertos personajes históricos.

La primera interpretación habría dejado de tener relevancia académica en España desde la década de 1970, mientras que la segunda ha asentado la idea de que una revolución de corte francés habría sido necesaria y justificable en suelo español. Hasta el mismo Arturo Pérez Reverte, al que sigo y admiro por varias razones, declaraba con motivo de la publicación de su último libro que, a finales del XVIII, aquí faltó una guillotina.
El problema de España, a diferencia de Francia, es que no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas... y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza. Nos faltó eso, pasar por la cuchilla a media España para hacer libre a la otra media. Eso lo hemos hecho luego, hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ése, el final del XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso las de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España. Nadie lo hizo, perdimos la ocasión, y aquí seguimos todavía, arrastrando ese lastre que nos dejaron aquellos que sobrevivieron y que no tenían que haber sobrevivido.
Resulta curioso cómo la Revolución, que en Francia se alza en nombre de la libertad de pensamiento, de expresión, de crítica y de oposición, en nombre de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, acaba en la liquidación social y la dictadura. Pero más curioso aún resulta el que haya quien defienda la coherencia de tal deriva sin asomo de rubor intelectual. Sin caer en Burke, François Furet dio cuenta de cómo el espíritu de 1789 fue diluyéndose a medida que los más radicales, los jacobinos y los sans-culottes, ganaban peso. Su gobierno, el Terror, arruinó la idea republicana y agravó los problemas de inestabilidad de Francia, salpicando su historia con guerras civiles y dictaduras hasta la III República de Jules Ferry.

La guillotina no fue la solución al problema de la libertad, sino su obstáculo. La decapitación de Luis XVI y de la Familia Real no frenó el ímpetu revolucionario. Los jacobinos convirtieron el gobierno en el Terror, una máquina para la eliminación de todo aquel que pensara de forma distinta. En este contexto se inscribe las matanzas de La Vendée, región mayoritariamente monárquica y católica. El Comité de Salud Pública, máxima expresión de la Revolución, decretó en agosto de 1793 la aniquilación física de sus habitantes, la incautación de sus propiedades y el incendio de sus bosques.

Derrotado en Savenay el ejército vendeano, desde el 23 de diciembre de 1793 hasta julio de 1794 se procedió a una política de asesinatos en masa. El crimen se convirtió, como señala María Teresa González Cortés en El sistema de despoblación. Genocidio y revolución francesa (2008) –gracias, Horacio–, en una "categoría política". Todo un sistema basado en la liquidación social.

Robespierre.No es de extrañar que Robespierre dijera: "La Revolución es la guerra de la libertad contra sus enemigos"; que el diputado Tallien afirmara que las banderas republicanas eran "las banderas del terror para los realistas, los bandoleros, los anarquistas y los terroristas"; que Demoulins espetara que a los vendeanos no había que perseguirlos "como en una guerra, sino como en una caza"; que Saint-Just perorara: "La piel que procede de hombres es de una consistencia superior a la de las gamuzas. La piel de los sujetos femeninos es más flexible pero presenta menos solidez".

Había que matar para fortalecer la República, ese régimen que se había presentado como el paraíso de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Por eso el general Turreau, al mando del ejército jacobino en La Vendée, ordenó a sus oficiales que se matara a todo el que fuera encontrado con armas en la mano –o que las hubiera tenido–, y que se procediera del mismo modo con "las mujeres, [las] hijas y [los] niños que estén en ese caso". "A las personas simplemente sospechosas no les será ya perdonada la vida".

Fusilamientos, ahogamientos en masa, cárceles mortales y guillotina. Y es que los vendeanos no eran merecedores de los beneficios derivados de la instauración de la República porque habían sido excluidos de la raza humana. Era un genocidio altruista, generoso, justificado por la consecución de la sociedad perfecta.

Cuando los jacobinos estaban en sus postreros momentos, decidieron poner en marcha su particular solución final. En los últimos meses del Terror hicieron pasar por la guillotina a decenas de miles de personas. Según el famoso informe de D. Greer, hubo entre 35.000 y 40.000 asesinados. Fue el descrédito de la República, de la libertad ordenada, que condujo a la entronización de un dictador, Napoleón.

Hay quien dice que a Robespierre y su banda no se les puede juzgar desde los parámetros actuales, en función del valor que se da a la vida en la Europa de hoy; como si en el siglo XVIII la vida no valiera nada. De haber sido así, las teorías ilustradas y liberales fundadas en el iusnaturalismo, y el mismo cristianismo, hubieran carecido de trascendencia, y no habrían sido el motor de la historia contemporánea. Es más: un argumento de tal especie serviría dentro de cien años para exculpar a personajes como Hitler o Stalin.

La Revolución del 89 acabó llevando al poder no a los mejores o a los más capaces, como sí hizo la norteamericana, sino a los más despiadados. Ya decía el general Westermann que la piedad no es revolucionaria. Por tanto, la crítica a la revolución francesa no tiene por qué ser una defensa de la reacción o el ultramontanismo, pues ya la criticaron en su tiempo liberales de la talla de Mme. de Staël o Tocqueville. Se puede sentir admiración y respeto por los principios y aspiraciones de 1789 –recogidos según Furet por la III República– y al tiempo repudiar la liquidación social, los genocidios selectivos para asentar el poder o enriquecer a una horda de dictadores, la barra libre de odio y venganzas personales, ese panorama sin cifras en el que los historiadores nos movemos diciendo "muerto arriba, muerto abajo".

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