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ESPAÑA

Pasión y muerte del POUM

El 21 de febrero de 1936 la Comintern, organización fundada por Lenin para coordinar a los partidos comunistas de todo el mundo, celebró una reunión ordinaria en Moscú. De entre los muchos temas que se trataron, uno tenía que ver directamente con España, un país lejano y no muy importante que acababa de estrenar un Gobierno de concentración de diferentes partidos de izquierda.  

Los frentes populares eran una idea de la propia Comintern, que, sabedora de lo impopular del comunismo soviético en Occidente, ordenó a los suyos que promoviesen y se integrasen en coaliciones con otros partidos, a los que denominaban "compañeros de viaje". Así, el maximalismo revolucionario quedaría diluido en un programa reformista moderado. Era el perfecto caballo de Troya para tomar la Europa occidental sin esperar a que estallase una improbable revolución proletaria.

La sucursal española de la Comintern era el PCE, un partido de pequeño tamaño pero muy ruidoso y extremadamente fanático. Los comunistas españoles, acaudillados por el sevillano José Díaz, recibieron aquel día de febrero la orden de "luchar enérgicamente contra la secta trotskista". Aparentemente, eso no significaba nada. En España apenas había comunistas (unos 30.000 a principios de 1936), y todo lo relacionado con Trotski era prácticamente desconocido para los militantes, no digamos ya para las masas obreras que los 17 diputados del PCE decían representar.

Pero en Moscú no daban puntada sin hilo. En España sí que había trotskistas. Un año antes el POUM, diminuta formación comunista radicada en Barcelona, había solicitado formalmente a las autoridades el traslado de León Trotski a España. La historia había pasado inadvertida para los comunistas españoles, pero no para Stalin, que, engolfado en la enésima purga interna, no quitaba ojo a su antagonista favorito, a quien suponía en conspiración perpetua para derrocarle.

Para colmo de males el POUM –acrónimo de Partido Obrero de Unificación Marxista–, dirigido por Andreu Nin, había osado poner en duda públicamente los métodos de Stalin durante el primer gran proceso que, por aquellas mismas fechas, se estaba celebrando en Moscú. De no haber estallado la guerra civil el 18 de julio, todo esto sería intrascendente. En un país más o menos democrático como era la España de la República hasta su secuestro por los comunistas, las posibilidades de eliminar al POUM y acabar con su líder eran remotas. Pero la guerra estalló y los acontecimientos se precipitaron.

Conocedor de su debilidad, Díaz fijó como prioridad aislar al POUM de cualquier órgano de decisión. Sólo tenía un diputado en Cortes, Joaquín Maurín, a quien el alzamiento había sorprendido en Galicia, región donde los nacionales se impusieron desde el primer día. Con Maurín fuera de juego en una prisión franquista, sólo quedaba Nin para soportar la acometida de sus hermanos de sangre.

La campaña difamatoria fue intensa. Se acusó a los poumistas de trabajar secretamente para Franco y de calumniar a la URSS, que empezaba a ser la fuente de toda la legitimidad en la zona republicana. Nin había sido nombrado consejero de Justicia de la Generalidad de Cataluña, cargo que perdió en diciembre a instancias del PCE. El Gobierno tenía que escoger: o Nin o el suministro de armas de la Unión Soviética. Lógicamente, Nin fue sacrificado.

A partir de ese momento, el cerco fue cerrándose. La emisora de radio del POUM y su periódico, La Batalla, fueron hostigados sin pausa y más tarde clausurados a la fuerza. Se difundió la especie de que los poumistas espiaban para los nacionales y se acusó a los milicianos del partido que luchaban en el frente de colaborar con el enemigo.

Todo, naturalmente, eran insidias sin fundamento. Tanto Nin como su menguante y asediada tropa eran comunistas ejemplares cuyo único pecado era no rendirse a los dictados de Moscú. El POUM resistió la primera embestida, organizó grupos de autodefensa y su líder se colocó bajo las faldas del Gobierno.

Para finales de abril, lo más duro de la crisis parecía haber pasado. Pero no, lo peor estaba por llegar.

El 3 de mayo de 1937 un batallón de guardias de asalto tomó el edificio de la Telefónica en Barcelona, que se encontraba bajo control de milicias de la CNT y la UGT. Era el aperitivo para una purga al soviético modo. Tres días después, la ofensiva contra los disidentes se recrudeció. Todo el que no mostraba una adhesión inquebrantable al PCE era fusilado en el acto o trasladado a una checa, infames centros de detención, tortura y ejecución que proliferaron como hongos en la España republicana.

El POUM estaba en el punto de mira, es más, se trataba del plato principal de toda la campaña de intimidación orquestada por el PCE a instancias de Alexander Orlov, enlace de la NKVD en España. Pero antes había que deshacerse de un obstáculo: Francisco Largo Caballero, socialista que ostentaba desde septiembre del 36 la presidencia del Gobierno. Largo se negaba a ilegalizar POUM, y sin ese decreto los comunistas poco más podían hacer aparte de intensificar la campaña de desprestigio y organizar antiestéticas algaradas callejeras.

El 15 de mayo Largo fue obligado a dimitir después de que los comunistas le echasen en cara los disturbios de Barcelona... que el propio PCE había instigado y capitaneado. Pero el partido de José Díaz no tenía suficiente envergadura para hacerse con el poder, un movimiento, por lo demás, que no hubiese sentado demasiado bien en las cancillerías de Europa Occidental; así que se buscó a un hombre de paja en el PSOE, vencedor de las elecciones de febrero. Se trataba de Juan Negrín, médico canario del ala prietista, el perfecto tonto útil para vender en el extranjero una república burguesa y moderada que había dejado de existir mucho tiempo antes.

Negrín actuó como estaba previsto. Semanas después de ser nombrado, ilegalizó el POUM y desató una caza de brujas que se cobró centenares de víctimas. Al reputado anarquista italiano Camillo Bernieri le enviaron un pelotón de doce hombres, que lo acribilló a balazos sin mediar palabra. Lo mismo le sucedió al austriaco Kurt Landau y a los alemanes Hans Freund y Erwin Wolf, este último exsecretario personal de Trotski. Durante el verano del 37, ser simpatizante del POUM era sinónimo de arresto; ser militante, un pasaporte directo al hoyo. George Orwell, a la sazón voluntario en una columna del POUM, lo retrató todo y a todos en su libro Homenaje a Cataluña.

Nin era el premio gordo. Desposeído de la Consejería de Justicia, fue apresado y trasladado al interior del país, a Alcalá de Henares, donde los comisarios soviéticos tenían preparado un plan idéntico a los que se aplicaban en la URSS a los altos cargos a quienes se pretendía purgar. Para consumar la farsa y para que los dirigentes comunistas tuviesen una coartada con la que responder las preguntas incómodas que les harían los miembros del Gobierno era necesaria una confesión autoinculpatoria.

El secretario del POUM, que oficialmente se encontraba desaparecido, fue sometido a una batería de espeluznantes torturas para que cantase. El encargado de todo el proceso fue el Orlov en persona, que días antes se había reunido con el comité central del PCE para informar a sus vasallos españoles de lo inevitable de aquella intervención quirúrgica. Esos vasallos eran Dolores Ibárruri, conocida como La Pasionaria, y Pedro Checa.

Como buenos comunistas, lo tenían todo planeado; menos la inquebrantable voluntad del reo. Fue primero privado de sueño y obligado a estar de pie durante días. Orlov y sus hombres le practicaron interrogatorios de hasta cuarenta horas. Pero Nin seguía sin firmar la confesión que le habían preparado. Pasaron entonces a la siguiente fase, la tortura física en la más dolorosa de sus variedades: el desollamiento. Nin no se doblegó y a Orlov no le quedó otra que asesinarle a golpes con una llave inglesa. Finalmente enterraron el cadáver en una cuneta de la carretera que va de La Roda a Albacete.

La República y, especialmente, el Partido Comunista corrieron un tupido velo sobre el asunto. Dijeron a la opinión pública que Nin se había pasado al otro bando, versión que apoyaron con una fantasiosa historia inventada por Orlov según la cual un comando de la Gestapo había liberado al traidor para ponerlo a salvo en la zona nacional. Mientras, organizaron un proceso moscovita contra los miembros del POUM, del que todos salieron condenados.

Se cerraba así un círculo que había empezado a trazarse un año antes con una simple nota de la Comintern. Todos los ingredientes del bolchevismo se dieron cita en esta truculenta historia, una auténtica guerra civil dentro de otra guerra civil que encierra la esencia misma del comunismo en su máxima pureza.


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